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GRÂNDOLA LITERARIA DE JOSÉ ALFONSO ROMERO P.SEGUIN

PERSECUCION

      Caminó sin desmayo por callejones oscuros, entre paredes cuajadas de musgos y humedad, que olían a orín y lluvia descompuesta. A trechos, excrementos de perros y de personas que como perros defecan en cualquier lugar, le iban acechando, eran pedazos de mierda descolorida y lavada, marrón clara, y a veces, verdosa y peluda como imagina uno a los habitantes de un planeta húmedo.

      Llevaba debajo del remendado gabán azul, escondido como un tesoro, un trozo de pan reseco, un cabo de vela y un viejo libro, y en el pecho un reguero de roja sombra que le manaba del corazón y se vertía ya sin disimulo por el pestilente suelo. 

     Detrás de él venían también sin disimulo los hombres de la policía política, con su jauría de consignas y perros. Le perseguían desde hacía horas por las calles de aquella ciudad silenciada que no silenciosa. 

    No había testigos, solo las contras de las ventanas se entreabrían cobardes a su paso. Tristes parpadeos de los grises y desportillados ojos de aquellas humildes casas que, como valientes Antígonas, desobedeciendo la expresa voluntad del tirano, le iban amortajando en el desgarrado sudario de sus quebradas sombras. Tras ellas se escondía el huidizo mirar de sus temerosos moradores.

      La rabia venía cuando llovía y se podía maldecir en voz alta sin levantar sospecha: "La hija de puta de la lluvia". Mientras, los pensamientos y las intenciones iban por otro lado. Y era justamente en ese otro indolente lado donde los hombres que sufrían la maldición fascista se rebelaban proclamando así su desacuerdo con el orden establecido. Valientes hazañas de un puñado de cobardes.

       El perseguido una vez alcanzó la falda de la montaña, no intentó ocultarse, ni tomó una dirección concreta, sino que siguió caminando despreocupado de otra voluntad que no fuese andar. Qué le importaba hacia dónde, su único objetivo era prolongar la persecución, hacerla larga, evidenciarla ante sitiados y sitiadores, pero sin más afán que aquel con que el día busca el amparo de las nocturnas sombras o las sombras las del día. Y es que sabía que fuese donde fuese iba a ser apresado y ejecutado sin que poco o nada se conmoviera.

      Esa mañana -antes del primer intento fallido de detención, en el que le dispararon dejando clara en aquella mala herida que lo mataba con tan sañuda parsimonia, su regular puntería y pésima intención- había estado paseando por la playa, y lo entendió, entendió lo que le había ocupado tantas horas de soledad y desasosiego. Fue un destello solamente, una revelación nacida del cotidiano acto de andar, al hacerlo el pie golpea la arena y la arena salta y se confunde con la arena, de ese modo todo pierde en algún momento su orden, su personal estructura, pero nada cambia, las playas siguen siendo playas, la arena sigue siendo invariablemente arena.

      Para él, como para la arena, ahora lo sabía, no había otro destino que el de dejarse golpear, sentirse romper en la esperanza de que, aún así, su rebeldía seguiría siendo rebeldía y sus ansias de libertad su única playa.

     Lo remataron de madrugada a la orilla de un sendero sin márgenes, cárdeno de luna y sangre, donde se hallaba caído leyendo su viejo ejemplar de “La Odisea”. Uno de ellos, el de más graduación, le arrebató el libro de una patada, apartándolo así de sus manos ensangrentadas; lo sostuvo luego con asco entre las suyas, cuidando no mancharse, y lo hojeó con desgana. En una desgastada hoja del final, algo reclamo su atención, era un párrafo manuscrito en una grafía desgarrada, casi mística, y ordenado en versos, los leyó para sí y sonrió fiero, a la vez que asentía con la cabeza. Sus esbirros le miraban expectantes, -les entendió, como entendía a los perros de presa que también le miraban con atención moviendo la cola- leyó en voz alta: “Tuvo suerte la araña/ dice la mariposa, /le pude romper la tela. / Tuvo suerte la mariposa/ dice la araña/ le pude devorar el alma. /Pobre Sefara mía, llena estás de blancas mariposas/ y negras arañas". Todos, hombre y perros, siguieron mirándole serios y expectantes, interpretó de nuevo con plena satisfacción su lerdo mensaje, lanzó una fuerte carcajada, ellos, entonces sí, le imitaron riendo, los perros ladrando. Por fin lo entendían todos, la risa del comandante era el prólogo y el epílogo de aquella críptica frase. Arrancó éste la hoja y la guardó celosamente en el bolsillo de la guerrera, aquella era la confesión de culpabilidad que no necesitaba del criminal.

 

 

 

EPILOGO

 

     Se fueron luego monte abajo, felices y satisfechos. No era para menos, en su responsabilidad pesaba orgullosa la firme convicción del deber cumplido, en su corazón sin alma la constancia de la patria puesta a salvo, y como no, la grata sensación de saber que por fin todo volvía a su orden. Ahora podían volver a dormir placenteramente, el tirano estaba a salvo y con él el pueblo, y con el pueblo sus familias y privilegios.

     Las contraventanas se cerraron a su paso, párpados de ojos grises que esconden miradas jóvenes. Esas que saben que mañana serán ellas quienes caminen por callejones húmedos huyendo de la realidad sin más esperanza que la de ser cazados.

      Las ideas, ni se agotan, ni se ordenan, ni se repiten, son las formas quienes lo hacen. Son por ello de las formas los ejércitos y policías, y también los fanáticos y las balas.

       Las formas te llevan a la muerte, las ideas a la inmortalidad. Porque unas son animalillos domésticos, simple alimento de un cuerpo físico que vive del precario pero vital equilibrio de la forma; mientras que las otras son hermosos albatros sondeando inmensidades, de las que se nutre el amorfo y por ende infinito e indestructible cuerpo espiritual que vive, por el contrario, del desequilibrio que da sentido e identidad a la idea.

      Le mataron por tener ideas, "pájaros en la cabeza" reconocieron magnánimos los que más le querían dentro del aparato político militar, sin saber que con ello daban la más veraz versión de lo que verdaderamente había sucedido. Él, tenía pájaros en la cabeza que le llevaron a desafiar el orden de los sociales y civilizados vientos que son y han sido desde siempre prisioneros de la peor de las esencias de la forma, la del orden establecido.

       El perseguido renunció a la forma en favor de la idea, y puso con ello en peligro el orden, ese fue su delito y por él fue gravemente castigado.

 

José Romero P. Seguín.

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EL EXHIBICIONISTA

EL EXHIBICIONISTA

 

 

 

 

 Le digo señor agente, que estaba ahí, se lo juro por lo más sagrado, a estas alturas no tendría que hacerlo, lo sé, pero lo hago.  Ahí mismo, justo delante de mí, burlándose con falsas carcajadas y haciendo grosera ostentación de sus genitales.

Pasaban por aquí señor agente, niñas y señoras, señoras que se escandalizaban como niñas, y no sin razón, ante el desafuero del indigno, y acaso ya, deprimente, por no decir patético espectáculo. 

Ya sabe: esas perneras de disimulo, sucias y deshilachadas de arrastrarse hasta el hartazgo por el sucio lodazal de la indignidad; torpemente sujetas con un liguero de ajados encajes, más propio de puta de rastrojo, y perdóneme la crudeza de la vulgaridad, que de meretriz de refinado burdel.  Si es que no bien se despendola y ya parece un espantapájaros. Claro que, a qué otra cosa puede asemejar, con ese pene flácido y arrugado en mitad de una gris y rancia maraña de pelo que más parece reseco y helado herbazal que púbico vello.  Y esos testículos, qué decir de ellos, señor agente, convertidos por la afrenta de la edad en colgantes jirones de ropa vieja; donde habitan vaya Ud. a saber en qué estado de putrefacción las esplendorosas gónadas que fueron ayer enseñas de su hombría y cobijo de la noble y natural promesa de descendencia; esa de la que le privó, que todo hay que decirlo, tan aborrecible vicio.  Y cómo olvidarse de la amarillenta gabardina, con ese tufo a pescado podrido que pinta bascas a su paso.  En fin, que sus inocentes víctimas gritan por no vomitar, y en el grito vomitan tanta pena y tanto asco, que da pena tan penoso escándalo.

 

Pero eso lo sabemos Ud., yo y aquellos que han tenido la desdicha de encontrárselo, mientras que él, acérrimo como una mula lo ignora por más que se lo repita y evidencie de todas las formas posibles.  Porque se lo digo, y créame, agotadas ya entre ambos y desde hace mucho tiempo las formalidades y eufemismos que impone el mutuo respeto, e ignoradas las pautas morales, éticas y hasta estéticas que deben regir cualquier relación que se precie, lo hago claramente y con toda la crudeza de que soy capaz: que das asco, asco y pena. Eso le digo, y no bajito, no señor, sino alto, alto y fuerte, como ha de ser un insulto que busca despertar conciencia.  Pero él se mantiene en sus trece, y en cuanto me doy la vuelta vuelve a vestir su deshonra y sale a la calle dispuesto a consumar el ruin y repugnante espectáculo.

Hoy, sin ir más lejos, antes de pasar lo que pasó, se lo dije, es más, le rogué amablemente que se fuera, que me dejase en paz de una puñetera vez, pero él no dejaba de manosearse y reírse como un demonio, así mismo, como si estuviera endemoniado: como  lo está.

Créame que soy sincero cuando le digo que el semen que mancha la gabardina, las manos y la acera, nos mancha a todos, pero sólo me duele a mí, pese a que sean ellas quienes griten y corran despavoridas.

Pero qué le puedo contar, Ud. ya lo conoce, ya sabe cómo es.  Por eso hoy, cansado de aguantarlo, le tiré con toda la fuerza y rabia del mundo una piedra a la cara; y entonces se fue, no sé dónde, en medio eso sí de un enorme y agudo estrépito, ya sabe, le gusta la batahola.  A lo mejor lo he matado, debería buscarlo.  No se lo tome a broma, mire que sonó a roto.

Ya, ya sé que esas no son formas, pero tiene que entender agente que son muchos años aguantándolo, viendo como me humilla, como se burla de mí.  Y la verdad es que algo de culpa tienen Uds., y las autoridades judiciales, y también los médicos.  No han sido lo suficientemente duros con él, no señor, no lo han sido, y luego ocurre lo que ocurre. Pero de hoy no pasa, juzgo que ha llegado la hora de hacer algo, tienen que hacer algo, y hacerlo ya, para que esta pesadilla termine de una maldita vez.

Tienen que detenerlo, detenerlo y encerrarlo, que se pudra en la cárcel, a ver si así escarmienta, sino, va a terminar conmigo, se lo digo de corazón, me va a matar, a matar de odio y rabia.  De dolor y vergüenza ya lo ha hecho hace mucho, pero que mucho tiempo. De eso estoy muerto desde que sé yo, y es que hace tanto tiempo que ya ni siquiera alcanzo a recordar.

Yo, agente, como Ud. sabe muy bien, soy todo un caballero de vasto linaje, y como tal no puedo consentir esta continua afrenta que ofende la dignidad de mi noble estirpe.

- Lo sé, Sr. Tomás, lo sé, y créame que se hará lo que se pueda.

- ¿Y Ud. cree que volverá a hacerlo?

- Me temo que sí, ya sabe que estos vicios son crónicos, ¡crónicos!, me entiende.

- Pero, ¿y la piedra?,  ¿y las heridas?

- Sí, eso, justamente, como las piedras y las heridas, ellas también son crónicas.

- ¡Válgame Dios!

- Él también lo es.

- ¿Exhibicionista?

- No, crónico, sólo crónico Sr. Tomas.

- Pues algo habrá que hacer con Él, porque esas cosas, ya sabe, van a más.  Y no vea usted el trago para los alados angelitos, las santas almas y la santísima…, bueno, bueno!, más vale no pensar.

- ¡Lo que Ud. diga Sr. Tomás,  lo que Ud. diga!

Y ahora, haga el favor de abrocharse la gabardina y subir al coche patrulla, como ya sabe, tiene que acompañarme a comisaría.  Amén de exhibirse otra vez, acaba Ud. de dejar tuerta esta pedazo de luna que vale, y nunca mejor dicho, un ojo de la cara.

 

 


 

 

AMANTES PERDIDOS

AMANTES PERDIDOS

 

 

Los tifones esconden canciones de amor

en las yermas y olvidadas caracolas,

que moran en las cuencas vacías

de los náufragos silentes.

 

Las algas, milagrosas vestimentas,

rodean con mimo

sus masculinas siluetas.

 

El mar, ciego de amor

va con nacarado empuje en su búsqueda,

como antes busco a otros,

 como siempre ha sido.

 

El mar, ese eterno enamorado

entregado al constante

desvarío de extraviar

una y otra vez a sus amantes.

Deshoja en la locura de su desenfreno

 los leves pétalos de sus naves,

hasta hundirlas en el seno de su pasión.

 

Y corre luego a lomos del viento

todos sus rumbos y caóticas orientaciones,

 buscándolos,

queriendo hallarlos allí donde los dejo,

pero no los encuentra.

 

Porque éstos habitan ya

en el frío de sus abismos,

convertidos en tristes

 recuerdos que desde la faz de la tierra

mueven misterios hilos

de afectos y compromisos nunca delegados.

 

Y como lo son, amante sin derecho al olvido,

triste memoria, digo,

nada puede el mar hallar en ellos

que no sean sino amargas sombras

de otros amores,  de otras pasiones.

 

Amarillece el sol en la penumbra

de las turbios profundidades,

y los náufragos cazan medusas

como en la tierra sus hijos mariposas.

 

Y de tarde en tarde escriben unos y otros,

sobre los arenales de sus hondas penas,

tristes poemas de amor,

que sólo saben descifrar los caballitos de mar,

esos hijos bastardos de los hermosos unicornios,

de cuyo semen se apiado dios

en un día tormentoso,

preñando con él la posibilidad

que dio a su vez su fruto

 en esa mínima pero hermosa expresión

de frágiles gigantes,

capaces de dar en el ensueño de su danza

sentido a la inmensidad.

 

Quisieran los naufrago gritar,

gritar tan fuerte que la luna

desistiese de jugar a las mareas,

pero su voz no es azul, ni está llena,

ni es cuarto menguante, ni es por supuesto nueva.

Su voz es, por el contrario, vieja, agreste y fría como los corales

de un arrecife petrificado de nácar y cal.

 

Blanquecinas barreras de corales muertos

que sueñan ser un día bulliciosos pueblecitos blancos

anclados en las humildes orillas de la esperanza.

 

En los acerados ojos de los tiburones

brillan desvaídas de puro bruñidas las almas

de los náufragos más valientes,

esos que antes de entregar

la flor de su intima marea,

fatigaron millas de agua buscando una balsa,

como en tierra un corazón amante.

 

El horizonte es en el mar un destino

incierto e imposible,

como el amor en el corazón del

naufrago que canta sin cesar:

“Te jure amor, amor,

pero mi amor es un golpe de sal

que hiela las palabras

con que busco saludar tu memoria.

 

Prisionero del mar te querré

toda la vida

sin querer,

porque aquí no hay piedad

ni para el desamor ni para el olvido.”

 

Ya viene el mar buscándote,

lo oyes corazón dormido,

viene, loco, furioso y altivo.

Ya viene gigantesco el amante

buscándote sobre las olas,

y tú aquí abajo,

silencio de caracolas rotas y de sirenas dormidas,

engalanado de grises transparencias 

y algas danzarinas.

 

Grita, grita una y otra vez,

no te rindas,

que el perverso amante gime ensordecedor,

pero la voluntad de amar

es voz divina que sobre él se eleva,

y quizás, oyendo tus lamentos se apiaden de ti,

divina voluntad del mar,

las olas

que gustan florecer los arenales

con los restos de tanta pena consentida.

DUETTO DE INOCENCIA

DUETTO DE INOCENCIA

A Antonia Sánchez,

por el infinito consuelo

de su sabia y  paciente lectura.

 

 

¡Mamá, mamá!, ¿verdad que el ascensor vuela como superman? Malditas bolsas, me rompen las manos. Mamá, ¿verdad que los ascensores los inventó Dios? Y los precios, cómo están, por las nubes, sales con un billete de cincuenta y vuelves sonando a  chatarra. Mamá, ¿los ascensores sueñan? Ni en sueños vamos a arreglar esta pesadilla de números rojos. Mamá, ¿por qué se llaman ascensor todos los ascensores? Como no le suban por encima del convenio a Manuel las vamos a pasar moradas. Mamá, ¿los ascensores deberían tener forma de pájaro? Porque lo que es a mí, no me suben ni un céntimo más, eso seguro, pedazo de cretino el jefe. Mamá, ¿de mayor puedo ser ascensor? Pero de todos modos por intentarlo no va a ser. Mamá, ¿la escalera le tiene manía al ascensor? Es lo que queda... Mamá, el ascensor es vergonzoso, se tapa la cara.  Aunque da más que rabia tener que mendigar lo que, no sólo por ley, sino por el más elemental sentido de justicia social nos pertenece. Mamá, ¿el ascensor se puede volver loco? Pero qué coño es eso de la justicia social, quién la conoce, un cachondeo, eso es lo que es. ¡Mamá, mamá!, y si el ascensor no se para en el sexto y sigue y sigue hasta el infinito, ¿a dónde iríamos a parar?  A la calle deberíamos salir, como antes, como siempre, pero ahora no hay lo que hay que tener. Mamá, ¿al cielo se sube en ascensor? Y mucha culpa de esto la tienen los sindicatos que se han vendido. Mamá, ¿el ascensor parece triste? Es triste,  bien triste, al fin y al cabo ellos eran el motor de la conciencia de clase. Mamá, ¿por qué no llueve nunca en el ascensor? Claro que nunca llueve a gusto de todos. Esos botones de ahí, son para viajar en el tiempo, ¿verdad mamá? Porque aún hay quien los defiende, como si fuesen los de otro tiempo. Mamá, si pulso ese de la campana vienen los bomberos, y si toco ese que tiene dos puertas dibujadas, ¿a dónde vamos? Funcionarios deberíamos ser todos. Mamá, si el ascensor se mueve, ¿por qué nos vemos quietos en el espejo? Pero todos no lo podemos ser, además, quién carajo la vela iba a trabajar entonces. ¡Mamá, mamá!, ¿los ascensores son más listos que papá? Manuel bien podía pedir un ascenso, lleva en la empresa más años que la puerta de entrada, y nada, ahí sigue, de oficial de segunda. Mamá, ¿verdad que este ascensor es nuestro? Pedir, que pedir ni pedir, exigir, que es lo suyo. Ya ves tú, como si fuese fácil, si ya lo dice él, y no sin razón: “Pedir, lo que voy a tener es que rogarles que no me echen como a un perro.” Mamá, esa luz se enciende y se apaga, ¿estará enfermo el ascensor? Lo cierto es que más vale pájaro en mano que ciento volando. Mamá, ¿es cierto que los ascensores también se mueren? Porque si lo echan me muero. Mamá, ¿por qué el ascensor no tiene escaleras? Pero ya está bien, tanto miedo y más miedo y venga miedo.  Y estas jodidas bolsas matándome las manos por culpa de la maldita prisa que se me ha metido en el cuerpo, porque bien que podía posarlas en el suelo, pero como tengo prisa no puedo, me parece que si lo hago voy a perder un mundo de tiempo. Mamá, ¿cuando coge vacaciones el ascensor? Pero la cuestión nos guste o no, es esa, no perder tiempo. Mamá, la señora Braulia le tiene miedo al ascensor, además de rabia,  le llama maldito trasto asesino y se santigua al entrar en él. El tiempo, la distancia, los pagos, la “reangustia” que mal enjuagamos en una quincena de días en Benidorm. Mamá ¿a qué los ascensores no son un invento del demonio? Esta vida está endemoniada. Mamá, me parece que ya nos trajo. Por fin. Mamá, ¿qué come el ascensor? Ahora a hacer la comida a toda prisa. Mamá,  ¿te ayudo con las bolsas? Debería hacerle más caso al niño. Mamá, ¿te abro la puerta? Mira hijo, el ascensor es…¡Mamá, mamá!,  ¿tú crees que me dará tiempo a ver los dibus? Hijo, te decía que el ascensor es sólo una… ¡Mamá, mamá!, ¿por qué tenemos que ir a comprar todos los días? Para comer. ¿Y para qué comemos? Para trabajar. ¿Y para qué trabajamos mamá? Para comer hijo, para comer, y déjalo ya, que me vas a hacer llorar.

 

 

 

JUEGO DE ESPEJOS

JUEGO DE ESPEJOS



Dios, ese Cristo me mira,
sé que con compasión,
pero me mira,
y yo Dios
no soy capaz
de sostenerle la mirada
a ningún Cristo,
porque yo, Dios,
yo,
soy él.
¡Dios, Dios!,
él,
¿me escuchas?,
¿me entiendes?,
¿me oyes?
¡Dios!
¿estas ahí?
Te digo a ti,
que no me miras,
que no me escuchas,
que no me quieres
por hijo.
A ti, sí,
a ti,
Dios,
que has permitido
que ese Cristo me mire
con compasión,
en la sombra
de mi imagen
al fondo de este sucio
espejo de estación.
Dios,
te digo que soy Cristo,
y tú callas,
la cruz es tu respuesta,
lo sé.
Dios, tu silencio
se hace pedernal
en los sucios espejos
de las sucias estaciones,
pero yo sé que tú sabes,
que no miento,
que yo soy
él,
mirándome con compasión
en esta hora impar
del calendario solar.
Yo Dios, yo,
soy también él,
pero,
¿tú eres acaso tú?
El silencio denuncia tu ausencia,
el dolor te niega,
la pena te difumina,
la alegría te desmemoria,
la sangre te ignora,
la razón te discute.
Estas solo,
frente a frente con la fe
y tu rebaño de pastores.
Mientras,
los templos vacíos
dan sólo testimonio
del hombre,
del Cristo,
de mí,
sí, también de mí,
aun aquí,
ante este sucio espejo
de estación.

EL ÁNGEL DERRIBADO

Sin sexo, sin ángeles, ¿qué soy?
me pregunto a gritos,
y me respondo para el cuello de la camisa
pero la camisa es sorda como mi yo.

Y vuelvo a instalarme en la duda
y la duda me arropa como a un niño,
el que soy, huérfano de yo
y sin ángeles a mi alrededor.

¿Me habré muerto
aquel día que aún no se cumplió
en el calendario?,
¿o en un día cumplido ya
en todos esos calendarios
con que se mide el hastío
y la paciencia de los hombres?

Cabe la posibilidad,
¡maldita sea!, siempre cabe algo,
que resucite,
que haya resucitado sin saberlo
y sin saber camine por la vida
escupiendo el don más divino
que se nos ofrece
como si fuese un monigote de paja
que se me atraganta y me provoca arcadas
de colores grises.

O será que soy de la estirpe de los malditos,
de los endémicos desagradecidos
que no hallan consuelo en el arraigo
sino que arraigan desconsolados
todas las soledades de las mareas perdidas
en las ubres de las vacas del sol puesto.

Esas que amamantan con leche de penumbra
las bocas de los voraces días de este mar erguido,
que por las faldas de las montañas avanza
sembrando de humedades pajizas
los guijarros más relucientes
de las montañas derruidas.

Pero no, lo que de verdad debe haber sucedido
es que aún no he nacido,
que habito aún en la paladar
de un dios sin placenta
que nos alumbra pronunciándonos
en un nombre exacto y secreto.

Un nombre por el que después no ha de llamar
a un aquelarre de perros sin collar
y sin ganas,
para oírnos contar, quejumbrosos,
historias brutales y complejas,
contar con aliento de almejas moribundas
que se abren y cierran en el fangoso arenal
de su pena.

El futuro para quien lo quiera,
el presente para el que lo reclame,
el pasado para vosotros que creo que estáis ahí
devorando mi sombra con la unción de un devoto
bajo la falda de un nazareno.

Al final creo que voy a inventar la nada
y seré famoso en el edén de los nardos liofilizados
de penas plausibles y vanos esfuerzos.
Escondo de todos modos, aquí,
envuelta en mi camisa,
una navaja
por si el cielo es una taberna
y el trato agreste y bronco
como lo es en las de todos los puertos del universo.

Una navaja con la que cortarle las alas a algún ángel
y derribarlo sobre la faz de la tierra,
para que cuando nazca este a mi servicio,
en este mundo donde el yo calla cobarde
y los ángeles se nos vuelan como mariposas
al cruzar las calles, al doblar las esquinas,
y también en la melancólica mirada de nuestros desatinos.

Lo terrible puede acaecer si le fallo y no nazco
y me quedo allí de donde lo expulse
y él se queda aquí sólo y sin compañía,
y le pide a dios que le cambie su alma
por otras alas, y dios no lo escucha,
porque dios es sordo a la llamada de los ángeles,
y llama a la puerta del infierno y se la vende
al diablo,
ese angelical coleccionista de almas
que arrojó un día otro cobarde
para una cita a la que jamás acudió.

ÁNGELES DE LA GUARDA



Cuadro de ángeles durmientes
en el seno esmeralda de un agua jamás emancipada,
la de la laguna caída en la llanura Alistana.
Hogar de batracios y culebras,
cementerio de hierbajos esperanzados
de desesperanza.

Los veo flotar leves y decaídos,
en esa ausencia que semeja pereza
y no es sino feroz vigilia,
la que ordena la infinita paciencia
de su infatigable presencia.

No reclaman alas, pero las tienen,
no buscan con sus amantísimos ojos el cielo,
pero el cielo corona de dócil azul
la mansa gravedad de sus cabezas.

Cabezas de niños dolientes,
que no dolidos.
No en vano no son sino mis amigos y yo
embelesados en las dulces fatigas de la infancia.

Tantas veces nos reflejamos indolentes
en el enigmático espejo de su alma,
como otras tanta ellos se conjuraron
en favor de nuestros sueños.


Como no recordarlos:
el pardo fondo vertido en la superficie,
la superficie desfonda en el reflejo azul del cielo,
y en medio, ellos, peinados sus dorados bucles
y envueltos en tan opacadas sedas.
Haciendo sonar la dulce flauta de su sueño,
para que no se despierte el nuestro,
para que jamás se despierte,
y seamos más que soñados, sueños
y más que sueños, soñadores.

Infinita es la quiebra, lo sé,
pero si alcanzamos a preservar el sueño
y la razón de soñar
nada nos va a privar de la niñez,
nada nos va a obligar a crecer
más allá de donde moran ellos,
angelicales lágrimas del particular universo
de nuestros infantiles ojos.

Sueños de sueños querubines
que nos hicieron posibles,
en la posibilidad y en los sueños.

Los ángeles caídos, de todos es sabido,
guardan con amantísimo celo lo imposible,
y entre ellos, la vida,
imposible de imposibles
en el inasequible desatino de ese hado
no divino.

Los míos duermen caído en una charca
escondida en un recóndito lugar
de la majada castellana.
En el límpido laberinto que forman los pueblecitos
de Mahide, Pobladura,
San Cristobal y San Vitero.

Lagrima signada de batracios verdes y marrones que,
devoran flores creyéndolas mariposas,
adoran a los juncos y veneran a la aurora
que se les enreda en el paladar
para hacerles saber por el gusto que,
un nuevo día las va a degustar
sin otra pasión que la de los demás días.


Recitad poetas del mundo
vuestros más sentidos poemas
para mis ángeles dormidos.
Tocad músicos del mundo para ellos
los acordes de un silencio
limpio y espacioso
como la voluntad de un dios de cristal,
como lo que son.

Tocad y recitad para ellos que vigilan en grave silencio
nuestros bulliciosos sueños de mercaderes.
No somos intocables, sabedlo,
sabedlo ahora que contáis con su oídos.
Sabed que son ellos y no nosotros los que se guardan del tacto
tras el leve tul de la inspiración.

Ellos, ángeles de brumosa levedad en la fiereza
de la más absoluta transparencia,
son nuestros amantes custodios,
en ese lugar sin clemencia ni inclemencia
desde donde guardan nuestras almas
con el celo de una pereza propia sólo de serafines,
y oligofrénicos.


Podría recorrer el mundo, lo sé,
y el mundo danzaría en esa charca
donde ellos,
mis ángeles, moran alimentados
de esos improbables sueños que nacen de mi boca
para sus bocas
de eternos y pacíficos vigilantes.

Dormid mis infatigables amigos,
dormid para que pueda yo vivir,
y el día que despertéis
sabed que mi cielo
cabe en esa humilde charca donde hoy flotáis
ausentes de otro cuidado
que ese que os dispensa este mi corazón
por vosotros florecido de consuelo,
este mi corazón,
por vosotros consolado.



EL FUNERAL DE MIS DÍAS

EL FUNERAL DE MIS DÍAS



A menudo me crecen los días
bajo los párpados.
Los cierro entonces con fuerza para asesinarlos
y hacerlos así de la medida
que realmente soporta mi corazón,
pero sólo consigo que palidezcan,
como palidecen las hierbas que crecen
privadas de la luz del sol.

Los ojos de mis tristes días
son abiertas tumbas
a las que caen silenciosas y fantasmales
miles de siluetas dormidas
de mí dormido alrededor.

Miro a uno y a otro lado indiferente,
busco nada, pero todo está lleno,
terriblemente lleno de objetos
que no quiero ver
pero que veo,
y a los que rehúyo
sin poder olvidar que están ahí,
que lo van a estar para siempre
al margen de mi voluntad
y para un fin que no alcanzo a comprender.

Y es que mis párpados
que debieran ser de piedra,
son sólo negros retales de un leve tul
que viste mis horas de un luto que no consuela
ni a los amaneceres tristes
ni a las que aún están por entristecer.

Pobres ojos, tumbas abiertas,
custodiadas por unos párpados
que no son siquiera escondites,
que son sólo etéreas sombras
que me permiten velar
esas tristes jornadas
que llenan de sombras mi corazón.

Y soñar, paradójica bendición,
soñar tanto, que a menudo,
me menguan las albas y crecen las penas,
las penas que son estas mis tristes fechas.

Jornadas del finito universo de mi corazón cansado,
en el que los párpados
son liviana tierra bajo la que germinan mis horas,
raquíticas y blanquecinas,
como la esperanza,
la esperanza de mi corazón dormido
al final de unos ojos,
donde descansan unos sobre otros,
los cadáveres de todos mis días.


BAJO SECRETO

BAJO SECRETO




Mis ojos se perdieron en el corazón de la niebla. Clavados al fondo, deje de verlos. No me asuste, no son, ni niños, ni tampoco tontos como dicen que soy. Ellos conocen de memoria el camino de regreso, por él volverán, lo hacen siempre. Lo harán, eso sí, jadeantes y cansados, como perros de caza después de una larga correría tras la presa.
También vuelven cuando caen en la turbulenta corriente de un río o en un abismo de nubes o en un mar embravecido o en un precipicio o en las lágrimas. Y en ese último caso si que semeja un verdadero milagro el que regresen, porque en esos momentos sientes físicamente como se van diluyendo en el mar del llanto, como van velándose en su interior las imágenes hasta dejarlas vacías, vacías y solas, tanto como lo están esas conchas de caracol que se pudren abandonadas en medio de la espinosa soledad de los zarzales. Sí señor, profundamente solos con nuestro dolor, y cuando vuelven los recibes con la alegría con que se recibe el presente de un verdadero milagro, como es el de permitirnos volver a mirar.

Por otro lado, nada hay que temer, la niebla no se los queda, para qué los quiere, ella es ciega por voluntad propia, se arrancó los suyos para no sentir miedo al rodar monte abajo. Y es que hay que ser extremadamente indolente para hacerlo con la despreocupación que ella lo hace. La prueba de que es así, es que no se sirve ni de los míos ni de ninguno de los muchos que va atrapando ladera abajo. Es por ello frecuente verla avanzar imparable con su marea de ojos olvidados prendidos en la solapa.

Ojos olvidados y lacrimosos, ojos de perro enfermo, sí, eso, ¡eso mismo!, de perro enfermo y viejo. Ojos de perro y de abuelo, ambos al final de la vida: cansados, mórbidos y llorosos.

Ojos del abuelo que, al contrario que mis ojos, se perdió para siempre camino de algún lugar al que llamaba con voz afligida: “¡Dios mío!”. Se fue atado a la cola de un puñado de nubes grises que corrían altas por un cielo desquiciado, dormitando en una caja demasiado joven para él. Me habría gustado hacerle una caja como él se merecía, de maderas viejas, que oliera: a flores secas, manzanas maduras, desvanes antiguos y nubes deshilachadas. Le gustaban tanto. Pero en ese tiempo yo no podía saber, no debía saber, porque sólo así me era permitido mantener el precario equilibrio de mi mundo.

Ya está aquí, la niebla digo. La siento, fría y blanda, en cada golpe de aliento. La siento caricia de silencio sobre el rostro. La siento babosa de cien mil ojos, mojando las cuencas vacías de mi humilde par.
Me quedo entonces más que quieto, ensimismado, y oigo que dicen algunos: “Está como tonto”. Y afirman otros: “No es tonto, es sólo un poco retrasado”. A mí la verdad es que no me importa lo que digan, es más, quiero ser tonto o retrasado, lo necesito, serlo, me es hoy, aún más que ayer, vital.

Pienso, eso sí, y no sin angustia, que si yo tengo que realizar este brutal esfuerzo para mantener el equilibrio de mi diminuto mundo, qué no tendrá que hacer Dios para mantener el orden de su infinito universo. Debe ser aterrador ser dios. Me pregunto, si sentirá como yo el peso blando de la niebla y de su padre sobre sí, ambos jadeantes y pastosos. Si sentirá la carne de arcilla reblandecida endurecerse en ese punto de fatal desequilibrio en el que reside la hombría. Endurecerse tanto que llega a hacer daño ya antes de hacértelo. Y si será por no estropearlo todo por lo que se ha sumido, como yo, en ese profundo silencio en el que habitamos.

Dios también es “tonto” y “retrasado” a decir de los que en la angustia del desesperado ruego lo presienten, sin paciencia, embobado en sus cosas, ajeno a sus cuitas y pesares, indolente en la insolencia de su inclemente silencio.

La niebla, cuando pasa, me lo recuerda, a mi padre digo. Pero no la odio, tampoco a él, ante ella me dejo hacer, igual que ante él. Me dejo hacer y la siento y lo siento jadear blando y sudoroso sobre mi cuerpo. Y siento la dureza de su miembro golpeándome, rompiendo el tierno hechizo del abrazo, convirtiéndolo en algo horrible, y presagiando lo peor, lo que está por venir.

Las cosas que hacemos nacen en nuestras cabezas, lo sé, aunque lo calle, y se expresan en cada uno de nuestros órganos. Podía parecer por ello que podemos elegir hacerlas o no hacerlas, pero a menudo y pese a intentarlo no podemos, porque algo que está dentro de nosotros nos derrota. En algunas ocasiones cojo una hormiga y trato de acariciarla con ternura, pero no puedo, no le caben las caricia. Lo intento una y otra vez, pero no hay manera, y me desespero de tal modo que me dejo ir y termino por triturarla, con fuerza y rabia, entre los dedos, sólo así acierto a sentir que la acaricio hasta hacerla llorar, llorar tanto que al final siento asco, asco y pena. Y comprendo entonces que no debí hacerlo, sabiendo por otro lado que a la hora de elegir no tuve elección.

A mi padre le sucede conmigo lo que a mí con la hormiga. Pierde la cabeza, lo sé, él quiere tener otras cosas en su cabeza, por eso me abraza con ternura, me da afectuosos golpes en la espalda y me besa en las mejillas. Luego se aparta y me mira de lejos, y lo hace porque sé que él quiere ser así, y como lo quiere, otras veces sólo me pasa la mano por la cabeza y me revuelve el cabello, y me dice: “¡Mi niño!”. Me quiere, y así lo siento. Siento su cuerpo blando como una nube pegado al mío, y me dejo ir, me pierdo en él. Es entonces cuando se despierta la fiera, cuando siento en un punto el latigazo duro de algo insignificante en relación con el volumen de su cuerpo, y todo empieza a ir mal entre los dos. Todo se rompe, él trata de mantenerse dentro de la ternura, pero siento que no puede, y es así como deja de ser mi padre para convertirse en mi pesadilla.

Es verdad que ya no ocurre con tanta frecuencia como antes, como cuando era pequeño. Entonces lo hacía más a menudo. De todos modos la sensación para mí es la misma. Ya no recuerdo cuando lo hizo por primera vez, no sé siquiera si la hubo, sino fue así desde siempre. Sé, eso sí, que lo que describo ocurre desde que tengo memoria.

Mi padre es bueno como el pan, me quiere y me gusta ir con él allí donde va, y que me abrace, sólo le temo a la dureza de ese corazón con forma de puñal que me rompe: que nos rompe.

Ahora que la niebla pasa, estoy apoyado sobre el duro tronco de un pino y no puedo evitar que me lo recuerde, y como me lo recuerda, siento miedo, miedo y rabia. Pero la niebla pasa, se va perdiendo monte abajo. A ella, no hay árbol que no la quiera en toda la ladera, y, sin embargo, también la van acariciando y atravesando crueles las ramas que se encuentra en el camino.

Mi abuelo, como ya dije, se fue en una caja nueva que olía a pintura, me temo que el pobre no va a estar a gusto allí donde este, por muy ¡Dios mío! que se llame. Debí hacerle una caja que oliera a manzanas maduras, a flores secas, a desvanes antiguos, a nubes deshilachadas: le gustaban tanto.

Él, no sé por qué, no me acariciaba, me miraba solamente y sonreía. Él sabía mucho y también me quería mucho, lo sé, quizá por eso no me acariciaba. Pero se murió, como también se murió madre, y ambos lo hicieron cuando más los necesitaba.

A mi madre en cambio la enterraron en la caja que se merecía, incomoda y sin esperanza de poder guardar en ella sus cosas de la costura; y es que no debió hacer lo que hizo y después hacer lo que me hizo: Morirse. Ella fue la que denuncio a mi padre. Yo era entonces muy pequeño. A mí padre se lo llevó la Guardia Civil un lugar al que llaman justicia. Y así fue como me quede con ella y el abuelo, y luego ella y el abuelo se murieron y me dejaron solo en medio de la niebla. Al abuelo se lo perdono, era muy viejo y llevaba mucho tiempo esperando irse a ¡Dios mío!, demasiado para quedarse una vez tuvo ocasión de hacerlo. Pero ella no tenía que haberse ido de mi lado, porque ella no tenía ningún lugar, ni ningún dios a donde ir, su sitio estaba junto a mí: su dios. No lo digo yo, lo dijo ella, se lo dijo a mi padre cuando él le pidió por Dios que no lo denunciara. En ese momento ella le respondió altiva en su maternal coraje: “Yo no tengo otro dios que mi hijo”. No me lo invento, lo pronuncio ella, como quien pronuncia una sentencia, la que luego fue. Claro que él también le prometió que no lo haría más, sabiendo que no podría cumplir, aunque se lo pidiese el mismísimo Dios. Yo se lo pedía a Dios algunas veces, pero Dios…yo qué sé…el caso es que mi padre, pues eso, igual...

Dice mi tía Andrea, muy amiga de decir, que mi madre se murió de vergüenza y de pena, una enfermedad que sólo mata a las madres. Y yo digo, y ahora aún más, que sólo mata a las personas que les encanta morirse. Porque él no quiere morir, él se resiste a morir, respira por ello como la niebla por todos los poros de la piel, y yo lo miro, lo miro sin compasión y me abrazo a él, y siento como su cuerpo de niebla se va enfriando lentamente bajo este manto gris en que me encuentro perdido.

Cuando ella lo denunció también me llevaron a mí, era pequeño, pero me llevaron, lloraba, pero me llevaron, fueron los batas blancas, desde aquel día siento ante ellas una profunda desolación.

Recuerdo sólo sus batas, creo que risueñas, falsamente dulces, terriblemente impregnadas de un olor frío y descaradamente extraño a cualquier olor natural, y tan ajenas, por tanto, a las fuerzas de mi mundo que me daban miedo.

Con ellas de la mano me perdí por tibios pasillos sin final, que se perdían en otros idénticos, flanqueados todos por innumerables puertas también blancas, que daban paso a idénticos cuartos, amueblados como para una pesadilla. Pasillos y cuartos que olían a desinfectante y a algo que me llenaba de pena sin dejarme conocer el porqué.

En esas estancias tibias y repetidas fui, durante días, manoseado sin pudor alguno. Luego comenzaron a preguntarme. Quise callar, y lo hice en todo aquello que me interesó. Me preguntaban si le tenía miedo a mi padre. Y les conteste que no, que mi padre era blando como un puñado de niebla, ellos no lo entendían, no querían, se les notaba a la legua. Para ellos era sólo un jodido energúmeno.

Pude contarles como me abrazaba, como me acariciaba, como me miraba. Como lo hacía como padre y también como lo hacía cuando se perdía en el filo de su navaja y me dolía. Pude contarle todo, pero, para qué querían ellos saber, para qué compasión, para qué solución. Para demostrar su culpa, decían. La culpa, era sólo eso, ¡la culpa!, una curiosidad como otra cualquiera. La culpa les iba a servir a ellos para que mi padre fuese a la cárcel. A mi madre para morirse de pena y a mi abuelo para no regresar jamás de “¡Dios mío!”. Aunque, he de reconocerlo, la culpa tenía en ese momento capacidad de ordenar o desordenar mi universo. Hoy, en cambio, que todo se ha estrellado, que todo se ha roto a mi alrededor, hoy, que piso y puedo oír crujir el camino bajo mis pies, y sé que no son fragmento de retamas ni de arenas, sino de mi vida, hoy digo, la culpa me trae sin cuidado. Y de hecho me trae, y de hecho, soy culpable.

Recuerdo que de noche me asustaba el ir y venir delirante de las ratas y ratones sobre las podridas maderas del falso techo, y a lo lejos el ladrido abrasador de los perros, y ya más cerca, encima de mí, el viejo crucifijo de la cabecera de la cama, lo miraba en la oscuridad y me aterraba. Se lo conté, pero eso no les importaba, para ellos eso no violaba nada, ni madre se moría de vergüenza, ni mí padre iba por ello a la cárcel. Sin embargo, el que él me quisiera tanto durante tanto tiempo y me hiciese daño durante sólo unos instantes, era un pecado terrible. De nada importaba que otras muchas veces él me cogiera de la mano y me llevara con él al campo, y me enseñase a sembrar trigo, que cazara para mí mariposas de colores y que me hablara de los árboles y de los pájaros.

Cuando chupas un caramelo, el dulce te llena amable la boca, no es verdad, pero sabes que irremediablemente vas a llegar al palo, que en algún momento vas a sentir el palo, duro y seco hiriéndote. Y es entonces cuando lo maldices, ¡verdad!, cuando olvidas sin más la otra parte, la buena, o por el contrario te centras en la parte buena, o para ser del todo justo, tratas al menos de situarte en un punto intermedio. Los hombres y mujeres que me invitaban a hablar, a dibujar, a escribir, querían que les hablase del palo, sólo del palo. Pero yo tenía mucho que decirles sobre el sabor dulce de la bola de algodón de azúcar que también estaba. Por eso me calle para siempre.
Les miraba, eso sí, pero en silencio. Quería que vieran, que leyeran en mi alma, por sus propios ojos, lo que yo no podía explicarles con palabras. Pero no vieron. Tal vez no tenían ojos pese a alardear de no perderlos nunca, o estuviera mi alma cuajada de niebla.

Después y como ya he dicho, me devolvieron a casa, y madre se murió, y mi abuelo también, la una de vergüenza y de pena, dicen, y el otro porque deseaba irse a un lugar que él llamaba “¡Dios mío!”. Y yo me quede callado, como un tonto, dicen los tíos y las vecinas, oligofrénico dicen los batas blancas. Pero no me importa, es más, me alegro, porque eso me va a permitir ser niño para siempre. Ser niño es un oficio hermoso. Así podía ir a ensimismarme en las cosas que ocurren en el monte, y de la mano de mi padre a las fiestas.

Pero la niebla viene todos los días, y con ella, cosas nuevas, unas buenas y otras malas. Y mi padre se ha enamorado de otra mujer, una mujer que no huele a madre, que no huele a nada, porque huele a perfume. Una mujer incapaz de morirse de vergüenza. Y según mi padre, quizá tengamos que irnos a la ciudad. Y yo no quiero irme, y se lo he dicho. Él sabe que puedo hablar más allá de un si o un no, nadie más lo sabe, pero él sí. No sabe en cambio que tengo en el bolsillo la navaja del abuelo, ¡no!, eso no lo sabe.

“No te puedes quedar”. Me dice serio, irritado casi, como si ya no fuese él. ¿Por qué?, le pregunto. Me dice: “Porque no estas...”. No se atreve a continuar, él sabe mejor que nadie para que estoy y no estoy capacitado. Me quedó, le digo: “Te vienes”, me responde tajante. Luego se me acerca, y me da un abrazo. Vuelvo a sentir su cuerpo de nube tibia pegado al mío. Me siento bien, tanto que por un momento pienso que quizá debería acceder a ir con ellos. Él me besa con dulzura en la mejilla. Luego sus labios se detienen en mi cuello, siento con más horror que asco, aletear su nariz, y de inmediato, abajo, el ardiente puñal. ¡No!, grito. Pero él no hace caso.
Meto la mano en el bolsillo del pantalón y cojo la navaja. La niebla rueda monte abajo grande y gris como el cielo caído que es. Perdidos los ojos en ella, la abro y siento sobre mi piel el frío relámpago del acero. Él distraído en su locura, no la ve. Muevo hacia atrás el brazo y comienzo a golpear su cuerpo con la aguzada hoja: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis.... Se la clavo hasta que lo siento frío y pegajoso entorno a mí. Lo suelto entonces y cae al suelo como un pesado fardo de niebla. Como lo que ahora es.

A la mañana siguiente vinieron a buscarme tres guardias y varios batas blancas. Pero ahora ya no les tenía miedo, ahora sabía que era dueño de mi silencio, que me era permitido algo más que callar: no saber nada.
En la simple sospecha de que no regía en mí la razón sino la fuerza de la costumbre, me llamaron con la estúpida reiteración con que se llama a un perro o a un gato, buscaban sin duda despertar la atención no de mi razón sino de la costumbre.
Cuando me canse do oírlos, me acerque a ellos despacio, al fin y al cabo sólo quería que se callasen. Recuerdo que me trataban como si estuviera definitivamente perdido, y se conformaban por ello con una mirada cansada y ausente. Ya no soy para ellos ni siquiera un niño, soy sólo un tonto, en ocasiones, peligroso.
José Alfonso Romero P-Seguín.

CUANDO ESTÁ EN JUEGO TU BOCA

CUANDO ESTÁ EN JUEGO TU BOCA






No debieran dormirse los ángeles
cuando está en juego tu boca,
cuando tu boca está jugando.

No debieran dormirse los ángeles
en el juego de las palabras
en la derrota de las bocas.

No debieran dormirse los ángeles,
como no te duermes tú,
palabra de mi boca
boca de mi alma.

Pero los ángeles se duermen,
olímpicamente indolentes
yacen dormidos
en las vísperas de toda celebración pacífica.

Lo han hecho siempre,
para no ver la maldición
de bocas rotas y sangrantes,
que penden ciegamente colgadas,
como las resecas y desgoznadas puertas,
de todas esas ruinas,
tras las que habita hoy
escondida y temerosa, la paz.

Camino por territorios asolados,
no es un sueño, lo sé,
lo sé pese a que lo sueñe,
donde sólo ondean en una sola pieza
los miles de malditos estandartes
con que nos hemos ignorado sin tregua,
y saludado la ignominia de tanta y tanta victoria,
la infamia de tan vana y reiterada gloria.

Los secos chasquidos de sus recias telas
apagan el llanto de la soledad
que vela a los muertos,
esos muertos cuyos cuerpos
se han de pudrir
sobre la faz de la tierra,
sin que nadie se digne en cubrirlos
con un puñado de ella.

Sus ojos, desjuntados de falsa alegría,
verán transitar sobre su opacada transparencia,
pedazos de azulísimo cielo
y negros nubarrones de crueles tormentas.

Creerán vislumbrar en ellos
la esperanza de la alada carroña
que a su socorro viene,
pero se equivocan,
son sólo pardos presagios de nuevos tiempos
de desatención y miseria.

Los seculares ángeles
se han dormido siempre,
y hoy que está en juego tu boca,
que tu boca está jugando,
se vuelven a dormir,
y ya no voy a gritar intentando inútilmente
despertarlos,
sino que iré hasta ellos,
les robaré sus flamígeras espadas
y pie en tierra
lucharé hasta la victoria
de una paz sin miedos ni ruinas,
sin dolor ni estúpida armonía,
una paz de todos, digo,
en la que sin hipocresía todos digamos,
esta boca también juega,
como tu boca, como la suya,
como la de él, como la mía…

Esta boca que jugando
al juego de las generosas verdades ardería,
no se ha de conformar con el silencio
de esos indolentes ángeles dormidos,
en el cielo de la boca del divino.

Sino que ha de resucitar hecha hombre,
para que, boca a boca,
los ángeles se tornen por una vez
y para siempre,
en las precisas palabras,
del impreciso y precioso juego,
de nuestras bocas.



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METAMORFOSIS

METAMORFOSIS


Aún no eran las nueve, hora de la cita, y ya éramos todos horas sonadas frente a la puerta. Hablamos alto, buscando desoír el enojoso zumbido del desasosiego a que aboca la disputa.
A eso de las diez cedió el blanco portón de la productora, y en el reflejo de esa falsa inocencia caímos todos culpables y en natural desorden en una amplia sala de espera. Fijos los ojos en el fondo del pasillo por el que se perdía una nube de agentes acompañados por el director y el productor de la obra, en esa sana armonía que facilita el reconocerse, ellos sí, cada uno en su papel.
Nos sentamos todos los que pudimos, algunos ante semejante trance no pueden nunca, aún cuando sobran las sillas.
Mi representante me había animado a acudir a la prueba en el convencimiento de que los estragos de la edad y los pésimos tragos a que me empujaba el fracaso me conferían cierta legitimidad, cuando menos anatómica, para encarnar al protagonista.
A media mañana, uno de nosotros, ignoro cuál, alzó las posaderas de la silla y se inclinó sobre la mesa donde descansaban un puñado de manoseadas revistas de teatro. Fue en ese instante cuando lo oímos caer, con el sonido justo, ni grave ni agudo. Una vez panza arriba, se quedó inmóvil, como muerto, sus extremidades encogidas y expectantes. Para a continuación comenzar a moverlas lentamente, con sumo cuidado, en un gesto propio de quien indaga tratando de comprender su situación, y busca para ello referencias ciertas que refuten lo incierto de la misma.
A esa secuencia de sutil exploración siguió otra en la que los movimientos de sus extremidades se tornaron bruscos y descoordinados. Y a esa segunda, una tercera, más corta y abrupta, marcada por el más certero de los desequilibrios, el de la angustia: series de giros rápidos y bruscos movimientos oscilantes del cuerpo, los propios de quien se sabe al revés y busca hallarse, lejos ya de la razón, en la azarosa inercia de la fuerza.
La representación se desenvolvía magnífica. Muchos, por pura envidia, yo entre ellos, lo mirábamos con indiferencia, mientras que otros, de la mano de esa misma inclinación, buscaban ignorarlo. No queríamos saber de lo que era capaz. Sin embargo, no todos habitamos aún en esa cruel indiferencia a que obliga la experiencia. La sangre se renueva en la no menos perversa ingenuidad del principiante. Prueba de ello es que un actor joven, concretamente el que se hallaba sentado a mi derecha, contemplaba la escena con suma atención. No había duda, también a él se le antojaba insuperable. Sin embargo, él como todos los demás percibía que tal reconocimiento conduce inevitablemente al desaliento. Por ello no crecía en su rostro el plácido gesto de la admiración sino el agrio rictus de la ira. Y en esa voluntad se levantó decidido y lo pisó con fuerza. Sin dejar de mirarnos desafiante, dejando claro que no admitía reproches. Nadie se los hizo. El cuerpo de escarabajo, en respuesta, crujió leve y húmedo, dejando en el suelo una mancha negruzca y confusa, incapaz de apagar el sonoro zapatazo con que lo había aplastado.
Desconocía el aspirante que un escarabajo jamás va a representar a un escarabajo, pues así lo dispuso Kafka, en el convencimiento de que sólo representándolo un hombre adquiriría éste sentido. No había, por tanto, y a pesar de su talento, peligro de que pudiera robarnos el papel. Pero quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra, yo a su edad había aplastado con la misma fuerza y rabia una mosca que, posada sobre una sucia cristalera, interpretaba magistral, en el aburrido ritual de asearse la cabeza, la desesperanza del joven príncipe Hamlet.
No consegui el papel, pero aprendí que no es tanto lo que hagas o cómo lo hagas, que el secreto está en acertar a ser el insecto que ha imaginado el director para representar al hombre que hay en todo personaje.
José Romero P.Seguín.
(Públicado Diario de Arosa)


EL ÚLTIMO NOMBRE DE LA AUSENCIA

EL ÚLTIMO NOMBRE DE LA AUSENCIA

EL ÚLTIMO NOMBRE DE LA AUSENCIA

Cumplida aquí nuestra presencia,
las manos se nos llenan
de delirantes y convulsas sombras,
reflejos de trabajos y orígenes remotos.

Oscuros dibujos de cabalísticos presagios,
tatúan para un suspiro,
el magnánimo espejismo
de esa metafórica alma que se aleja
de donde nunca estuvo.

En el pecho,
el corazón exhala el milenario grito
de tan atávico ritual.
Cuántos son los que han muerto,
pues en tantos, imperecedero e invariable
el destructor alarido
que rige sin misterio los destinos del universo.

El rostro se marchita para siempre
en la melancólica catarata de tristeza
que opaca los ojos,
a la par que se acalla todo rumor
en nuestra entrañas,
para que el sepulcral silencio
dicte por terceras bocas,
su implacable sentencia,
¡muerto es!

Le llamamos muerte
al hecho en sí de ausentarnos,
y nos da tanto miedo y tanta pena,
que nos pasamos la vida ausentes
por la angustia
de tener un día que ausentarnos.

Morir, sería una magnífica disculpa
de la culpa de no vivir,
si no fuese un imposible
pensar en huir de esta culpa sin culpa
ni disculpa, que nos culpa a vivir.

Y es por ello
que hemos inventado la muerte
con la que equivocar
accesibles y cercanas calles,
estancias y corazones,
con lejanos y herméticos universos,
para tener así la esperanza
de que un día nos morimos,
aún sabiendo
que la muerte es sólo una forma más
de ausentarse,
de estar ausentes.

Otras serán entonces las realidades,
otras las conciencias.

Pero eso a quién le importa,
si no morimos, ¿qué somos?,
si sólo nos ausentamos
¿de qué estamos hechos?

Si en verdad sólo estamos ausentes
¿cuándo volveremos a ser
eso que ahora somos?

¿Si somos irremediablemente eternos
de qué vale la eternidad
que con tanto desatino y trabajo
hemos ido forjando
a la sombra de nuestras esenciales miserias?

Hemos de morir, aún sólo en el vano
acto de formular tal deseo,
para que sea
en nuestro débil ánimo,
definitiva la ausencia,
esencial la memoria
y posible el consuelo.

DÚOGRAMA

DÚOGRAMA


DÚOGRAMA

1
La música es el alma del viento,
el viento es el alma del tiempo,
el tiempo es la música de la eternidad.
2
La música,
se escucha como la lluvia.
Se escribe como la lluvia.
Y se siente como la lluvia
caer en el alma.

LA MATERIA DE LAS VÍCTIMAS

LA MATERIA DE LAS VÍCTIMAS

“La partida sigue, era de aquí de toda la vida, no había hecho nada, era un honrado padre de familia, son unos canallas, no quieren el tren…” Y así hasta el infinito, hasta la infinita náusea que justifique un nuevo y próximo amanecer donde olvidar y en el olvido volver a hablar de esa paz que nace, babada de miedo y oportunismo, en las mismísimas entrañas de ese monstruo que no sólo es ETA, ella es sólo la expresión última de su brutal y maldita ideología. La de todos esos que incapaces de rebelarse se han atrincherado indolentes en la crónica rebelión, en la cínica esperanza de que ella les nutra de la razón que no les asiste. Porque no puede haber rebelión donde no hay injusticia sino para con quien discrepa, para quien no es perro de ese pastor mayor que pastorea la permanente queja: la del agravio, la de la reivindicación fascista de territorios frente a pueblos, la de derechos colectivos frente a derechos individuales, la de derechos históricos frente a la realidad.

Es verdad que hemos avanzado, hemos pasado de la velada acusación del: “algo habrá hecho”, a la cobarde perplejidad, pero no es suficiente, y no lo es, porque no se puede envenenar el aire y respirarlo luego en la confianza de que no nos va asesinar a nosotros también. Y en Vascongadas el aire está envenenado por el peor de los miedos, por la más melancólica de las cobardías, la que sufren quienes luchan contra ese monstruo que ellos mismos crean, en la conciencia de saber que en su derrota también ellos van a ser derrotados. Ese es el salto que debe dar esa parte de la sociedad vasca que milita en esa idea, y también la que se proclama mera espectadora. Y para mejor ejecutarlo han de silenciarse, y en ese silencio reflexionar sinceros sobre la verdad de esa inmensa mentira en la que viven y en la que educan a sus hijos. Sólo así van a lograr desentrañar su eterna duda para saber si ella obedece a una verdad que, cuando no es farsa propagandística, es mera especulación mitológica. Para así decidirse a dar el salto definitivo y ponerse al lado de ETA, si así lo creen, o frente a ETA. Sólo ellos pueden hacerlo, porque de ellos nace y para ellos asesina. En sus manos está, por tanto, el que deje de hacerlo. Pero esa decisión demanda coraje, no ambigüedad, no eclecticismo, no equidistancia, coraje digo, el suficiente para ser ETA o no serlo en la profundidad y contundencia que esta tragedia demanda. La decisión requiere algo más que valor: honestidad, decencia y conciencia, la suficiente para retomar la soberanía de sus vidas y actos, para dejar de delegar en ese espejo que azogan con lo mejor y lo peor de ellos en la hipócrita esperanza de ver reflejado en él, sólo aquello que los hace grandes, distintos y, en esa engañosa imagen, medida de la medida de todas sus cosas.

Dejémonos pues de acusaciones soterradas y abiertas disculpas, seamos todos sinceros en nuestras palabras y actos y llamemos a las cosas por su nombre, para que las víctimas sepan de qué materia están verdaderamente hechas en la conciencia de sus vecinos y pueblos. Pues sólo en esa condición van a ser realmente sentidas y respetadas hasta el extremo de dejar de ser uno más para ser el último.
Un fraternal abrazo.

LA HERENCIA DEL DICTADOR

LA HERENCIA DEL DICTADOR

D Franco heredamos: cincuenta años de atraso cultural y político; las terribles secuelas de la represión; la podrida esperanza de una revolución pendiente, que lastra sin cuidado nuestro futuro, encarnado en esta patria de patrias; la rabia sin perro de una caduca división ideológica que nos desarma como individuos y ciudadanos frente a nuestros representantes políticos; la melancólica propensión de contemplar el Estado como un enemigo a batir; el merecido descrédito de valores que pese al perverso uso que se hizo de ellos no merecen sino nuestra atención, en la medida en que su esencia va más allá de la mala catadura del dictador y su cohorte de moscas pardas: dignidad, justicia, honor, disciplina…

Existe otra herencia bastarda, sostenida cuando no inventada, la de traerlo constantemente a la confrontación y dialéctica política, y que permite a nuestros gobernantes seguir teniendo en él un referente con el que medir la justeza de sus actos y lo preclaro de su talante democrático; como si tal atrocidad fuese susceptible de servir como medida de otra cosa que no sea otra dictadura.

Franco y el franquismo es hoy una parte de la historia, que hemos de asumir, sin olvidar, en la conciencia de que nació de una derrota y para derrotarnos, y en esa voluntad nos gobernó sin posibilidad de elección. Una derrota, digo, a la que no debemos permitir que lo siga haciendo.

Otra cosa bien distinta es, la tentación autoritaria, porque ese estaba y está en cada uno de nosotros, y a todos y a cada uno nos toca educarla cada día en los valores del sistema democrático. Es esa torcida inclinación la que se manifiesta, la que sale a la calle a nombrarse en el nombre de Franco.
Un fraternal abrazo.

ELECCIONES IMPERIALES


ELECCIONES IMPERIALES
El imperio se presta a nombrar títere, las provincias contagiadas por el ruido, de tan bufa representación, se afanan en alinearse con aquel que entienden les ha de gobernar con mayor sentido de justicia dentro del orbe de injusticia que de tan ilegítimo poder emana.

No hay en las calles, ni titiriteros, ni algaradas. La seriedad institucional lo preside todo, no es un acto para cualquieras, se impone el rigor y el boato de las grades ocasiones, no en vano, elegimos Cesar para otros cuatro años de pulgares caprichosos en el circo de las suertes siempre echadas.

Hoy, es cierto, no somos bajo las ruedas de las cuadrigas de sus días: ni gladiadores, ni leones, ni bufones ni tampoco cristianos. Pero si acompaña la suerte, podremos volver a serlo, cualquier cosa, que más da, lo que importa es ser amigo a los ojos de aquél que gobierne los destinos del imperio.

Dejémonos de majaderías, y ya que nos hemos de dejar engañar sin dignidad, hagámoslo al menos con la astucia debida, que más vale una mentira inteligente que la valiente necedad de apostar entre iguales.
¡Loados sean pues, los Obama y los McCain!

José Alfonso Romero P.Seguín

De bancos y cajas

De bancos y cajas
Salvemos los bancos, como única esperanza: ¿dónde sino van a sentarse los nuevos parados?, ¿dónde van a dormir los nuevos indigentes?, ¿dónde morir de tristeza los hombres honrados?

Salvemos también las cajas, como última esperanza: ¿Dónde sino nos van a enterrar, huérfanos de ambiciones, por tantos ambiciosos deseados?
Triste.
Un fraternal abrazo.

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JUEGOS DE PASIONES TRISTES:


JUEGOS DE PASIONES TRISTES:
Periódicamente los pueblos se desangran hombre a hombre para un fin tan indefinible como reiterativo. Pero no trivial, sino íntimamente ligado con la feroz tensión psíquica a que le somete el constante intento de adecuar su íntima singularidad a la pluralidad a que le aboca la sociología, unido a esa otra no menos brutal excrecencia de esa misma tensión que se conoce como: injusticia social, desigualdad social, explotación o simple esclavitud. A ese generoso acto lo conocemos por el nombre de revolución y a través de él hombres y pueblos purgan en el seno de sus sociedades las miserias de un sistema imperfecto pero necesario, en el que rige el contrato y la ley, ese constante pacto entre desiguales que se firma, en el mejor de los casos, a fin de alcanzar las más altas cuotas de convivencia posibles.
Las revoluciones no soportan otra estrategia que la de romper con lo establecido para disponer nuevas estipulaciones, nuevos soportes legales, sin atender por mor de esa premura a la calidad ética de la recién instauradas. Y en esa atolondrada voluntad hallan ellos feliz venganza, pero no encuentran ellas sentido con el que vacunarse de las viejas formas que irremediablemente las han de colonizar, a la espera de nuevas revueltas.
Por su parte, las instituciones económicas, tanto públicas como privadas, se hallan por razones menos psicológicas y más sociológicas, abocadas a un mismo esfuerzo en defensa del sistema para evitar que colapse, para renovarlo en la acción de hacerse cada día más rentable, cada vez más avaricioso y deshumanizado. A esos egoístas movimientos se le conocen como “crisis”.
Las “crisis”, al igual que las revoluciones, no resisten complicadas estrategias sino que unas y otras se impregnan de una premura que las precipita en una carrera loca por romper con lo establecido, para instaurar nuevas oportunidades. En el caso de las revoluciones: de justicia, de solidaridad, de libertad y de fraternidad, y en el otro, de mayores beneficios económicos, aunque ello suponga romper con las más firmes garantías de paz con que se aderezan los contratos sociales.
Las revoluciones sofocan a los pueblos, las “crisis” también, y en esa fatiga las hallan los muñidores de las segundas propicios a sus objetivos. Por eso, cuando no hay esperanza de revolución, se hace preciso una “crisis” que venga a debilitar a hombres y pueblos en sus principios, a través del miedo al paro, a la pobreza, a la adicción jamás saciada del feroz consumismo a que nos mueven los anfitriones de éstas. Y una vez conseguido ese objetivo se produce el consiguiente recorte de derechos. Para continuar con una constante y vergonzante imposición de medidas que pretendiéndose reparadoras encarnan y elevan a rango de derecho las mayores tropelías que contra la naturaleza se puedan cometer en el nombre de una necesidad que no es otra que la de hacer rentable todo cuanto tocan y en esa medida susceptible de enriquecerlos aún más.
Las crisis al igual que las revoluciones son en esencia involutivas porque unas y otras, por más que no esforcemos, sostienen un ciclo innovador para un objetivo conservador, de vuelta atrás, de retroceso, por la sencilla razón de que no es ella quien las dirige sino la pasión: la de la libertad o la de la ambición, qué más da, ambas son ramas del mismo árbol, el del ser humano, el de un animal oportunista comprometido con unas necesidades que en lo esencial no admiten cambios, y en lo accesorio, es decir, en su dialéctica, nada que vaya más allá del preciso eufemismo que las remedian en lo puramente nominalista.
Son las revoluciones y las “crisis” quienes atizan la historia hacia un rumbo donde habita el espejismo de ese dios que nos empeñamos en ser. Tratando de ignorar que el hombre es en sí mismo y lejos de la realidad social un proyecto caduco e imposible. Y que sólo en la inútil resonancia de lo singular somos superiores sin contraste y en ello grandes, porque con ello nada imponemos, a nadie sojuzgamos, a nadie ofendemos. Gocemos pues de la singularidad, no en la autocontemplación sino en la generosa virtud del anonimato, porque sólo a través de ella podremos hallar un día el camino de la verdadera revolución, esa que ha de nacer en cada uno de nosotros para dotarnos de una conciencia que sepa dar, con la mayor dignidad y respeto hacia los demás, respuesta a las necesidades que nos asisten.
Un hombre consciente de sus limitaciones, atento a sus penurias y despierto a los demás es la más sólida garantía de que existan sociedades mejores, en las que impere la dignidad, la libertad y la justicia, sin necesidad de contratos y leyes, y aún menos de revoluciones y “crisis”.
José A. Romero P.Seguín
Publicado en Revista ¨Fusión”

CIRCULARIDAD

Sabiéndonos cercados
por el fuego de la pasión,
nos miramos a los ojos
y turbados nos reconocemos,
bajamos los ojos para volver a mirarnos,
y ya no somos nosotros.

¿Dónde hemos ido?,
¿dónde estamos?,
¿quién gobierna nuestros destinos,
ahora que no somos nada
de lo que éramos
y tanto de lo que fuimos?

La respuesta se hace precisa en los gestos,
esplendorosa en el ritual:
se tensa la mirada y eriza la piel,
la lengua humedece los labios,
la nariz aletea y se ensancha levemente,
y el corazón se nos vuela a la boca.

Se hace entre los dos
de seda el espacio,
y cae el tiempo en el olvido,
a la vez que los besos
envenenan poro a poro
la vasta y encrespada extensión de la sangre.

Ya somos, por fin somos, somos tanto,
que sentimos la hoguera del deseo
quemándonos muy dentro,
quemándonos por fuera, quemando el aire
y prenda a prenda todo cuanto
a nuestro alrededor ondea.

A su llamada,
una veintena de misteriosos
y enardecidos guerreros,
gritan: “A las caricias”,
y en desigual lucha
derrota la pasión a la ternura.


Consumada la debacle
la fortaleza yace derribada:
saqueados sus tesoros,
vaciados sus dones,
quemadas sus naves,
emergen olímpicas sus ruinas.

¿A dónde iremos ahora
que el tiempo
se ha ausentado,
y el espacio detenido
en el cuenco durmiente
de nuestras enardecidas sombras?

La pasión que nos sostenía,
era un gemido animal,
un esfuerzo sobrenatural,
la paradoja perfecta
en la abrasadora catarsis
de la ilusión.

Pero como todo gemido
se ha acallado,
como todo esfuerzo agotado,
como toda paradoja
fatalmente confluido
con la realidad.

Una realidad que no soporta prosa ni arrogancia.
Que se asienta en la debilidad,
en la fragilidad,
en la inconstante habitabilidad de lo impreciso,
con un único objeto,
el de permitirnos recobrar fuerzas
para otra suerte de locura.

Pobres y solos vagamos
por el fantasioso territorio de la somnolencia,
buscando qué, treguas, sólo eso,
tiempos de paz
a los que gobierne la quietud
y anime la más pura intrascendencia.

Sobre la pálida extensión de la cama no somos
sino voluntad de no ser,
de permanecer suspendidos de esa vaga sensación
que ofrenda el ser derrotado por la pasión,
el sentirnos apetitosos a ella, el sabernos útiles para ella
y en ella esplendorosamente capaces.

Figurarán nuestras lascivas siluetas
en sus magníficos blasones
y honorables escudos,
caídos sin cobardía
y sí mucha arrogancia
bajo los cascos de sus alados caballos.

Y será nuestro orgullo
tanto más fuerte
como fuerte sea el afán de la derrota,
porque en las guerras que libramos para tal ánimo,
la recompensa no puede ser
sino el más fiel de los vasallajes.

En la conciencia de que más pronto que tarde
se impondrá la más dulce de las corduras,
y volveremos a tener lejos
del voraz apetito de su alma,
la fuerza necesaria para extender la mano
y acariciar sin fuego la piel del amante.

Sintiendo la tibia luminiscencia de su tacto
como el más sublime
de los perfumes,
como el más firme de los trazos
con que se escribe y engalana
el estremecido amor.

Y es entonces,
cuando esa, y también la otra,
y todas las palabras y todos los gestos
recobran su original sentido,
y vuelven a ser precisos los rumbos,
y plena la existencia.

Pues todo cuanto a nuestro alrededor pervive,
se torna certero
en la casualidad de lo posible,
y en esa cabal escala
se hace a su vez de la medida
de nuestros ojos.

Y así, felices de sabernos capaces
de tal locura,
atinamos a ver allí donde no hubo
sino voraz presencia,
la sutil y cabalística percepción
de la oculta huella del latido y de la sangre.

Y en medio de tan proceloso mar,
tiritando fortaleza en el vaivén de su etérea grandeza,
hallamos la majestuosa sombra
del más hermoso velero del alma,
el de esa infinita ternura
que encarna siempre esta suerte de pereza.

José Romero P.Seguín.

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