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GRÂNDOLA LITERARIA DE JOSÉ ALFONSO ROMERO P.SEGUIN

PERSECUCION

      Caminó sin desmayo por callejones oscuros, entre paredes cuajadas de musgos y humedad, que olían a orín y lluvia descompuesta. A trechos, excrementos de perros y de personas que como perros defecan en cualquier lugar, le iban acechando, eran pedazos de mierda descolorida y lavada, marrón clara, y a veces, verdosa y peluda como imagina uno a los habitantes de un planeta húmedo.

      Llevaba debajo del remendado gabán azul, escondido como un tesoro, un trozo de pan reseco, un cabo de vela y un viejo libro, y en el pecho un reguero de roja sombra que le manaba del corazón y se vertía ya sin disimulo por el pestilente suelo. 

     Detrás de él venían también sin disimulo los hombres de la policía política, con su jauría de consignas y perros. Le perseguían desde hacía horas por las calles de aquella ciudad silenciada que no silenciosa. 

    No había testigos, solo las contras de las ventanas se entreabrían cobardes a su paso. Tristes parpadeos de los grises y desportillados ojos de aquellas humildes casas que, como valientes Antígonas, desobedeciendo la expresa voluntad del tirano, le iban amortajando en el desgarrado sudario de sus quebradas sombras. Tras ellas se escondía el huidizo mirar de sus temerosos moradores.

      La rabia venía cuando llovía y se podía maldecir en voz alta sin levantar sospecha: "La hija de puta de la lluvia". Mientras, los pensamientos y las intenciones iban por otro lado. Y era justamente en ese otro indolente lado donde los hombres que sufrían la maldición fascista se rebelaban proclamando así su desacuerdo con el orden establecido. Valientes hazañas de un puñado de cobardes.

       El perseguido una vez alcanzó la falda de la montaña, no intentó ocultarse, ni tomó una dirección concreta, sino que siguió caminando despreocupado de otra voluntad que no fuese andar. Qué le importaba hacia dónde, su único objetivo era prolongar la persecución, hacerla larga, evidenciarla ante sitiados y sitiadores, pero sin más afán que aquel con que el día busca el amparo de las nocturnas sombras o las sombras las del día. Y es que sabía que fuese donde fuese iba a ser apresado y ejecutado sin que poco o nada se conmoviera.

      Esa mañana -antes del primer intento fallido de detención, en el que le dispararon dejando clara en aquella mala herida que lo mataba con tan sañuda parsimonia, su regular puntería y pésima intención- había estado paseando por la playa, y lo entendió, entendió lo que le había ocupado tantas horas de soledad y desasosiego. Fue un destello solamente, una revelación nacida del cotidiano acto de andar, al hacerlo el pie golpea la arena y la arena salta y se confunde con la arena, de ese modo todo pierde en algún momento su orden, su personal estructura, pero nada cambia, las playas siguen siendo playas, la arena sigue siendo invariablemente arena.

      Para él, como para la arena, ahora lo sabía, no había otro destino que el de dejarse golpear, sentirse romper en la esperanza de que, aún así, su rebeldía seguiría siendo rebeldía y sus ansias de libertad su única playa.

     Lo remataron de madrugada a la orilla de un sendero sin márgenes, cárdeno de luna y sangre, donde se hallaba caído leyendo su viejo ejemplar de “La Odisea”. Uno de ellos, el de más graduación, le arrebató el libro de una patada, apartándolo así de sus manos ensangrentadas; lo sostuvo luego con asco entre las suyas, cuidando no mancharse, y lo hojeó con desgana. En una desgastada hoja del final, algo reclamo su atención, era un párrafo manuscrito en una grafía desgarrada, casi mística, y ordenado en versos, los leyó para sí y sonrió fiero, a la vez que asentía con la cabeza. Sus esbirros le miraban expectantes, -les entendió, como entendía a los perros de presa que también le miraban con atención moviendo la cola- leyó en voz alta: “Tuvo suerte la araña/ dice la mariposa, /le pude romper la tela. / Tuvo suerte la mariposa/ dice la araña/ le pude devorar el alma. /Pobre Sefara mía, llena estás de blancas mariposas/ y negras arañas". Todos, hombre y perros, siguieron mirándole serios y expectantes, interpretó de nuevo con plena satisfacción su lerdo mensaje, lanzó una fuerte carcajada, ellos, entonces sí, le imitaron riendo, los perros ladrando. Por fin lo entendían todos, la risa del comandante era el prólogo y el epílogo de aquella críptica frase. Arrancó éste la hoja y la guardó celosamente en el bolsillo de la guerrera, aquella era la confesión de culpabilidad que no necesitaba del criminal.

 

 

 

EPILOGO

 

     Se fueron luego monte abajo, felices y satisfechos. No era para menos, en su responsabilidad pesaba orgullosa la firme convicción del deber cumplido, en su corazón sin alma la constancia de la patria puesta a salvo, y como no, la grata sensación de saber que por fin todo volvía a su orden. Ahora podían volver a dormir placenteramente, el tirano estaba a salvo y con él el pueblo, y con el pueblo sus familias y privilegios.

     Las contraventanas se cerraron a su paso, párpados de ojos grises que esconden miradas jóvenes. Esas que saben que mañana serán ellas quienes caminen por callejones húmedos huyendo de la realidad sin más esperanza que la de ser cazados.

      Las ideas, ni se agotan, ni se ordenan, ni se repiten, son las formas quienes lo hacen. Son por ello de las formas los ejércitos y policías, y también los fanáticos y las balas.

       Las formas te llevan a la muerte, las ideas a la inmortalidad. Porque unas son animalillos domésticos, simple alimento de un cuerpo físico que vive del precario pero vital equilibrio de la forma; mientras que las otras son hermosos albatros sondeando inmensidades, de las que se nutre el amorfo y por ende infinito e indestructible cuerpo espiritual que vive, por el contrario, del desequilibrio que da sentido e identidad a la idea.

      Le mataron por tener ideas, "pájaros en la cabeza" reconocieron magnánimos los que más le querían dentro del aparato político militar, sin saber que con ello daban la más veraz versión de lo que verdaderamente había sucedido. Él, tenía pájaros en la cabeza que le llevaron a desafiar el orden de los sociales y civilizados vientos que son y han sido desde siempre prisioneros de la peor de las esencias de la forma, la del orden establecido.

       El perseguido renunció a la forma en favor de la idea, y puso con ello en peligro el orden, ese fue su delito y por él fue gravemente castigado.

 

José Romero P. Seguín.

EL EXHIBICIONISTA

EL EXHIBICIONISTA

 

 

 

 

 Le digo señor agente, que estaba ahí, se lo juro por lo más sagrado, a estas alturas no tendría que hacerlo, lo sé, pero lo hago.  Ahí mismo, justo delante de mí, burlándose con falsas carcajadas y haciendo grosera ostentación de sus genitales.

Pasaban por aquí señor agente, niñas y señoras, señoras que se escandalizaban como niñas, y no sin razón, ante el desafuero del indigno, y acaso ya, deprimente, por no decir patético espectáculo. 

Ya sabe: esas perneras de disimulo, sucias y deshilachadas de arrastrarse hasta el hartazgo por el sucio lodazal de la indignidad; torpemente sujetas con un liguero de ajados encajes, más propio de puta de rastrojo, y perdóneme la crudeza de la vulgaridad, que de meretriz de refinado burdel.  Si es que no bien se despendola y ya parece un espantapájaros. Claro que, a qué otra cosa puede asemejar, con ese pene flácido y arrugado en mitad de una gris y rancia maraña de pelo que más parece reseco y helado herbazal que púbico vello.  Y esos testículos, qué decir de ellos, señor agente, convertidos por la afrenta de la edad en colgantes jirones de ropa vieja; donde habitan vaya Ud. a saber en qué estado de putrefacción las esplendorosas gónadas que fueron ayer enseñas de su hombría y cobijo de la noble y natural promesa de descendencia; esa de la que le privó, que todo hay que decirlo, tan aborrecible vicio.  Y cómo olvidarse de la amarillenta gabardina, con ese tufo a pescado podrido que pinta bascas a su paso.  En fin, que sus inocentes víctimas gritan por no vomitar, y en el grito vomitan tanta pena y tanto asco, que da pena tan penoso escándalo.

 

Pero eso lo sabemos Ud., yo y aquellos que han tenido la desdicha de encontrárselo, mientras que él, acérrimo como una mula lo ignora por más que se lo repita y evidencie de todas las formas posibles.  Porque se lo digo, y créame, agotadas ya entre ambos y desde hace mucho tiempo las formalidades y eufemismos que impone el mutuo respeto, e ignoradas las pautas morales, éticas y hasta estéticas que deben regir cualquier relación que se precie, lo hago claramente y con toda la crudeza de que soy capaz: que das asco, asco y pena. Eso le digo, y no bajito, no señor, sino alto, alto y fuerte, como ha de ser un insulto que busca despertar conciencia.  Pero él se mantiene en sus trece, y en cuanto me doy la vuelta vuelve a vestir su deshonra y sale a la calle dispuesto a consumar el ruin y repugnante espectáculo.

Hoy, sin ir más lejos, antes de pasar lo que pasó, se lo dije, es más, le rogué amablemente que se fuera, que me dejase en paz de una puñetera vez, pero él no dejaba de manosearse y reírse como un demonio, así mismo, como si estuviera endemoniado: como  lo está.

Créame que soy sincero cuando le digo que el semen que mancha la gabardina, las manos y la acera, nos mancha a todos, pero sólo me duele a mí, pese a que sean ellas quienes griten y corran despavoridas.

Pero qué le puedo contar, Ud. ya lo conoce, ya sabe cómo es.  Por eso hoy, cansado de aguantarlo, le tiré con toda la fuerza y rabia del mundo una piedra a la cara; y entonces se fue, no sé dónde, en medio eso sí de un enorme y agudo estrépito, ya sabe, le gusta la batahola.  A lo mejor lo he matado, debería buscarlo.  No se lo tome a broma, mire que sonó a roto.

Ya, ya sé que esas no son formas, pero tiene que entender agente que son muchos años aguantándolo, viendo como me humilla, como se burla de mí.  Y la verdad es que algo de culpa tienen Uds., y las autoridades judiciales, y también los médicos.  No han sido lo suficientemente duros con él, no señor, no lo han sido, y luego ocurre lo que ocurre. Pero de hoy no pasa, juzgo que ha llegado la hora de hacer algo, tienen que hacer algo, y hacerlo ya, para que esta pesadilla termine de una maldita vez.

Tienen que detenerlo, detenerlo y encerrarlo, que se pudra en la cárcel, a ver si así escarmienta, sino, va a terminar conmigo, se lo digo de corazón, me va a matar, a matar de odio y rabia.  De dolor y vergüenza ya lo ha hecho hace mucho, pero que mucho tiempo. De eso estoy muerto desde que sé yo, y es que hace tanto tiempo que ya ni siquiera alcanzo a recordar.

Yo, agente, como Ud. sabe muy bien, soy todo un caballero de vasto linaje, y como tal no puedo consentir esta continua afrenta que ofende la dignidad de mi noble estirpe.

- Lo sé, Sr. Tomás, lo sé, y créame que se hará lo que se pueda.

- ¿Y Ud. cree que volverá a hacerlo?

- Me temo que sí, ya sabe que estos vicios son crónicos, ¡crónicos!, me entiende.

- Pero, ¿y la piedra?,  ¿y las heridas?

- Sí, eso, justamente, como las piedras y las heridas, ellas también son crónicas.

- ¡Válgame Dios!

- Él también lo es.

- ¿Exhibicionista?

- No, crónico, sólo crónico Sr. Tomas.

- Pues algo habrá que hacer con Él, porque esas cosas, ya sabe, van a más.  Y no vea usted el trago para los alados angelitos, las santas almas y la santísima…, bueno, bueno!, más vale no pensar.

- ¡Lo que Ud. diga Sr. Tomás,  lo que Ud. diga!

Y ahora, haga el favor de abrocharse la gabardina y subir al coche patrulla, como ya sabe, tiene que acompañarme a comisaría.  Amén de exhibirse otra vez, acaba Ud. de dejar tuerta esta pedazo de luna que vale, y nunca mejor dicho, un ojo de la cara.

 

 


 

 

JUEGO DE ESPEJOS

JUEGO DE ESPEJOS



Dios, ese Cristo me mira,
sé que con compasión,
pero me mira,
y yo Dios
no soy capaz
de sostenerle la mirada
a ningún Cristo,
porque yo, Dios,
yo,
soy él.
¡Dios, Dios!,
él,
¿me escuchas?,
¿me entiendes?,
¿me oyes?
¡Dios!
¿estas ahí?
Te digo a ti,
que no me miras,
que no me escuchas,
que no me quieres
por hijo.
A ti, sí,
a ti,
Dios,
que has permitido
que ese Cristo me mire
con compasión,
en la sombra
de mi imagen
al fondo de este sucio
espejo de estación.
Dios,
te digo que soy Cristo,
y tú callas,
la cruz es tu respuesta,
lo sé.
Dios, tu silencio
se hace pedernal
en los sucios espejos
de las sucias estaciones,
pero yo sé que tú sabes,
que no miento,
que yo soy
él,
mirándome con compasión
en esta hora impar
del calendario solar.
Yo Dios, yo,
soy también él,
pero,
¿tú eres acaso tú?
El silencio denuncia tu ausencia,
el dolor te niega,
la pena te difumina,
la alegría te desmemoria,
la sangre te ignora,
la razón te discute.
Estas solo,
frente a frente con la fe
y tu rebaño de pastores.
Mientras,
los templos vacíos
dan sólo testimonio
del hombre,
del Cristo,
de mí,
sí, también de mí,
aun aquí,
ante este sucio espejo
de estación.

METAMORFOSIS

METAMORFOSIS


Aún no eran las nueve, hora de la cita, y ya éramos todos horas sonadas frente a la puerta. Hablamos alto, buscando desoír el enojoso zumbido del desasosiego a que aboca la disputa.
A eso de las diez cedió el blanco portón de la productora, y en el reflejo de esa falsa inocencia caímos todos culpables y en natural desorden en una amplia sala de espera. Fijos los ojos en el fondo del pasillo por el que se perdía una nube de agentes acompañados por el director y el productor de la obra, en esa sana armonía que facilita el reconocerse, ellos sí, cada uno en su papel.
Nos sentamos todos los que pudimos, algunos ante semejante trance no pueden nunca, aún cuando sobran las sillas.
Mi representante me había animado a acudir a la prueba en el convencimiento de que los estragos de la edad y los pésimos tragos a que me empujaba el fracaso me conferían cierta legitimidad, cuando menos anatómica, para encarnar al protagonista.
A media mañana, uno de nosotros, ignoro cuál, alzó las posaderas de la silla y se inclinó sobre la mesa donde descansaban un puñado de manoseadas revistas de teatro. Fue en ese instante cuando lo oímos caer, con el sonido justo, ni grave ni agudo. Una vez panza arriba, se quedó inmóvil, como muerto, sus extremidades encogidas y expectantes. Para a continuación comenzar a moverlas lentamente, con sumo cuidado, en un gesto propio de quien indaga tratando de comprender su situación, y busca para ello referencias ciertas que refuten lo incierto de la misma.
A esa secuencia de sutil exploración siguió otra en la que los movimientos de sus extremidades se tornaron bruscos y descoordinados. Y a esa segunda, una tercera, más corta y abrupta, marcada por el más certero de los desequilibrios, el de la angustia: series de giros rápidos y bruscos movimientos oscilantes del cuerpo, los propios de quien se sabe al revés y busca hallarse, lejos ya de la razón, en la azarosa inercia de la fuerza.
La representación se desenvolvía magnífica. Muchos, por pura envidia, yo entre ellos, lo mirábamos con indiferencia, mientras que otros, de la mano de esa misma inclinación, buscaban ignorarlo. No queríamos saber de lo que era capaz. Sin embargo, no todos habitamos aún en esa cruel indiferencia a que obliga la experiencia. La sangre se renueva en la no menos perversa ingenuidad del principiante. Prueba de ello es que un actor joven, concretamente el que se hallaba sentado a mi derecha, contemplaba la escena con suma atención. No había duda, también a él se le antojaba insuperable. Sin embargo, él como todos los demás percibía que tal reconocimiento conduce inevitablemente al desaliento. Por ello no crecía en su rostro el plácido gesto de la admiración sino el agrio rictus de la ira. Y en esa voluntad se levantó decidido y lo pisó con fuerza. Sin dejar de mirarnos desafiante, dejando claro que no admitía reproches. Nadie se los hizo. El cuerpo de escarabajo, en respuesta, crujió leve y húmedo, dejando en el suelo una mancha negruzca y confusa, incapaz de apagar el sonoro zapatazo con que lo había aplastado.
Desconocía el aspirante que un escarabajo jamás va a representar a un escarabajo, pues así lo dispuso Kafka, en el convencimiento de que sólo representándolo un hombre adquiriría éste sentido. No había, por tanto, y a pesar de su talento, peligro de que pudiera robarnos el papel. Pero quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra, yo a su edad había aplastado con la misma fuerza y rabia una mosca que, posada sobre una sucia cristalera, interpretaba magistral, en el aburrido ritual de asearse la cabeza, la desesperanza del joven príncipe Hamlet.
No consegui el papel, pero aprendí que no es tanto lo que hagas o cómo lo hagas, que el secreto está en acertar a ser el insecto que ha imaginado el director para representar al hombre que hay en todo personaje.
José Romero P.Seguín.
(Públicado Diario de Arosa)


DÚOGRAMA

DÚOGRAMA


DÚOGRAMA

1
La música es el alma del viento,
el viento es el alma del tiempo,
el tiempo es la música de la eternidad.
2
La música,
se escucha como la lluvia.
Se escribe como la lluvia.
Y se siente como la lluvia
caer en el alma.

LA MATERIA DE LAS VÍCTIMAS

LA MATERIA DE LAS VÍCTIMAS

“La partida sigue, era de aquí de toda la vida, no había hecho nada, era un honrado padre de familia, son unos canallas, no quieren el tren…” Y así hasta el infinito, hasta la infinita náusea que justifique un nuevo y próximo amanecer donde olvidar y en el olvido volver a hablar de esa paz que nace, babada de miedo y oportunismo, en las mismísimas entrañas de ese monstruo que no sólo es ETA, ella es sólo la expresión última de su brutal y maldita ideología. La de todos esos que incapaces de rebelarse se han atrincherado indolentes en la crónica rebelión, en la cínica esperanza de que ella les nutra de la razón que no les asiste. Porque no puede haber rebelión donde no hay injusticia sino para con quien discrepa, para quien no es perro de ese pastor mayor que pastorea la permanente queja: la del agravio, la de la reivindicación fascista de territorios frente a pueblos, la de derechos colectivos frente a derechos individuales, la de derechos históricos frente a la realidad.

Es verdad que hemos avanzado, hemos pasado de la velada acusación del: “algo habrá hecho”, a la cobarde perplejidad, pero no es suficiente, y no lo es, porque no se puede envenenar el aire y respirarlo luego en la confianza de que no nos va asesinar a nosotros también. Y en Vascongadas el aire está envenenado por el peor de los miedos, por la más melancólica de las cobardías, la que sufren quienes luchan contra ese monstruo que ellos mismos crean, en la conciencia de saber que en su derrota también ellos van a ser derrotados. Ese es el salto que debe dar esa parte de la sociedad vasca que milita en esa idea, y también la que se proclama mera espectadora. Y para mejor ejecutarlo han de silenciarse, y en ese silencio reflexionar sinceros sobre la verdad de esa inmensa mentira en la que viven y en la que educan a sus hijos. Sólo así van a lograr desentrañar su eterna duda para saber si ella obedece a una verdad que, cuando no es farsa propagandística, es mera especulación mitológica. Para así decidirse a dar el salto definitivo y ponerse al lado de ETA, si así lo creen, o frente a ETA. Sólo ellos pueden hacerlo, porque de ellos nace y para ellos asesina. En sus manos está, por tanto, el que deje de hacerlo. Pero esa decisión demanda coraje, no ambigüedad, no eclecticismo, no equidistancia, coraje digo, el suficiente para ser ETA o no serlo en la profundidad y contundencia que esta tragedia demanda. La decisión requiere algo más que valor: honestidad, decencia y conciencia, la suficiente para retomar la soberanía de sus vidas y actos, para dejar de delegar en ese espejo que azogan con lo mejor y lo peor de ellos en la hipócrita esperanza de ver reflejado en él, sólo aquello que los hace grandes, distintos y, en esa engañosa imagen, medida de la medida de todas sus cosas.

Dejémonos pues de acusaciones soterradas y abiertas disculpas, seamos todos sinceros en nuestras palabras y actos y llamemos a las cosas por su nombre, para que las víctimas sepan de qué materia están verdaderamente hechas en la conciencia de sus vecinos y pueblos. Pues sólo en esa condición van a ser realmente sentidas y respetadas hasta el extremo de dejar de ser uno más para ser el último.
Un fraternal abrazo.

LA HERENCIA DEL DICTADOR

LA HERENCIA DEL DICTADOR

D Franco heredamos: cincuenta años de atraso cultural y político; las terribles secuelas de la represión; la podrida esperanza de una revolución pendiente, que lastra sin cuidado nuestro futuro, encarnado en esta patria de patrias; la rabia sin perro de una caduca división ideológica que nos desarma como individuos y ciudadanos frente a nuestros representantes políticos; la melancólica propensión de contemplar el Estado como un enemigo a batir; el merecido descrédito de valores que pese al perverso uso que se hizo de ellos no merecen sino nuestra atención, en la medida en que su esencia va más allá de la mala catadura del dictador y su cohorte de moscas pardas: dignidad, justicia, honor, disciplina…

Existe otra herencia bastarda, sostenida cuando no inventada, la de traerlo constantemente a la confrontación y dialéctica política, y que permite a nuestros gobernantes seguir teniendo en él un referente con el que medir la justeza de sus actos y lo preclaro de su talante democrático; como si tal atrocidad fuese susceptible de servir como medida de otra cosa que no sea otra dictadura.

Franco y el franquismo es hoy una parte de la historia, que hemos de asumir, sin olvidar, en la conciencia de que nació de una derrota y para derrotarnos, y en esa voluntad nos gobernó sin posibilidad de elección. Una derrota, digo, a la que no debemos permitir que lo siga haciendo.

Otra cosa bien distinta es, la tentación autoritaria, porque ese estaba y está en cada uno de nosotros, y a todos y a cada uno nos toca educarla cada día en los valores del sistema democrático. Es esa torcida inclinación la que se manifiesta, la que sale a la calle a nombrarse en el nombre de Franco.
Un fraternal abrazo.

ELECCIONES IMPERIALES


ELECCIONES IMPERIALES
El imperio se presta a nombrar títere, las provincias contagiadas por el ruido, de tan bufa representación, se afanan en alinearse con aquel que entienden les ha de gobernar con mayor sentido de justicia dentro del orbe de injusticia que de tan ilegítimo poder emana.

No hay en las calles, ni titiriteros, ni algaradas. La seriedad institucional lo preside todo, no es un acto para cualquieras, se impone el rigor y el boato de las grades ocasiones, no en vano, elegimos Cesar para otros cuatro años de pulgares caprichosos en el circo de las suertes siempre echadas.

Hoy, es cierto, no somos bajo las ruedas de las cuadrigas de sus días: ni gladiadores, ni leones, ni bufones ni tampoco cristianos. Pero si acompaña la suerte, podremos volver a serlo, cualquier cosa, que más da, lo que importa es ser amigo a los ojos de aquél que gobierne los destinos del imperio.

Dejémonos de majaderías, y ya que nos hemos de dejar engañar sin dignidad, hagámoslo al menos con la astucia debida, que más vale una mentira inteligente que la valiente necedad de apostar entre iguales.
¡Loados sean pues, los Obama y los McCain!

José Alfonso Romero P.Seguín

De bancos y cajas

De bancos y cajas
Salvemos los bancos, como única esperanza: ¿dónde sino van a sentarse los nuevos parados?, ¿dónde van a dormir los nuevos indigentes?, ¿dónde morir de tristeza los hombres honrados?

Salvemos también las cajas, como última esperanza: ¿Dónde sino nos van a enterrar, huérfanos de ambiciones, por tantos ambiciosos deseados?
Triste.
Un fraternal abrazo.

JUEGOS DE PASIONES TRISTES:


JUEGOS DE PASIONES TRISTES:
Periódicamente los pueblos se desangran hombre a hombre para un fin tan indefinible como reiterativo. Pero no trivial, sino íntimamente ligado con la feroz tensión psíquica a que le somete el constante intento de adecuar su íntima singularidad a la pluralidad a que le aboca la sociología, unido a esa otra no menos brutal excrecencia de esa misma tensión que se conoce como: injusticia social, desigualdad social, explotación o simple esclavitud. A ese generoso acto lo conocemos por el nombre de revolución y a través de él hombres y pueblos purgan en el seno de sus sociedades las miserias de un sistema imperfecto pero necesario, en el que rige el contrato y la ley, ese constante pacto entre desiguales que se firma, en el mejor de los casos, a fin de alcanzar las más altas cuotas de convivencia posibles.
Las revoluciones no soportan otra estrategia que la de romper con lo establecido para disponer nuevas estipulaciones, nuevos soportes legales, sin atender por mor de esa premura a la calidad ética de la recién instauradas. Y en esa atolondrada voluntad hallan ellos feliz venganza, pero no encuentran ellas sentido con el que vacunarse de las viejas formas que irremediablemente las han de colonizar, a la espera de nuevas revueltas.
Por su parte, las instituciones económicas, tanto públicas como privadas, se hallan por razones menos psicológicas y más sociológicas, abocadas a un mismo esfuerzo en defensa del sistema para evitar que colapse, para renovarlo en la acción de hacerse cada día más rentable, cada vez más avaricioso y deshumanizado. A esos egoístas movimientos se le conocen como “crisis”.
Las “crisis”, al igual que las revoluciones, no resisten complicadas estrategias sino que unas y otras se impregnan de una premura que las precipita en una carrera loca por romper con lo establecido, para instaurar nuevas oportunidades. En el caso de las revoluciones: de justicia, de solidaridad, de libertad y de fraternidad, y en el otro, de mayores beneficios económicos, aunque ello suponga romper con las más firmes garantías de paz con que se aderezan los contratos sociales.
Las revoluciones sofocan a los pueblos, las “crisis” también, y en esa fatiga las hallan los muñidores de las segundas propicios a sus objetivos. Por eso, cuando no hay esperanza de revolución, se hace preciso una “crisis” que venga a debilitar a hombres y pueblos en sus principios, a través del miedo al paro, a la pobreza, a la adicción jamás saciada del feroz consumismo a que nos mueven los anfitriones de éstas. Y una vez conseguido ese objetivo se produce el consiguiente recorte de derechos. Para continuar con una constante y vergonzante imposición de medidas que pretendiéndose reparadoras encarnan y elevan a rango de derecho las mayores tropelías que contra la naturaleza se puedan cometer en el nombre de una necesidad que no es otra que la de hacer rentable todo cuanto tocan y en esa medida susceptible de enriquecerlos aún más.
Las crisis al igual que las revoluciones son en esencia involutivas porque unas y otras, por más que no esforcemos, sostienen un ciclo innovador para un objetivo conservador, de vuelta atrás, de retroceso, por la sencilla razón de que no es ella quien las dirige sino la pasión: la de la libertad o la de la ambición, qué más da, ambas son ramas del mismo árbol, el del ser humano, el de un animal oportunista comprometido con unas necesidades que en lo esencial no admiten cambios, y en lo accesorio, es decir, en su dialéctica, nada que vaya más allá del preciso eufemismo que las remedian en lo puramente nominalista.
Son las revoluciones y las “crisis” quienes atizan la historia hacia un rumbo donde habita el espejismo de ese dios que nos empeñamos en ser. Tratando de ignorar que el hombre es en sí mismo y lejos de la realidad social un proyecto caduco e imposible. Y que sólo en la inútil resonancia de lo singular somos superiores sin contraste y en ello grandes, porque con ello nada imponemos, a nadie sojuzgamos, a nadie ofendemos. Gocemos pues de la singularidad, no en la autocontemplación sino en la generosa virtud del anonimato, porque sólo a través de ella podremos hallar un día el camino de la verdadera revolución, esa que ha de nacer en cada uno de nosotros para dotarnos de una conciencia que sepa dar, con la mayor dignidad y respeto hacia los demás, respuesta a las necesidades que nos asisten.
Un hombre consciente de sus limitaciones, atento a sus penurias y despierto a los demás es la más sólida garantía de que existan sociedades mejores, en las que impere la dignidad, la libertad y la justicia, sin necesidad de contratos y leyes, y aún menos de revoluciones y “crisis”.
José A. Romero P.Seguín
Publicado en Revista ¨Fusión”

ALAS Y POEMAS


Las alas de los pájaros,
sus lentas, raudas, alegres y armoniosas alas,
aunque parezcan esencia de divinidad,
son sólo, sólo carne, sangre y pluma,
¡poca cosa!

Pero esta también, divina alma,
el vuelo.

Mis alas son de papel y silencio
de soledad, amor y miedo,
nada especial, nada definitivo.

Pero está también, fulgurante esperanza,
¡el poema!

Alas y poemas,
de amor y llanto,
de papel y carne
de sangre y silencio,
de plumas y miedos.

Alas de pájaros
que dan alas al poema,
llenando de esperanza
en su vuelo mi vuelo.

¡Alas!, siempre alas,
¡mi poema!
José Romero P.Seguín

AL CRUZAR LA CALLE

Confiscare en ti todas mis heridas,
te dejaré sola en medio
del verde trigal del sueño que fuimos,
para que no vuelvas a enfermar de pena
ni yo de arrepentimiento.

Para que tu risa vuelva a ser
la marea de todos los días,
la de los pares y también la de los impares.

Porque sin ella el mar se detiene
al cruzar la calle,
al caer por la ventana,
al traspasar la puerta.

Porque sin ella los relojes
adquieren sentido,
y las horas todo el poder.

Has de volver a ser,
aún lejos de mí,
porque tu ser es vital,
como mi pena;
mi pena y tu ser,
aún así mereció la pena:
¿no crees?

Incluso ahora que he vuelto
resuelto a confiscar en ti mis heridas,
siento que volvería hacerlo,
que volvería a amarte,
sin cambiar ni una coma,
de las tantas de este poema
de despedida.
José Romero P.Seguín

LA MÚSICA DE LAS LÁGRIMAS

LA MÚSICA DE LAS LÁGRIMAS

Quisiera llorar,
llorar tanto,
que no se oyera el llanto
sino la música de las lágrimas.

Ese son comparable sólo
con el canto de las sirenas,
después de haber vagado sin orientación precisa,
por los laberínticos e infinitos rumbos
del universo.

Llorar quisiera,
llorar tanto
que el universo me oyese,
y se llenase de estrellas
la estrella de mi destino.

Digo sólo, que llorar quisiera,
llorar tanto,
que fuese tan bello el llanto
como lo es la música de las lagrimas,
a la orilla del universo.
José Romero P.Seguín

Grândola Vila Morena

Grândola Vila Morena

Grândola, vila morena
Terra da fraternidade
O povo é quem mais ordena
Dentro de ti, ó cidade
Dentro de ti, ó cidade
O povo é quem mais ordena
Terra da fraternidade
Grândola, vila morena
Em cada esquina um amigo
Em cada rosto igualdade
Grândola, vila morena
Terra da fraternidade
Terra da fraternidade
Grândola, vila morena
Em cada rosto igualdade
O povo é quem mais ordena
À sombra duma azinheira
Que já não sabia a idade
Jurei ter por companheira
Grândola a tua vontade

Grândola a tua vontade
Jurei ter por companheira
À sombra duma azinheira
Que já não sabia a idade

ZECA AFONSO

 

POEMA DE ANTONIO ROMERO PEREZ MI HERAMANO DEL ALMA

POEMA DE ANTONIO ROMERO PEREZ MI HERAMANO DEL ALMA

 
 

Recuerdas niña lo bien que antes
sabíamos callarnos,
volcarnos por ejemplo aquellas tardes
sobre la barandilla fresca
y mirar a la ermita, sólo eso.

Tanta fue la traición luego
de los días agotadoramente largos
que nos volvimos charlatanes, locuaces,
alegres bailarines ante el éxito de cualquier
insensata labor de vigilancia.

Signos del declive ya por entonces
te hablo de los años amarillos:
una tras de otra las nueces salían negras
los melocotones ásperos olvidaron oler a melocotón,
por esos días se jodio todo niña, eso pasó.

Se bifurcó salivosa la trayectoria
de nuestras paciencias, todo se hizo
pequeño y tropezamos en cada esquina,
denegamos cautos nuestro derecho
a no cerrar los ojos en presencia del otro.

Caímos alarmados en la cuenta
del mínimo espacio de nuestra soledad
sin rincones ni cerrojos,
corrimos a comprar candados e hicimos celosías
en los vanos y arrancamos las aldabas de por fuera.

Añoramos subterráneos sin accesos donde
calmar el latido de cada encuentro accidental
(no los había de otro modo),
celosamente extraños entre extraños
enloquecimos niña, eso pasó

minuciosos escrutadores de nuestras costuras
nos rendimos sin luchar como se suele,
llamamos melancolía a lo que era
ya entonces tristeza espesa como azogue
y gritamos ante farmacias sin receta


Nos fuimos niña, eso pasó
cada uno por su lado al mismo sitio
nítido, de recintos descuadrados,
vacío de haladas y de tardes

Recuerda aquel entonces como yo
verás que era perpetuo el silencio de los días
que éramos dioses nombrados cada víspera
que tuvimos el infinito entre las manos

Antonio Romero Pérez

 

ELECTRA

ELECTRA

 
 
 
Que fue lo que perdimos que aquí
tanta falta nos hace.
 
Una vez más se levantó a mirar a través de la ventana.  Afuera llovía con la misma fuerza que lo venía haciendo desde varias semanas atrás y comenzaba a anochecer.  Cuando volvió a la silla Mitropoulos ordenaba los primeros acordes de aquélla ópera sin obertura que venía del silencio para llenar la habitación.  Cerró los ojos y pretendió olvidar el miedo que sentía o por lo menos apartarlo momentáneamente de sí.
A mediodía habían salido Jaime y Rosario para contactar con los lideres del sindicato y todavía no habían vuelto.  Estaba nervioso.  ¡Que asco tener que vivir así!.  ¡Que duro deshacerse las uñas (sentirlas dilaceradas) contra un muro de hormigón sin ver resultado alguno!  No obstante,  el miedo sólo le confirmaba que todo lo que fuese factible hacerse era necesario y había de ser hecho para librar a todos de esos hijos de puta.
-¿Dónde se habrán medito estos?  Capaces de pararse en algún pintajo y allí mismo detenidos.  Capaces,  capaces de cualquier chavalería.  Mil veces se lo habré dicho.  No saben lo duro que es este juego,  es mucho lo que se gana ¡joder!  Imagina,  no sólo hablar en libertad sino tenerla.  Pero un descuido y te sales del raíl,  y adiós...
"A tener cuidado chavales,  a mirar por donde se anda y qué se dice,  ni una oportunidad os van a dar",  les había dicho cuando bajaron para irse bien cubiertos para escapar de la lluvia.  Ahora en la espera angustiosa imagina fragmentos aciagos de futuro,  los que siempre nos imponen el pesimismo y el miedo.
Bebió e intentó de nuevo encender la pipa pero la llama de la cerilla no encontró más que ceniza.  Orestes,  la misma Electra y los demás seguían ocupando el espacio y por momentos lograban apartarlo de la situación, situarlo desde el pentagrama y sus agudas voces sobre todo lo que estaba ocurriendo.  "Los del sindicato tienen sus propios intereses,  tampoco de ellos va uno a poder fiarse.  A algunos de esos ya me lo conozco yo no está en la policía porque no dio la talla pero falso como que más".
Golpes en la ventana lo sobresaltaron.
Abrió la puerta.  Era Moro.  Nada sabía de los otros pero traía malas noticias.  Venía de la parte Este,  del barrio del Carmen casi a las afueras,  con vagas noticias de la represión de la manifestación.  Había podido oír disparos mientras huía.  ¡Que jodidos y qué necios los que defienden tal estado de cosas!  Moro traía mala cara,  como de saber más y callárselo,  como de miedo.  Era esa mirada de susto,  más por lo que esperaba que por lo que había visto,  que de forma inconsciente fácilmente se deja transparentar,  nos va cubriendo el rostro y afectando a los gestos hasta hacerse patente e invariable.
Estaban en silencio escuchando el llover sin tregua y la música entrecortada y las voces agudas que todo lo llenaban.  Esperaban.
La noche ya era total en las calles.  La cuidad era luces,  llantos e impotencia que se hacía,  si ello era posible,  más patente cuando se traspasaba la hora del toque de queda.  Y ya era,  y ellos todavía fuera.  El miedo evitaba poder pensar con claridad.  Todo salía mal.  "¿Por qué todo se retuerce?"
Estaban en silencio aún.  Él no temía el hecho en sí de morir sino el sufrimiento,  los pesares,  el dolor.  Él antes de volver a la cárcel prefería morir.  Moro antes que cualquiera de las dos huir,  aún a pesar de tener que dar por bueno (o ignorarlo) lo que ocurría desde que comenzaron a tener que esconderse.
De todas formas la decisión parecía la idónea,  la menos mala.  El sindicato podía ayudar,  todavía tenía fuerza aunque no fuese de fiar,  la gente los escuchaba y lo primero,  si había que volver a lo práctico,  era lo primero.
Afuera seguía lloviendo y reinaba un extraño silencio difícil de descifrar.  Se preguntaba por qué sobre él había recaído aquella responsabilidad que no buscaba.  No había regresado de Europa para aquello pero alguien tenía que hacerlo.  Bajó Luisa del piso de arriba y le rodeó por detrás con los brazos a la altura del cuello.
Moro en la ventana.
-Nada,  llueve,  buena noche para pintajos.
-¿Y para qué los pintajos?  Para nada.  Tiene que correr la sangre sino la gente no oye, no ve, no sabe de nosotros,  y si no te conocen no eres nadie.  Una gota de sangre vale más que todo lo que seas capaz de pintar por toda la ciudad durante toda una noche-  Decía mientras se apartaba de Luisa y llenaba el vaso con ese licor trasparente que tomaba sin hielo,  frío era lo que sobraba.  Por primera vez comprendió que ellos ya no volverían.  Luisa volvió a abrazarlo,  lo besó.
Crujió la puerta y se abrió como reventada.  Entraron y golpearon y tiraron las estanterías y a patadas destrozaron todo lo que encontraron a su paso.  Él y Luisa fueron sacados a empujones.
-¡Moro!,  ¿qué cojones has hecho?-  grito y un puño le cortó la respiración-
Moro se quedó allí mismo,  junto a la ventana como estaba,  sentado en el suelo.  Una mima voz acompañada de música sonaba repitiéndose desde el disco rayado. Moro tenía mucho que perder,  su vida y la de los suyos.  No había llegado de Europa,  aquí había estado siempre desde siempre a pesar de la miseria,  sabía aguantar y perder algo para no perderlo todo.  El lunes había estado en Comisaría....Aún sabiendo justificarse no pudo evitar las lágrimas.
Antonio Romero Pérez

 Hermano en la sangre y en la palabra.

LA REVOLUCION DE LOS CLAVELES

LA REVOLUCION DE LOS CLAVELES

Las revoluciones no son sino inmensas hogueras que los humildes encienden en los montes y regios torreones de los injustificados adarves, en la esperanza de que los arrogantes tiranos puedan ver el rostro de la cruel y brutal infamia que por su voluntad les aflige y subyuga. No son, por tanto, y a pesar del grado de violencia con que puedan producirse, sino generosos actos de crédulos hombres, que llevan en su infinita ingenuidad hasta ese punto sin retorno el afán de un reconocimiento voluntario y sincero por parte de quienes los explotan y ofenden, sin querer entender que su suerte está echada en las hogueras de sus actos ya sofocados en el debe y el haber de los poderosos, al saberlos sin necesidad de augures, efímeros y de algún modo vencidos por la propia intensidad de su voluntad multitudinaria, por la heterogeneidad de su esencial cosmogonía reivindicativa, y por la inexcusable necesidad de volver a retomar el día a día con sus silencios y cotidianos ruidos que hacen florecer al fin el pan y la esperanza en sus bocas.
De todos modos no son jamás actos fallidos o estériles, sino que sea cual sea su desenlace cumplen siempre un cometido superior, el dar forma a los que han de ser los nuevos tiempos, las nuevas formas y esperanzas con que se ha de construir el futuro.
A todos nos gustaría que las revoluciones no fuesen una celebración esporádica sino una constante en el día a día de los hombres y los pueblos. Que unos y otros, revolucionados y puestos en pie de guerra consigo mismos, afrontasen en cada segundo de su vida el compromiso de acabar con las terribles lacras que nos asolan y que son causa de todos los males que aquejan a la humanidad. No se trata de ser mejores para ningún dios, sino para cualquier hombre, y por ello el objetivo es apostar por esta vida y no por ninguna otra por apetecible y definitiva que pueda parecer.
El hombre así tomado de uno en uno no es nada, pero en su conjunto, es un ave fénix que renace una y otra vez de sus cenizas, y esas cenizas de la mágica y solidaria resurrección, no habitan en los panteones ni tumbas donde descansan sus huesos, sino en las que emergen de las gloriosas hogueras que, de tarde en tarde, encienden en los montes y torreones para despertar las conciencias, las suyas y las de los tiranos, ahora sí, de uno en uno, porque sólo así la revolución se hará algún día posible y auténtica.
La historia tiene el rostro marcado de cenicientas cicatrices que le imprimen carácter, el mejor, y le brillan en los ojos las limpias luminarias con que a golpes nos guiamos en el infatigable afán de hallar puntos de justicia en el que encontrarnos y tratarnos con el respeto y a la atención que todos, sin excepción, nos merecemos por ser hijos de esta tierra, de este mar y este limpio cielo que sella nuestros sueños y anhelos más preciados.
Ya sé que muchas de ellas, casi todas, se han cuajado de sangre y de brutalidad en su génesis y posterior desarrollo, pero qué es la sangre sino un don de vida derramado por las venas para un fin que no soporta otro destino que el de hacer posibles los más humanos y fraternales sueños. Por ello hemos de saber derramar nuestra sangre, porque sin ellos la sangre no es sino el néctar con que se alimentan las moscas de todos los malditos excrementos de la ambición, la esclavitud y la injusticia. Moscas de mala muerte que no nos son ajenas sino que nacen de nuestros vientres y de nuestra sangre y con las que convivimos a diario.
Sé también que una tras otra terminan por pudrirse, sumiéndonos en un constante desaliento, pero quién lo duda, fuera de ellas no hay esperanza, porque lo establecido no obedece al capricho de unos pocos, como puede parecer, sino a la aceptación voluntaria que las mayorías adoptamos frente a ese puñado de hombres sin escrúpulos.
Se cumplen ahora treinta años de aquel 25 de abril de 1974, en el que bajo los sones de la emblemática canción de Zeca Alfonso, "Grândola Vila Morena" y el tierno designio de un rojo clavel recién nacido de las bocachas sus fusiles, el ejército portugués iniciaba una de las más hermosas y románticas de las revoluciones, que había de dar al traste con una dictadura de más de 40 años y abrir a este pueblo las puertas de la democracia y la libertad.
"Grândola, vila morena/Terra da fraternidade/ O povo é quem máis ordena/_ /Em cada esquina um amigo/em cada rosto igualdade/_/A sombra duma azinheira/Que já nôa sabia a idade/jurei ter por campanheira/Grândola a tua vontade/Grândola a tua vontade/"
Claves y versos para iluminar un sueño de libertad que digan lo que digan, aún alienta hoy los fanales del futuro de este pueblo, que lleva inscrito en el desatino de su historia una de las páginas más envidiadas de esta Europa conservadora y exquisita en el arte de la indiferencia.
Las utopías no son sino horizontes inagotables que hemos de ir alcanzando a la luz de las revoluciones perdidas.

José Romero P.Seguín.

GÉNESIS

GÉNESIS

En un día lluvioso,
sobre los campos
se oye algo más que la lluvia;
se oye el silencio
de lo necesario.
La gota encaja en la raíz,
como el corazón en el pecho,
luego viene el relámpago
de la vida,
y se oye en la tarde lluviosa,
el tictac,
de la muerte.

José Romero P.Segín

EL ÚLTIMO TREN

EL ÚLTIMO TREN

         La lánguida y amarillenta luz del compartimento cae derrotada sobre nosotros, dando a nuestros oscuros ropajes y nuestra rugosa piel una gravedad cuando menos inquietante.
Sara duerme plácidamente con su cabeza apoyada en mi hombro, como tantas otras veces, como siempre, el movimiento y mi hombro son para ella garantía suficiente de poder vivir sin que el miedo la mate. Mientras, yo me arreglo para seguir escribiendo un cuaderno más de este vivir nuestro de estaciones intermedias y ajeno a cualquier destino.  El nuestro no es llegar, llegar es una palabra que no figura en nuestro dialecto de eternos viajeros.  Quién lo iba a decir de nosotros, dos sedentarios natos, pero al final todo se dice, hasta lo imposible de pronunciar, y es que al final no somos sino lo que los demás pronuncian, pero eso no lo aprendimos hasta que nos fuimos criminalmente pronunciados.  Antes nos creímos invulnerables, no en vano éramos tan jóvenes como estúpidos.
Como lo debe ser ese joven que tengo sentado frente a mí y que al menor descuido se roba con una ingenuidad que me maravilla la mirada del libro que está leyendo, y trata de leernos, de algún modo pronunciarnos, pero ahora, lo sé, con cierta pena, no en vano somos dos viejos a la sombra de una luz a la que le resulta imposible ocultar nuestro ancestral y peculiar cansancio, el que sin duda imprime el ir continuamente de un lugar a otro sin otro afecto que el de cambiar de tren, que el de retomar el viaje.
En algún momento, aprovechando un cruce de miradas, me va a preguntar algo, lo sé. La sospecha se cumple de inmediato, el joven baja la voz y pregunta: “¿Un largo viaje?”. Si estuviera ella despierta me acompañaría en la complicidad de una sonrisa, pero ella duerme, debo ser yo el que responda y lo hago sin excesiva convicción, bastante, sí bastante.  Podría haberle dicho, 59 años con sus 365 días más los de los bisiestos, pero eso sonaría a senil excentricidad, y él no desea pronunciarnos así, él desea hacerlo con lástima.
Además, qué trayecto soportaría explicarle a alguien que llevamos viajando más de tres cuartas partes de nuestra vida. Que hemos recorrido todos y cada uno de los kilómetros de vía férrea que recorren la geografía de la vieja Europa, y las arterias principales de buena parte de Asia. Si lo hiciera, él esperaría una historia interminable, y más tratándose de un viejo, pero le defraudaría, lo sé. Porque la razón, es miedo a detenernos, sólo eso, y la razón de ese miedo, el huir de un mal presentimiento que se hizo un día realidad y que nos obligó a creer en todo lo que no habíamos creído antes, a rogar a los cuatro puntos cardinales, a jurar en nombre de virtudes de las que aún no disponíamos, y en un último momento, a expresar un deseo que se nos hizo realidad, marcando a fuego de raíl el sendero de nuestras vidas.
Hacía unos días que nos habían detenido, después de que alguien denunciara nuestro escondite, y cuando ya las tropas aliadas cercaban Berlín.  Fuimos conducidos con otros muchos, demasiados todavía para la sistemática brutalidad de aquella feroz persecución, al interior del sucio vagón de un tren de mercancías, tal vez de ganado. Todos sabíamos por la estrella trapo que nos cosieron en la solapa, cuál era nuestro destino, Dachau. Y lo era, pero cuando el tren se iba a detener en la estación de Munich, la encontraron tomada por las tropas Rusas, y el tren tuvo que seguir, y ya no se detuvo, y fue así como aprendimos que para huir del horror no había otra posibilidad que la de impedir que se detuviese, y no lo hizo ni lo va ha hacer, al menos mientras Sara y yo vivamos.

JOSE A. ROMERO P.SEGUIN