28/09/2006
CIRCULARIDAD
Sabiéndonos cercados
por el fuego de la pasión,
nos miramos a los ojos
y turbados nos reconocemos,
bajamos los ojos para volver a mirarnos,
y ya no somos nosotros.
¿Dónde hemos ido?,
¿dónde estamos?,
¿quién gobierna nuestros destinos,
ahora que no somos nada
de lo que éramos
y tanto de lo que fuimos?
La respuesta se hace precisa en los gestos,
esplendorosa en el ritual:
se tensa la mirada y eriza la piel,
la lengua humedece los labios,
la nariz aletea y se ensancha levemente,
y el corazón se nos vuela a la boca.
Se hace entre los dos
de seda el espacio,
y cae el tiempo en el olvido,
a la vez que los besos
envenenan poro a poro
la vasta y encrespada extensión de la sangre.
Ya somos, por fin somos, somos tanto,
que sentimos la hoguera del deseo
quemándonos muy dentro,
quemándonos por fuera, quemando el aire
y prenda a prenda todo cuanto
a nuestro alrededor ondea.
A su llamada,
una veintena de misteriosos
y enardecidos guerreros,
gritan: “A las caricias”,
y en desigual lucha
derrota la pasión a la ternura.
Consumada la debacle
la fortaleza yace derribada:
saqueados sus tesoros,
vaciados sus dones,
quemadas sus naves,
emergen olímpicas sus ruinas.
¿A dónde iremos ahora
que el tiempo
se ha ausentado,
y el espacio detenido
en el cuenco durmiente
de nuestras enardecidas sombras?
La pasión que nos sostenía,
era un gemido animal,
un esfuerzo sobrenatural,
la paradoja perfecta
en la abrasadora catarsis
de la ilusión.
Pero como todo gemido
se ha acallado,
como todo esfuerzo agotado,
como toda paradoja
fatalmente confluido
con la realidad.
Una realidad que no soporta prosa ni arrogancia.
Que se asienta en la debilidad,
en la fragilidad,
en la inconstante habitabilidad de lo impreciso,
con un único objeto,
el de permitirnos recobrar fuerzas
para otra suerte de locura.
Pobres y solos vagamos
por el fantasioso territorio de la somnolencia,
buscando qué, treguas, sólo eso,
tiempos de paz
a los que gobierne la quietud
y anime la más pura intrascendencia.
Sobre la pálida extensión de la cama no somos
sino voluntad de no ser,
de permanecer suspendidos de esa vaga sensación
que ofrenda el ser derrotado por la pasión,
el sentirnos apetitosos a ella, el sabernos útiles para ella
y en ella esplendorosamente capaces.
Figurarán nuestras lascivas siluetas
en sus magníficos blasones
y honorables escudos,
caídos sin cobardía
y sí mucha arrogancia
bajo los cascos de sus alados caballos.
Y será nuestro orgullo
tanto más fuerte
como fuerte sea el afán de la derrota,
porque en las guerras que libramos para tal ánimo,
la recompensa no puede ser
sino el más fiel de los vasallajes.
En la conciencia de que más pronto que tarde
se impondrá la más dulce de las corduras,
y volveremos a tener lejos
del voraz apetito de su alma,
la fuerza necesaria para extender la mano
y acariciar sin fuego la piel del amante.
Sintiendo la tibia luminiscencia de su tacto
como el más sublime
de los perfumes,
como el más firme de los trazos
con que se escribe y engalana
el estremecido amor.
Y es entonces,
cuando esa, y también la otra,
y todas las palabras y todos los gestos
recobran su original sentido,
y vuelven a ser precisos los rumbos,
y plena la existencia.
Pues todo cuanto a nuestro alrededor pervive,
se torna certero
en la casualidad de lo posible,
y en esa cabal escala
se hace a su vez de la medida
de nuestros ojos.
Y así, felices de sabernos capaces
de tal locura,
atinamos a ver allí donde no hubo
sino voraz presencia,
la sutil y cabalística percepción
de la oculta huella del latido y de la sangre.
Y en medio de tan proceloso mar,
tiritando fortaleza en el vaivén de su etérea grandeza,
hallamos la majestuosa sombra
del más hermoso velero del alma,
el de esa infinita ternura
que encarna siempre esta suerte de pereza.
José Romero P.Seguín.
ALAS Y POEMAS
Las alas de los pájaros,
sus lentas, raudas, alegres y armoniosas alas,
aunque parezcan esencia de divinidad,
son sólo, sólo carne, sangre y pluma,
¡poca cosa!
Pero esta también, divina alma,
el vuelo.
Mis alas son de papel y silencio
de soledad, amor y miedo,
nada especial, nada definitivo.
Pero está también, fulgurante esperanza,
¡el poema!
Alas y poemas,
de amor y llanto,
de papel y carne
de sangre y silencio,
de plumas y miedos.
Alas de pájaros
que dan alas al poema,
llenando de esperanza
en su vuelo mi vuelo.
¡Alas!, siempre alas,
¡mi poema!
José Romero P.Seguín
18/08/2006
AL CRUZAR LA CALLE
Confiscare en ti todas mis heridas,
te dejaré sola en medio
del verde trigal del sueño que fuimos,
para que no vuelvas a enfermar de pena
ni yo de arrepentimiento.
Para que tu risa vuelva a ser
la marea de todos los días,
la de los pares y también la de los impares.
Porque sin ella el mar se detiene
al cruzar la calle,
al caer por la ventana,
al traspasar la puerta.
Porque sin ella los relojes
adquieren sentido,
y las horas todo el poder.
Has de volver a ser,
aún lejos de mí,
porque tu ser es vital,
como mi pena;
mi pena y tu ser,
aún así mereció la pena:
¿no crees?
Incluso ahora que he vuelto
resuelto a confiscar en ti mis heridas,
siento que volvería hacerlo,
que volvería a amarte,
sin cambiar ni una coma,
de las tantas de este poema
de despedida.
José Romero P.Seguín
LA MÚSICA DE LAS LÁGRIMAS

Quisiera llorar,
llorar tanto,
que no se oyera el llanto
sino la música de las lágrimas.
Ese son comparable sólo
con el canto de las sirenas,
después de haber vagado sin orientación precisa,
por los laberínticos e infinitos rumbos
del universo.
Llorar quisiera,
llorar tanto
que el universo me oyese,
y se llenase de estrellas
la estrella de mi destino.
Digo sólo, que llorar quisiera,
llorar tanto,
que fuese tan bello el llanto
como lo es la música de las lagrimas,
a la orilla del universo.
José Romero P.Seguín
AHORA QUE ERES NADA
¡Nada!, ¡no eres nada!
¡maldita hija de puta!, ¡nada!
Te grito, te lo grito una
y otra vez.
Y cuántas van, ya ni se sabe,
¡verdad!,
quien se atreve a llevar estas cuentas.
Hora, en este tiempo,
sin otro ánimo que el de constar
que es verdad,
que de verdad mi voz te traspasa
sin esfuerzo,
porque dolor a dolor te hecho nada
y ahora nada me consuela.
Porque eres nada,
¡nada!, como nada es este gritar
sin eco.
No te has ido, es verdad,
sigues ahí,
porque: te veo, te acarició, te golpeo
e insulto,
te trato como si fueras algo,
como si aún estuvieras.
Y estas y lo quiero,
y eres y quiero que los seas,
pero ya no eres nada,
y lo sé,
y eso me mata.
Porque aunque te miro no te veo,
porque cuando te toco no te acaricio,
porque al pegarte no te golpeo,
porque el insulto no te insulta.
Porque a pesar de que te quiero
aquí y ahora,
y tú estas como siempre,
sé que ya no existes,
que te has sumido sin misterio
en el más profundo de los silencios;
como lo hace la nada
en los enigmáticos abismos del universo.
Soy yo el que muere,
pese a ser quien lo puede todo,
o al menos esos dicen,
los que siempre dicen;
aún sabiendo que es mentira,
que yo ya no puedo nada,
porque hace tiempo
que me enfrento a la nada.
Pero eso no se lo puedo decir,
porque nadie lo entiende,
porque nadie va a entender
que se pueda vivir con la nada,
y aún menos que la nada camine,
les salude afable y educada en la escalera,
hable en la calle con ellos,
acaricie a sus hijos,
ame a sus padres
y respete a su marido.
Si ellos supieran
se horrorizarían,
y es que la nada
cuando tiene ojos
asusta más que todo el miedo
de la infancia.
Pero ya nada puedo hacer,
yo te hecho nada
y ahora despierto
te miro ya sin miedo,
vigilar mi sueño,
sabiendo que estoy muerto,
que el día que tu suspires estaré muerto,
porque yo si soy,
porque yo si estoy,
porque yo si he sido expulsado de la nada
el día que imagine para ti
que lo eras todo para mí,
que aún lo eres,
esta maldita forma de amarte.
José Romero P.Seguín.
10/05/2006
Grândola Vila Morena

| Grândola, vila morena Terra da fraternidade O povo é quem mais ordena Dentro de ti, ó cidadeDentro de ti, ó cidade O povo é quem mais ordena Terra da fraternidade Grândola, vila morenaEm cada esquina um amigo Em cada rosto igualdade Grândola, vila morena Terra da fraternidade | Terra da fraternidade Grândola, vila morena Em cada rosto igualdade O povo é quem mais ordenaÀ sombra duma azinheira Que já não sabia a idade Jurei ter por companheira Grândola a tua vontade Grândola a tua vontade ZECA AFONSO |
09/05/2006
GÓTICOS
La verdad es que todo había ido bien, hasta que apareció él precedido del molesto e inquietante tintineo de su bastón. Yo quise dejarlo, pero Petro se negó, y no sin razón, porque lo cierto es que estaba todo minuciosamente preparado para la culminación de nuestro sueño: la cámara fotográfica sin lente, con la que asegurarnos que nadie a excepción de nosotros iba a guardar memoria de aquel especial momento; el rojo paraguas abierto como un cielo incendiado, y todos y cada uno de los restantes elementos para llevar a cabo el ritual con el que probarme que me amaba más allá de la razón. Me lo dijo el día que se declaró: “Te amaré como a una diosa griega, como a Perséfone –preciso -”. No lo creí, pero esbocé una lacónica sonrisa de satisfacción. Me pidió: “Nombra una ciudad”. Sebastopol, dije, y él respondió: “Pues ese será el lugar donde ofrecer sacrificios por los dones de tu belleza”. Que antiguo, pensé, pero sus ropas como las mías al más puro estilo gótico le revelaban más que eso, romántico. Volví a reír, ahora sí, cómplice.
“Pide un deseo –dijo-”. Un deseo, repetí, para añadir, bailar una balada triste bajo una lluvia de sangre. Era un juego de amor y debía estar a la altura, y lo estuve. Soñé, sin cerrar los ojos, dos pálidas siluetas vestidas de negro en medio de un rojo paisaje. Así lo imaginé, así de imposible y extrañamente excitante. Dos espigadas y melancólicas sombras de ciprés danzando en mitad de un campo cuajado de amapolas. Dos lirios negros caídos en el cielo bermellón de un enigmático lienzo.No volvimos a hablar de su promesa hasta el día en que envuelto en un halo de tristeza, me confesó: “Deberíamos dejarlo, Sebastopol está tan lejos que no alcanzo ni a soñarlo. He consultado mapas y hay tantos y tan lejanos, que no sé si podré cumplir tus deseos”. Yo ya no recordaba Sebastopol ni aquella melancólica petición, pero me pareció tan tierno y tan próximo en su debilidad, que no pude sino decirle, Sebastopol está para mí allí donde tú estés: “¿De verdad? ”, preguntó él. Sí, respondí, y siempre lo va a estar, te lo juro por esta negra cruz que tatúa mi corazón. Él la besó con dulzura, tanta que hechizó el reproche que reclamaba su atrevimiento. Y es que al roce de sus labios los latidos de mi corazón se hicieron más que evidentes en el firme contorno del seno. Mi corazón se conmovió en una mezcla de deseo y temor, porque los juramentos me sobrecogen tanto como los sueños. Los barrotes están fríos, la cara roja y entumecida después de haberme quedado dormida sobre ellos. Por los pasillos deambula un guardia serio y uniformado: “Tus padres no tardaran en venir a buscarte”, me anuncia, después de zarandearme como en una pesadilla de ojos blancos, los suyos son castaños, tanto como los de la más común de las mentiras. Pero sus rudas y grises palabras no miente, ellos vendrán, claro que lo harán, y me llevarán a casa, y allí podré lavarme y morirme de pena, porque tal vez no le vuelva a ver, ni pueda llevarme a ningún sebastopol donde adorarme con un sacrificio acorde con la belleza de mis sueños. Lo sé, como también sé que no van a entender lo que ocurrió. Cómo poder entender que Petro, mi extraño y sombrío acompañante, del que desconfían y al que niegan el menor atisbo de generosidad o romanticismo, fuese capaz de tan sublime esfuerzo.La invariable profecía se cumple, y como siempre, más allá de lo necesario, mis padres, todo formalismo, no se conforman con venir a buscarme tal como estaba dispuesto, sino que me abrazan con asco, no en vano la sangre que me mancha sigue siendo pegajosa y oliendo a salitre aún después del terco ritual de purificación del río. Me miran y me abrazan sin acabar de creerse lo que el policía acaba de contarles. No me lo dicen, pero lo sé, su espanto y repugnancia se puede leer en la crispada mueca que aguza su desvaído rostro. Están más que horrorizados, tanto que los siento asquerosamente vivos. Siento ganas de matarlos, y quiero pensar que no es difícil, que una certera palabra bastaría para que ambos cayeran fulminados. Estoy tentada a pronunciarla, pero algo me retiene, es sin duda su terca e indigna propensión a aferrarse a la vida por encima de los merecimientos de ésta. Sí, lo mejor es callar, no ahondar en la indiferencia, al fin y al cabo tengo la certeza de que ellos son incapaces de morirse dignamente, por la sencilla razón de que son incapaces de rebelarse, yo, sin embargo, estoy muerta porque soy rebelde, esa es la razón que separa y resguarda nuestros respectivos mundos.“¿Cómo pudiste?”, atina a preguntar ella, acomodando el llanto a las ganas de querer saber. Me gustaría responderles, hacerles saber y comprender la belleza de lo que sucedió, compartir con ellos la infinita emoción de aquel deslumbrante y generoso gesto de amor, pero sé que no lo van a entender. Ellos, como la jirafa o el ciego no lo van a entender jamás, además, ese es nuestro momento, tanto que no puedo evitar rememorarlo: Una vez en el interior del zoo, buscamos el recinto de la jirafa, no fue, por razones obvias, difícil el hacerlo, una vez allí, él, depositó con sumo cuidado y pegadas a la media valla del recinto donde la tenían encerrada, las frescas ramas de acacia que escondía bajo la capa. No tardo ésta en venir tan elegante y señorial, como golosa y confiada, con la intención de comerlas. Quizá las olió antes de verlas. Después de adoptar una postura de mariposa rota, bajó la cabeza y alargó su enorme lengua buscando las frescas hojas, y fue justo en ese instante cuando Petro elevó sobre el cielo gris la reluciente catana, para de inmediato asestar un certero golpe sobre el cuello del animal. El golpe seco y amortiguado se vio incendiado por el fugaz pero vivo relampaguear de una leve chispa que produjo el resplandeciente acero al chocar, después de seccionar limpiamente el cuello de animal, con el oxidado hierro de la valla. Luego se oyó lejano y grave el liviano tintineo de la pequeña cabeza sobre la grava. El animal se incorporó todo lo rápido que pudo, llegando a erguir totalmente el decapitado cuello. Vista así resultaba más que grotesca, inacabada, y más que dolida, asustada, quizá más que por la decapitación de la que nunca fue consciente, por el chasquido del acero del arma con el hierro de la valla, el último sonido de su vida. Hasta ese momento de la herida sólo habían caído dos leves hilos de sangre. Estaba previsto, era lo lógico, por eso segundos después de haber alzado totalmente el cuello, el retículo admirable entró en función, y como si de un géiser se tratase, manó de la herida un inmenso y violento chorro de sangre que se iba abriendo a medida que subía para luego caer como un profuso aguacero enrojeciéndolo todo a nuestro alrededor. Bailábamos cobijados bajo el rojo paraguas al ritmo de los enlutados acordes de una balada triste, con la que pretendíamos detener el tiempo y remansar todo cuanto había a nuestro alrededor en una extensión sino blanca si al menos cenicienta, con la que dar el contraste indispensable a nuestro sueño de sangre y silencio. Mientras, la jirafa no dejaba de girar en torno a sí queriendo comprender; y el ciego desojado de nacimiento, iba y venía como un borracho moviendo sin cesar sus inquietantes ojos blancos, tratando, como el agonizante animal, de entender el porqué de aquella pegajosa lluvia, a la vez que musitaba llamándola inútilmente con melosa voz de degenerado: “jirafa, jirafi, jirafita”. Viéndolo así, confuso y empapado de sangre, sus ojos se tornaban dos soles de melancólica pureza, tanto que arrebatada de pasión, le susurré a Petro, tengo miedo, miedo de olvidar el color de esos ojos, tanto miedo que no sé si podré volver a pensar en otra cosa.Cuando la jirafa se derrumbó, Petro me invitó a caminar hacia el río, donde purificarme. Antes de perderme en el primer y último recodo del sendero, camino a mi destino de diosa, me di la vuelta y vi a Petro entregando al ensangrentado ciego la cabeza de la jirafa, y como éste, la palpaba con avidez, no exenta de cierta ternura.Fue la última vez que vi a Petro, la policía me detuvo a la orilla del río con mis negras ropas y mi cara blanca salpicada de sangre, y llevando atada al cuello la inservible cámara fotográfica y en la mano el rojo paraguas teñido ahora de sangre y de ganas.Hoy, un mes después, he recibido un paquete postal, al leer el remite el corazón me ha dado un vuelco, quizá esté más viva de lo que deseo, el nombre del remitente y parte de la dirección me resultan desconocidos, no así el de la ciudad, Sebastopol. En su interior hay un frasco de cristal con tapón de corcho lacrado en rojo, y dentro de él, como en un acuario de increíble transparencia, flotan eternamente desacompasados dos enormes e inquietantes ojos blancos. Los imagino engarzados en el ámbar de un corazón disecado, sin querer saber que estoy pronunciando con ello un nuevo deseo.Fin. JOSÉ ROMERO P-SEGUIN

