EL FUNERAL DE MIS DÍAS

A menudo me crecen los días
bajo los párpados.
Los cierro entonces con fuerza para asesinarlos
y hacerlos así de la medida
que realmente soporta mi corazón,
pero sólo consigo que palidezcan,
como palidecen las hierbas que crecen
privadas de la luz del sol.
Los ojos de mis tristes días
son abiertas tumbas
a las que caen silenciosas y fantasmales
miles de siluetas dormidas
de mí dormido alrededor.
Miro a uno y a otro lado indiferente,
busco nada, pero todo está lleno,
terriblemente lleno de objetos
que no quiero ver
pero que veo,
y a los que rehúyo
sin poder olvidar que están ahí,
que lo van a estar para siempre
al margen de mi voluntad
y para un fin que no alcanzo a comprender.
Y es que mis párpados
que debieran ser de piedra,
son sólo negros retales de un leve tul
que viste mis horas de un luto que no consuela
ni a los amaneceres tristes
ni a las que aún están por entristecer.
Pobres ojos, tumbas abiertas,
custodiadas por unos párpados
que no son siquiera escondites,
que son sólo etéreas sombras
que me permiten velar
esas tristes jornadas
que llenan de sombras mi corazón.
Y soñar, paradójica bendición,
soñar tanto, que a menudo,
me menguan las albas y crecen las penas,
las penas que son estas mis tristes fechas.
Jornadas del finito universo de mi corazón cansado,
en el que los párpados
son liviana tierra bajo la que germinan mis horas,
raquíticas y blanquecinas,
como la esperanza,
la esperanza de mi corazón dormido
al final de unos ojos,
donde descansan unos sobre otros,
los cadáveres de todos mis días.
∞
BAJO SECRETO

Mis ojos se perdieron en el corazón de la niebla. Clavados al fondo, deje de verlos. No me asuste, no son, ni niños, ni tampoco tontos como dicen que soy. Ellos conocen de memoria el camino de regreso, por él volverán, lo hacen siempre. Lo harán, eso sí, jadeantes y cansados, como perros de caza después de una larga correría tras la presa.
También vuelven cuando caen en la turbulenta corriente de un río o en un abismo de nubes o en un mar embravecido o en un precipicio o en las lágrimas. Y en ese último caso si que semeja un verdadero milagro el que regresen, porque en esos momentos sientes físicamente como se van diluyendo en el mar del llanto, como van velándose en su interior las imágenes hasta dejarlas vacías, vacías y solas, tanto como lo están esas conchas de caracol que se pudren abandonadas en medio de la espinosa soledad de los zarzales. Sí señor, profundamente solos con nuestro dolor, y cuando vuelven los recibes con la alegría con que se recibe el presente de un verdadero milagro, como es el de permitirnos volver a mirar.
Por otro lado, nada hay que temer, la niebla no se los queda, para qué los quiere, ella es ciega por voluntad propia, se arrancó los suyos para no sentir miedo al rodar monte abajo. Y es que hay que ser extremadamente indolente para hacerlo con la despreocupación que ella lo hace. La prueba de que es así, es que no se sirve ni de los míos ni de ninguno de los muchos que va atrapando ladera abajo. Es por ello frecuente verla avanzar imparable con su marea de ojos olvidados prendidos en la solapa.
Ojos olvidados y lacrimosos, ojos de perro enfermo, sí, eso, ¡eso mismo!, de perro enfermo y viejo. Ojos de perro y de abuelo, ambos al final de la vida: cansados, mórbidos y llorosos.
Ojos del abuelo que, al contrario que mis ojos, se perdió para siempre camino de algún lugar al que llamaba con voz afligida: “¡Dios mío!”. Se fue atado a la cola de un puñado de nubes grises que corrían altas por un cielo desquiciado, dormitando en una caja demasiado joven para él. Me habría gustado hacerle una caja como él se merecía, de maderas viejas, que oliera: a flores secas, manzanas maduras, desvanes antiguos y nubes deshilachadas. Le gustaban tanto. Pero en ese tiempo yo no podía saber, no debía saber, porque sólo así me era permitido mantener el precario equilibrio de mi mundo.
Ya está aquí, la niebla digo. La siento, fría y blanda, en cada golpe de aliento. La siento caricia de silencio sobre el rostro. La siento babosa de cien mil ojos, mojando las cuencas vacías de mi humilde par.
Me quedo entonces más que quieto, ensimismado, y oigo que dicen algunos: “Está como tonto”. Y afirman otros: “No es tonto, es sólo un poco retrasado”. A mí la verdad es que no me importa lo que digan, es más, quiero ser tonto o retrasado, lo necesito, serlo, me es hoy, aún más que ayer, vital.
Pienso, eso sí, y no sin angustia, que si yo tengo que realizar este brutal esfuerzo para mantener el equilibrio de mi diminuto mundo, qué no tendrá que hacer Dios para mantener el orden de su infinito universo. Debe ser aterrador ser dios. Me pregunto, si sentirá como yo el peso blando de la niebla y de su padre sobre sí, ambos jadeantes y pastosos. Si sentirá la carne de arcilla reblandecida endurecerse en ese punto de fatal desequilibrio en el que reside la hombría. Endurecerse tanto que llega a hacer daño ya antes de hacértelo. Y si será por no estropearlo todo por lo que se ha sumido, como yo, en ese profundo silencio en el que habitamos.
Dios también es “tonto” y “retrasado” a decir de los que en la angustia del desesperado ruego lo presienten, sin paciencia, embobado en sus cosas, ajeno a sus cuitas y pesares, indolente en la insolencia de su inclemente silencio.
La niebla, cuando pasa, me lo recuerda, a mi padre digo. Pero no la odio, tampoco a él, ante ella me dejo hacer, igual que ante él. Me dejo hacer y la siento y lo siento jadear blando y sudoroso sobre mi cuerpo. Y siento la dureza de su miembro golpeándome, rompiendo el tierno hechizo del abrazo, convirtiéndolo en algo horrible, y presagiando lo peor, lo que está por venir.
Las cosas que hacemos nacen en nuestras cabezas, lo sé, aunque lo calle, y se expresan en cada uno de nuestros órganos. Podía parecer por ello que podemos elegir hacerlas o no hacerlas, pero a menudo y pese a intentarlo no podemos, porque algo que está dentro de nosotros nos derrota. En algunas ocasiones cojo una hormiga y trato de acariciarla con ternura, pero no puedo, no le caben las caricia. Lo intento una y otra vez, pero no hay manera, y me desespero de tal modo que me dejo ir y termino por triturarla, con fuerza y rabia, entre los dedos, sólo así acierto a sentir que la acaricio hasta hacerla llorar, llorar tanto que al final siento asco, asco y pena. Y comprendo entonces que no debí hacerlo, sabiendo por otro lado que a la hora de elegir no tuve elección.
A mi padre le sucede conmigo lo que a mí con la hormiga. Pierde la cabeza, lo sé, él quiere tener otras cosas en su cabeza, por eso me abraza con ternura, me da afectuosos golpes en la espalda y me besa en las mejillas. Luego se aparta y me mira de lejos, y lo hace porque sé que él quiere ser así, y como lo quiere, otras veces sólo me pasa la mano por la cabeza y me revuelve el cabello, y me dice: “¡Mi niño!”. Me quiere, y así lo siento. Siento su cuerpo blando como una nube pegado al mío, y me dejo ir, me pierdo en él. Es entonces cuando se despierta la fiera, cuando siento en un punto el latigazo duro de algo insignificante en relación con el volumen de su cuerpo, y todo empieza a ir mal entre los dos. Todo se rompe, él trata de mantenerse dentro de la ternura, pero siento que no puede, y es así como deja de ser mi padre para convertirse en mi pesadilla.
Es verdad que ya no ocurre con tanta frecuencia como antes, como cuando era pequeño. Entonces lo hacía más a menudo. De todos modos la sensación para mí es la misma. Ya no recuerdo cuando lo hizo por primera vez, no sé siquiera si la hubo, sino fue así desde siempre. Sé, eso sí, que lo que describo ocurre desde que tengo memoria.
Mi padre es bueno como el pan, me quiere y me gusta ir con él allí donde va, y que me abrace, sólo le temo a la dureza de ese corazón con forma de puñal que me rompe: que nos rompe.
Ahora que la niebla pasa, estoy apoyado sobre el duro tronco de un pino y no puedo evitar que me lo recuerde, y como me lo recuerda, siento miedo, miedo y rabia. Pero la niebla pasa, se va perdiendo monte abajo. A ella, no hay árbol que no la quiera en toda la ladera, y, sin embargo, también la van acariciando y atravesando crueles las ramas que se encuentra en el camino.
Mi abuelo, como ya dije, se fue en una caja nueva que olía a pintura, me temo que el pobre no va a estar a gusto allí donde este, por muy ¡Dios mío! que se llame. Debí hacerle una caja que oliera a manzanas maduras, a flores secas, a desvanes antiguos, a nubes deshilachadas: le gustaban tanto.
Él, no sé por qué, no me acariciaba, me miraba solamente y sonreía. Él sabía mucho y también me quería mucho, lo sé, quizá por eso no me acariciaba. Pero se murió, como también se murió madre, y ambos lo hicieron cuando más los necesitaba.
A mi madre en cambio la enterraron en la caja que se merecía, incomoda y sin esperanza de poder guardar en ella sus cosas de la costura; y es que no debió hacer lo que hizo y después hacer lo que me hizo: Morirse. Ella fue la que denuncio a mi padre. Yo era entonces muy pequeño. A mí padre se lo llevó la Guardia Civil un lugar al que llaman justicia. Y así fue como me quede con ella y el abuelo, y luego ella y el abuelo se murieron y me dejaron solo en medio de la niebla. Al abuelo se lo perdono, era muy viejo y llevaba mucho tiempo esperando irse a ¡Dios mío!, demasiado para quedarse una vez tuvo ocasión de hacerlo. Pero ella no tenía que haberse ido de mi lado, porque ella no tenía ningún lugar, ni ningún dios a donde ir, su sitio estaba junto a mí: su dios. No lo digo yo, lo dijo ella, se lo dijo a mi padre cuando él le pidió por Dios que no lo denunciara. En ese momento ella le respondió altiva en su maternal coraje: “Yo no tengo otro dios que mi hijo”. No me lo invento, lo pronuncio ella, como quien pronuncia una sentencia, la que luego fue. Claro que él también le prometió que no lo haría más, sabiendo que no podría cumplir, aunque se lo pidiese el mismísimo Dios. Yo se lo pedía a Dios algunas veces, pero Dios…yo qué sé…el caso es que mi padre, pues eso, igual...
Dice mi tía Andrea, muy amiga de decir, que mi madre se murió de vergüenza y de pena, una enfermedad que sólo mata a las madres. Y yo digo, y ahora aún más, que sólo mata a las personas que les encanta morirse. Porque él no quiere morir, él se resiste a morir, respira por ello como la niebla por todos los poros de la piel, y yo lo miro, lo miro sin compasión y me abrazo a él, y siento como su cuerpo de niebla se va enfriando lentamente bajo este manto gris en que me encuentro perdido.
Cuando ella lo denunció también me llevaron a mí, era pequeño, pero me llevaron, lloraba, pero me llevaron, fueron los batas blancas, desde aquel día siento ante ellas una profunda desolación.
Recuerdo sólo sus batas, creo que risueñas, falsamente dulces, terriblemente impregnadas de un olor frío y descaradamente extraño a cualquier olor natural, y tan ajenas, por tanto, a las fuerzas de mi mundo que me daban miedo.
Con ellas de la mano me perdí por tibios pasillos sin final, que se perdían en otros idénticos, flanqueados todos por innumerables puertas también blancas, que daban paso a idénticos cuartos, amueblados como para una pesadilla. Pasillos y cuartos que olían a desinfectante y a algo que me llenaba de pena sin dejarme conocer el porqué.
En esas estancias tibias y repetidas fui, durante días, manoseado sin pudor alguno. Luego comenzaron a preguntarme. Quise callar, y lo hice en todo aquello que me interesó. Me preguntaban si le tenía miedo a mi padre. Y les conteste que no, que mi padre era blando como un puñado de niebla, ellos no lo entendían, no querían, se les notaba a la legua. Para ellos era sólo un jodido energúmeno.
Pude contarles como me abrazaba, como me acariciaba, como me miraba. Como lo hacía como padre y también como lo hacía cuando se perdía en el filo de su navaja y me dolía. Pude contarle todo, pero, para qué querían ellos saber, para qué compasión, para qué solución. Para demostrar su culpa, decían. La culpa, era sólo eso, ¡la culpa!, una curiosidad como otra cualquiera. La culpa les iba a servir a ellos para que mi padre fuese a la cárcel. A mi madre para morirse de pena y a mi abuelo para no regresar jamás de “¡Dios mío!”. Aunque, he de reconocerlo, la culpa tenía en ese momento capacidad de ordenar o desordenar mi universo. Hoy, en cambio, que todo se ha estrellado, que todo se ha roto a mi alrededor, hoy, que piso y puedo oír crujir el camino bajo mis pies, y sé que no son fragmento de retamas ni de arenas, sino de mi vida, hoy digo, la culpa me trae sin cuidado. Y de hecho me trae, y de hecho, soy culpable.
Recuerdo que de noche me asustaba el ir y venir delirante de las ratas y ratones sobre las podridas maderas del falso techo, y a lo lejos el ladrido abrasador de los perros, y ya más cerca, encima de mí, el viejo crucifijo de la cabecera de la cama, lo miraba en la oscuridad y me aterraba. Se lo conté, pero eso no les importaba, para ellos eso no violaba nada, ni madre se moría de vergüenza, ni mí padre iba por ello a la cárcel. Sin embargo, el que él me quisiera tanto durante tanto tiempo y me hiciese daño durante sólo unos instantes, era un pecado terrible. De nada importaba que otras muchas veces él me cogiera de la mano y me llevara con él al campo, y me enseñase a sembrar trigo, que cazara para mí mariposas de colores y que me hablara de los árboles y de los pájaros.
Cuando chupas un caramelo, el dulce te llena amable la boca, no es verdad, pero sabes que irremediablemente vas a llegar al palo, que en algún momento vas a sentir el palo, duro y seco hiriéndote. Y es entonces cuando lo maldices, ¡verdad!, cuando olvidas sin más la otra parte, la buena, o por el contrario te centras en la parte buena, o para ser del todo justo, tratas al menos de situarte en un punto intermedio. Los hombres y mujeres que me invitaban a hablar, a dibujar, a escribir, querían que les hablase del palo, sólo del palo. Pero yo tenía mucho que decirles sobre el sabor dulce de la bola de algodón de azúcar que también estaba. Por eso me calle para siempre.
Les miraba, eso sí, pero en silencio. Quería que vieran, que leyeran en mi alma, por sus propios ojos, lo que yo no podía explicarles con palabras. Pero no vieron. Tal vez no tenían ojos pese a alardear de no perderlos nunca, o estuviera mi alma cuajada de niebla.
Después y como ya he dicho, me devolvieron a casa, y madre se murió, y mi abuelo también, la una de vergüenza y de pena, dicen, y el otro porque deseaba irse a un lugar que él llamaba “¡Dios mío!”. Y yo me quede callado, como un tonto, dicen los tíos y las vecinas, oligofrénico dicen los batas blancas. Pero no me importa, es más, me alegro, porque eso me va a permitir ser niño para siempre. Ser niño es un oficio hermoso. Así podía ir a ensimismarme en las cosas que ocurren en el monte, y de la mano de mi padre a las fiestas.
Pero la niebla viene todos los días, y con ella, cosas nuevas, unas buenas y otras malas. Y mi padre se ha enamorado de otra mujer, una mujer que no huele a madre, que no huele a nada, porque huele a perfume. Una mujer incapaz de morirse de vergüenza. Y según mi padre, quizá tengamos que irnos a la ciudad. Y yo no quiero irme, y se lo he dicho. Él sabe que puedo hablar más allá de un si o un no, nadie más lo sabe, pero él sí. No sabe en cambio que tengo en el bolsillo la navaja del abuelo, ¡no!, eso no lo sabe.
“No te puedes quedar”. Me dice serio, irritado casi, como si ya no fuese él. ¿Por qué?, le pregunto. Me dice: “Porque no estas...”. No se atreve a continuar, él sabe mejor que nadie para que estoy y no estoy capacitado. Me quedó, le digo: “Te vienes”, me responde tajante. Luego se me acerca, y me da un abrazo. Vuelvo a sentir su cuerpo de nube tibia pegado al mío. Me siento bien, tanto que por un momento pienso que quizá debería acceder a ir con ellos. Él me besa con dulzura en la mejilla. Luego sus labios se detienen en mi cuello, siento con más horror que asco, aletear su nariz, y de inmediato, abajo, el ardiente puñal. ¡No!, grito. Pero él no hace caso.
Meto la mano en el bolsillo del pantalón y cojo la navaja. La niebla rueda monte abajo grande y gris como el cielo caído que es. Perdidos los ojos en ella, la abro y siento sobre mi piel el frío relámpago del acero. Él distraído en su locura, no la ve. Muevo hacia atrás el brazo y comienzo a golpear su cuerpo con la aguzada hoja: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis.... Se la clavo hasta que lo siento frío y pegajoso entorno a mí. Lo suelto entonces y cae al suelo como un pesado fardo de niebla. Como lo que ahora es.
A la mañana siguiente vinieron a buscarme tres guardias y varios batas blancas. Pero ahora ya no les tenía miedo, ahora sabía que era dueño de mi silencio, que me era permitido algo más que callar: no saber nada.
En la simple sospecha de que no regía en mí la razón sino la fuerza de la costumbre, me llamaron con la estúpida reiteración con que se llama a un perro o a un gato, buscaban sin duda despertar la atención no de mi razón sino de la costumbre.
Cuando me canse do oírlos, me acerque a ellos despacio, al fin y al cabo sólo quería que se callasen. Recuerdo que me trataban como si estuviera definitivamente perdido, y se conformaban por ello con una mirada cansada y ausente. Ya no soy para ellos ni siquiera un niño, soy sólo un tonto, en ocasiones, peligroso.
José Alfonso Romero P-Seguín.
Domingo, 17 de Mayo de 2009 00:58 Autor: José Remero P.Seguín. #. Tema: RELATOS. No hay comentarios. Comentar.
CUANDO ESTÁ EN JUEGO TU BOCA

No debieran dormirse los ángeles
cuando está en juego tu boca,
cuando tu boca está jugando.
No debieran dormirse los ángeles
en el juego de las palabras
en la derrota de las bocas.
No debieran dormirse los ángeles,
como no te duermes tú,
palabra de mi boca
boca de mi alma.
Pero los ángeles se duermen,
olímpicamente indolentes
yacen dormidos
en las vísperas de toda celebración pacífica.
Lo han hecho siempre,
para no ver la maldición
de bocas rotas y sangrantes,
que penden ciegamente colgadas,
como las resecas y desgoznadas puertas,
de todas esas ruinas,
tras las que habita hoy
escondida y temerosa, la paz.
Camino por territorios asolados,
no es un sueño, lo sé,
lo sé pese a que lo sueñe,
donde sólo ondean en una sola pieza
los miles de malditos estandartes
con que nos hemos ignorado sin tregua,
y saludado la ignominia de tanta y tanta victoria,
la infamia de tan vana y reiterada gloria.
Los secos chasquidos de sus recias telas
apagan el llanto de la soledad
que vela a los muertos,
esos muertos cuyos cuerpos
se han de pudrir
sobre la faz de la tierra,
sin que nadie se digne en cubrirlos
con un puñado de ella.
Sus ojos, desjuntados de falsa alegría,
verán transitar sobre su opacada transparencia,
pedazos de azulísimo cielo
y negros nubarrones de crueles tormentas.
Creerán vislumbrar en ellos
la esperanza de la alada carroña
que a su socorro viene,
pero se equivocan,
son sólo pardos presagios de nuevos tiempos
de desatención y miseria.
Los seculares ángeles
se han dormido siempre,
y hoy que está en juego tu boca,
que tu boca está jugando,
se vuelven a dormir,
y ya no voy a gritar intentando inútilmente
despertarlos,
sino que iré hasta ellos,
les robaré sus flamígeras espadas
y pie en tierra
lucharé hasta la victoria
de una paz sin miedos ni ruinas,
sin dolor ni estúpida armonía,
una paz de todos, digo,
en la que sin hipocresía todos digamos,
esta boca también juega,
como tu boca, como la suya,
como la de él, como la mía…
Esta boca que jugando
al juego de las generosas verdades ardería,
no se ha de conformar con el silencio
de esos indolentes ángeles dormidos,
en el cielo de la boca del divino.
Sino que ha de resucitar hecha hombre,
para que, boca a boca,
los ángeles se tornen por una vez
y para siempre,
en las precisas palabras,
del impreciso y precioso juego,
de nuestras bocas.
METAMORFOSIS

Aún no eran las nueve, hora de la cita, y ya éramos todos horas sonadas frente a la puerta. Hablamos alto, buscando desoír el enojoso zumbido del desasosiego a que aboca la disputa.
A eso de las diez cedió el blanco portón de la productora, y en el reflejo de esa falsa inocencia caímos todos culpables y en natural desorden en una amplia sala de espera. Fijos los ojos en el fondo del pasillo por el que se perdía una nube de agentes acompañados por el director y el productor de la obra, en esa sana armonía que facilita el reconocerse, ellos sí, cada uno en su papel.
Nos sentamos todos los que pudimos, algunos ante semejante trance no pueden nunca, aún cuando sobran las sillas.
Mi representante me había animado a acudir a la prueba en el convencimiento de que los estragos de la edad y los pésimos tragos a que me empujaba el fracaso me conferían cierta legitimidad, cuando menos anatómica, para encarnar al protagonista.
A media mañana, uno de nosotros, ignoro cuál, alzó las posaderas de la silla y se inclinó sobre la mesa donde descansaban un puñado de manoseadas revistas de teatro. Fue en ese instante cuando lo oímos caer, con el sonido justo, ni grave ni agudo. Una vez panza arriba, se quedó inmóvil, como muerto, sus extremidades encogidas y expectantes. Para a continuación comenzar a moverlas lentamente, con sumo cuidado, en un gesto propio de quien indaga tratando de comprender su situación, y busca para ello referencias ciertas que refuten lo incierto de la misma.
A esa secuencia de sutil exploración siguió otra en la que los movimientos de sus extremidades se tornaron bruscos y descoordinados. Y a esa segunda, una tercera, más corta y abrupta, marcada por el más certero de los desequilibrios, el de la angustia: series de giros rápidos y bruscos movimientos oscilantes del cuerpo, los propios de quien se sabe al revés y busca hallarse, lejos ya de la razón, en la azarosa inercia de la fuerza.
La representación se desenvolvía magnífica. Muchos, por pura envidia, yo entre ellos, lo mirábamos con indiferencia, mientras que otros, de la mano de esa misma inclinación, buscaban ignorarlo. No queríamos saber de lo que era capaz. Sin embargo, no todos habitamos aún en esa cruel indiferencia a que obliga la experiencia. La sangre se renueva en la no menos perversa ingenuidad del principiante. Prueba de ello es que un actor joven, concretamente el que se hallaba sentado a mi derecha, contemplaba la escena con suma atención. No había duda, también a él se le antojaba insuperable. Sin embargo, él como todos los demás percibía que tal reconocimiento conduce inevitablemente al desaliento. Por ello no crecía en su rostro el plácido gesto de la admiración sino el agrio rictus de la ira. Y en esa voluntad se levantó decidido y lo pisó con fuerza. Sin dejar de mirarnos desafiante, dejando claro que no admitía reproches. Nadie se los hizo. El cuerpo de escarabajo, en respuesta, crujió leve y húmedo, dejando en el suelo una mancha negruzca y confusa, incapaz de apagar el sonoro zapatazo con que lo había aplastado.
Desconocía el aspirante que un escarabajo jamás va a representar a un escarabajo, pues así lo dispuso Kafka, en el convencimiento de que sólo representándolo un hombre adquiriría éste sentido. No había, por tanto, y a pesar de su talento, peligro de que pudiera robarnos el papel. Pero quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra, yo a su edad había aplastado con la misma fuerza y rabia una mosca que, posada sobre una sucia cristalera, interpretaba magistral, en el aburrido ritual de asearse la cabeza, la desesperanza del joven príncipe Hamlet.
No consegui el papel, pero aprendí que no es tanto lo que hagas o cómo lo hagas, que el secreto está en acertar a ser el insecto que ha imaginado el director para representar al hombre que hay en todo personaje.
José Romero P.Seguín.
(Públicado Diario de Arosa)
EL ÚLTIMO NOMBRE DE LA AUSENCIA
EL ÚLTIMO NOMBRE DE LA AUSENCIACumplida aquí nuestra presencia,
las manos se nos llenan
de delirantes y convulsas sombras,
reflejos de trabajos y orígenes remotos.
Oscuros dibujos de cabalísticos presagios,
tatúan para un suspiro,
el magnánimo espejismo
de esa metafórica alma que se aleja
de donde nunca estuvo.
En el pecho,
el corazón exhala el milenario grito
de tan atávico ritual.
Cuántos son los que han muerto,
pues en tantos, imperecedero e invariable
el destructor alarido
que rige sin misterio los destinos del universo.
El rostro se marchita para siempre
en la melancólica catarata de tristeza
que opaca los ojos,
a la par que se acalla todo rumor
en nuestra entrañas,
para que el sepulcral silencio
dicte por terceras bocas,
su implacable sentencia,
¡muerto es!
Le llamamos muerte
al hecho en sí de ausentarnos,
y nos da tanto miedo y tanta pena,
que nos pasamos la vida ausentes
por la angustia
de tener un día que ausentarnos.
Morir, sería una magnífica disculpa
de la culpa de no vivir,
si no fuese un imposible
pensar en huir de esta culpa sin culpa
ni disculpa, que nos culpa a vivir.
Y es por ello
que hemos inventado la muerte
con la que equivocar
accesibles y cercanas calles,
estancias y corazones,
con lejanos y herméticos universos,
para tener así la esperanza
de que un día nos morimos,
aún sabiendo
que la muerte es sólo una forma más
de ausentarse,
de estar ausentes.
Otras serán entonces las realidades,
otras las conciencias.
Pero eso a quién le importa,
si no morimos, ¿qué somos?,
si sólo nos ausentamos
¿de qué estamos hechos?
Si en verdad sólo estamos ausentes
¿cuándo volveremos a ser
eso que ahora somos?
¿Si somos irremediablemente eternos
de qué vale la eternidad
que con tanto desatino y trabajo
hemos ido forjando
a la sombra de nuestras esenciales miserias?
Hemos de morir, aún sólo en el vano
acto de formular tal deseo,
para que sea
en nuestro débil ánimo,
definitiva la ausencia,
esencial la memoria
y posible el consuelo.
Viernes, 19 de Diciembre de 2008 09:43 Autor: José Remero P.Seguín. #. Tema: POEMAS. Hay 9 comentarios.
DÚOGRAMA

DÚOGRAMA
1
La música es el alma del viento,
el viento es el alma del tiempo,
el tiempo es la música de la eternidad.
2
La música,
se escucha como la lluvia.
Se escribe como la lluvia.
Y se siente como la lluvia
caer en el alma.
Miércoles, 17 de Diciembre de 2008 09:26 Autor: José Remero P.Seguín. #. Tema: POEMAS. Hay 4 comentarios.
LA MATERIA DE LAS VÍCTIMAS
LA MATERIA DE LAS VÍCTIMAS
“La partida sigue, era de aquí de toda la vida, no había hecho nada, era un honrado padre de familia, son unos canallas, no quieren el tren…” Y así hasta el infinito, hasta la infinita náusea que justifique un nuevo y próximo amanecer donde olvidar y en el olvido volver a hablar de esa paz que nace, babada de miedo y oportunismo, en las mismísimas entrañas de ese monstruo que no sólo es ETA, ella es sólo la expresión última de su brutal y maldita ideología. La de todos esos que incapaces de rebelarse se han atrincherado indolentes en la crónica rebelión, en la cínica esperanza de que ella les nutra de la razón que no les asiste. Porque no puede haber rebelión donde no hay injusticia sino para con quien discrepa, para quien no es perro de ese pastor mayor que pastorea la permanente queja: la del agravio, la de la reivindicación fascista de territorios frente a pueblos, la de derechos colectivos frente a derechos individuales, la de derechos históricos frente a la realidad.
Es verdad que hemos avanzado, hemos pasado de la velada acusación del: “algo habrá hecho”, a la cobarde perplejidad, pero no es suficiente, y no lo es, porque no se puede envenenar el aire y respirarlo luego en la confianza de que no nos va asesinar a nosotros también. Y en Vascongadas el aire está envenenado por el peor de los miedos, por la más melancólica de las cobardías, la que sufren quienes luchan contra ese monstruo que ellos mismos crean, en la conciencia de saber que en su derrota también ellos van a ser derrotados. Ese es el salto que debe dar esa parte de la sociedad vasca que milita en esa idea, y también la que se proclama mera espectadora. Y para mejor ejecutarlo han de silenciarse, y en ese silencio reflexionar sinceros sobre la verdad de esa inmensa mentira en la que viven y en la que educan a sus hijos. Sólo así van a lograr desentrañar su eterna duda para saber si ella obedece a una verdad que, cuando no es farsa propagandística, es mera especulación mitológica. Para así decidirse a dar el salto definitivo y ponerse al lado de ETA, si así lo creen, o frente a ETA. Sólo ellos pueden hacerlo, porque de ellos nace y para ellos asesina. En sus manos está, por tanto, el que deje de hacerlo. Pero esa decisión demanda coraje, no ambigüedad, no eclecticismo, no equidistancia, coraje digo, el suficiente para ser ETA o no serlo en la profundidad y contundencia que esta tragedia demanda. La decisión requiere algo más que valor: honestidad, decencia y conciencia, la suficiente para retomar la soberanía de sus vidas y actos, para dejar de delegar en ese espejo que azogan con lo mejor y lo peor de ellos en la hipócrita esperanza de ver reflejado en él, sólo aquello que los hace grandes, distintos y, en esa engañosa imagen, medida de la medida de todas sus cosas.
Dejémonos pues de acusaciones soterradas y abiertas disculpas, seamos todos sinceros en nuestras palabras y actos y llamemos a las cosas por su nombre, para que las víctimas sepan de qué materia están verdaderamente hechas en la conciencia de sus vecinos y pueblos. Pues sólo en esa condición van a ser realmente sentidas y respetadas hasta el extremo de dejar de ser uno más para ser el último.
Un fraternal abrazo.
“La partida sigue, era de aquí de toda la vida, no había hecho nada, era un honrado padre de familia, son unos canallas, no quieren el tren…” Y así hasta el infinito, hasta la infinita náusea que justifique un nuevo y próximo amanecer donde olvidar y en el olvido volver a hablar de esa paz que nace, babada de miedo y oportunismo, en las mismísimas entrañas de ese monstruo que no sólo es ETA, ella es sólo la expresión última de su brutal y maldita ideología. La de todos esos que incapaces de rebelarse se han atrincherado indolentes en la crónica rebelión, en la cínica esperanza de que ella les nutra de la razón que no les asiste. Porque no puede haber rebelión donde no hay injusticia sino para con quien discrepa, para quien no es perro de ese pastor mayor que pastorea la permanente queja: la del agravio, la de la reivindicación fascista de territorios frente a pueblos, la de derechos colectivos frente a derechos individuales, la de derechos históricos frente a la realidad.
Es verdad que hemos avanzado, hemos pasado de la velada acusación del: “algo habrá hecho”, a la cobarde perplejidad, pero no es suficiente, y no lo es, porque no se puede envenenar el aire y respirarlo luego en la confianza de que no nos va asesinar a nosotros también. Y en Vascongadas el aire está envenenado por el peor de los miedos, por la más melancólica de las cobardías, la que sufren quienes luchan contra ese monstruo que ellos mismos crean, en la conciencia de saber que en su derrota también ellos van a ser derrotados. Ese es el salto que debe dar esa parte de la sociedad vasca que milita en esa idea, y también la que se proclama mera espectadora. Y para mejor ejecutarlo han de silenciarse, y en ese silencio reflexionar sinceros sobre la verdad de esa inmensa mentira en la que viven y en la que educan a sus hijos. Sólo así van a lograr desentrañar su eterna duda para saber si ella obedece a una verdad que, cuando no es farsa propagandística, es mera especulación mitológica. Para así decidirse a dar el salto definitivo y ponerse al lado de ETA, si así lo creen, o frente a ETA. Sólo ellos pueden hacerlo, porque de ellos nace y para ellos asesina. En sus manos está, por tanto, el que deje de hacerlo. Pero esa decisión demanda coraje, no ambigüedad, no eclecticismo, no equidistancia, coraje digo, el suficiente para ser ETA o no serlo en la profundidad y contundencia que esta tragedia demanda. La decisión requiere algo más que valor: honestidad, decencia y conciencia, la suficiente para retomar la soberanía de sus vidas y actos, para dejar de delegar en ese espejo que azogan con lo mejor y lo peor de ellos en la hipócrita esperanza de ver reflejado en él, sólo aquello que los hace grandes, distintos y, en esa engañosa imagen, medida de la medida de todas sus cosas.
Dejémonos pues de acusaciones soterradas y abiertas disculpas, seamos todos sinceros en nuestras palabras y actos y llamemos a las cosas por su nombre, para que las víctimas sepan de qué materia están verdaderamente hechas en la conciencia de sus vecinos y pueblos. Pues sólo en esa condición van a ser realmente sentidas y respetadas hasta el extremo de dejar de ser uno más para ser el último.
Un fraternal abrazo.
Jueves, 04 de Diciembre de 2008 12:55 Autor: José Remero P.Seguín. #. Tema: OPINIÓN. No hay comentarios. Comentar.

