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GRÂNDOLA LITERARIA DE JOSÉ ALFONSO ROMERO P.SEGUIN

ELECTRA

ELECTRA  
 
 
Que fue lo que perdimos que aquí
tanta falta nos hace.
 
Una vez más se levantó a mirar a través de la ventana.  Afuera llovía con la misma fuerza que lo venía haciendo desde varias semanas atrás y comenzaba a anochecer.  Cuando volvió a la silla Mitropoulos ordenaba los primeros acordes de aquélla ópera sin obertura que venía del silencio para llenar la habitación.  Cerró los ojos y pretendió olvidar el miedo que sentía o por lo menos apartarlo momentáneamente de sí.
A mediodía habían salido Jaime y Rosario para contactar con los lideres del sindicato y todavía no habían vuelto.  Estaba nervioso.  ¡Que asco tener que vivir así!.  ¡Que duro deshacerse las uñas (sentirlas dilaceradas) contra un muro de hormigón sin ver resultado alguno!  No obstante,  el miedo sólo le confirmaba que todo lo que fuese factible hacerse era necesario y había de ser hecho para librar a todos de esos hijos de puta.
-¿Dónde se habrán medito estos?  Capaces de pararse en algún pintajo y allí mismo detenidos.  Capaces,  capaces de cualquier chavalería.  Mil veces se lo habré dicho.  No saben lo duro que es este juego,  es mucho lo que se gana ¡joder!  Imagina,  no sólo hablar en libertad sino tenerla.  Pero un descuido y te sales del raíl,  y adiós...
"A tener cuidado chavales,  a mirar por donde se anda y qué se dice,  ni una oportunidad os van a dar",  les había dicho cuando bajaron para irse bien cubiertos para escapar de la lluvia.  Ahora en la espera angustiosa imagina fragmentos aciagos de futuro,  los que siempre nos imponen el pesimismo y el miedo.
Bebió e intentó de nuevo encender la pipa pero la llama de la cerilla no encontró más que ceniza.  Orestes,  la misma Electra y los demás seguían ocupando el espacio y por momentos lograban apartarlo de la situación, situarlo desde el pentagrama y sus agudas voces sobre todo lo que estaba ocurriendo.  "Los del sindicato tienen sus propios intereses,  tampoco de ellos va uno a poder fiarse.  A algunos de esos ya me lo conozco yo no está en la policía porque no dio la talla pero falso como que más".
Golpes en la ventana lo sobresaltaron.
Abrió la puerta.  Era Moro.  Nada sabía de los otros pero traía malas noticias.  Venía de la parte Este,  del barrio del Carmen casi a las afueras,  con vagas noticias de la represión de la manifestación.  Había podido oír disparos mientras huía.  ¡Que jodidos y qué necios los que defienden tal estado de cosas!  Moro traía mala cara,  como de saber más y callárselo,  como de miedo.  Era esa mirada de susto,  más por lo que esperaba que por lo que había visto,  que de forma inconsciente fácilmente se deja transparentar,  nos va cubriendo el rostro y afectando a los gestos hasta hacerse patente e invariable.
Estaban en silencio escuchando el llover sin tregua y la música entrecortada y las voces agudas que todo lo llenaban.  Esperaban.
La noche ya era total en las calles.  La cuidad era luces,  llantos e impotencia que se hacía,  si ello era posible,  más patente cuando se traspasaba la hora del toque de queda.  Y ya era,  y ellos todavía fuera.  El miedo evitaba poder pensar con claridad.  Todo salía mal.  "¿Por qué todo se retuerce?"
Estaban en silencio aún.  Él no temía el hecho en sí de morir sino el sufrimiento,  los pesares,  el dolor.  Él antes de volver a la cárcel prefería morir.  Moro antes que cualquiera de las dos huir,  aún a pesar de tener que dar por bueno (o ignorarlo) lo que ocurría desde que comenzaron a tener que esconderse.
De todas formas la decisión parecía la idónea,  la menos mala.  El sindicato podía ayudar,  todavía tenía fuerza aunque no fuese de fiar,  la gente los escuchaba y lo primero,  si había que volver a lo práctico,  era lo primero.
Afuera seguía lloviendo y reinaba un extraño silencio difícil de descifrar.  Se preguntaba por qué sobre él había recaído aquella responsabilidad que no buscaba.  No había regresado de Europa para aquello pero alguien tenía que hacerlo.  Bajó Luisa del piso de arriba y le rodeó por detrás con los brazos a la altura del cuello.
Moro en la ventana.
-Nada,  llueve,  buena noche para pintajos.
-¿Y para qué los pintajos?  Para nada.  Tiene que correr la sangre sino la gente no oye, no ve, no sabe de nosotros,  y si no te conocen no eres nadie.  Una gota de sangre vale más que todo lo que seas capaz de pintar por toda la ciudad durante toda una noche-  Decía mientras se apartaba de Luisa y llenaba el vaso con ese licor trasparente que tomaba sin hielo,  frío era lo que sobraba.  Por primera vez comprendió que ellos ya no volverían.  Luisa volvió a abrazarlo,  lo besó.
Crujió la puerta y se abrió como reventada.  Entraron y golpearon y tiraron las estanterías y a patadas destrozaron todo lo que encontraron a su paso.  Él y Luisa fueron sacados a empujones.
-¡Moro!,  ¿qué cojones has hecho?-  grito y un puño le cortó la respiración-
Moro se quedó allí mismo,  junto a la ventana como estaba,  sentado en el suelo.  Una mima voz acompañada de música sonaba repitiéndose desde el disco rayado. Moro tenía mucho que perder,  su vida y la de los suyos.  No había llegado de Europa,  aquí había estado siempre desde siempre a pesar de la miseria,  sabía aguantar y perder algo para no perderlo todo.  El lunes había estado en Comisaría....Aún sabiendo justificarse no pudo evitar las lágrimas.
Antonio Romero Pérez

 Hermano en la sangre y en la palabra.

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2 comentarios

José Alfonso Romero P. Seguin -

En nombre de mi hermano, te agradezco tus palabras y tu afecto.
Recibe un fraternal saludo.

antonia -

En realidad no sé de quienes huyen ni por qué temen...y por qué esas calles tan peligrosas..y por qué se debe preferir la sangre a las pinturas durante la noche ..u por qué los llantos ylas patadas a todo y las estanterías en el suelo..y por qué se convirtió todo en un infierno..la calle, la casa..la cárcel..los miedos...
No sé por qué pero esa tiranía, ese drama es enormemente parecido a cosas conocidas..ojalá nunca vuelan a ocurrir..como les ocurre a nuestros personajes.

Antonio, un relato que contagia tensión, miedo y ansiedad en increcendo..y que me parece magistralmente transmitido en tus líneas
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