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GRÂNDOLA LITERARIA DE JOSÉ ALFONSO ROMERO P.SEGUIN

RELATOS

EL EXHIBICIONISTA

EL EXHIBICIONISTA

 

 

 

 

 Le digo señor agente, que estaba ahí, se lo juro por lo más sagrado, a estas alturas no tendría que hacerlo, lo sé, pero lo hago.  Ahí mismo, justo delante de mí, burlándose con falsas carcajadas y haciendo grosera ostentación de sus genitales.

Pasaban por aquí señor agente, niñas y señoras, señoras que se escandalizaban como niñas, y no sin razón, ante el desafuero del indigno, y acaso ya, deprimente, por no decir patético espectáculo. 

Ya sabe: esas perneras de disimulo, sucias y deshilachadas de arrastrarse hasta el hartazgo por el sucio lodazal de la indignidad; torpemente sujetas con un liguero de ajados encajes, más propio de puta de rastrojo, y perdóneme la crudeza de la vulgaridad, que de meretriz de refinado burdel.  Si es que no bien se despendola y ya parece un espantapájaros. Claro que, a qué otra cosa puede asemejar, con ese pene flácido y arrugado en mitad de una gris y rancia maraña de pelo que más parece reseco y helado herbazal que púbico vello.  Y esos testículos, qué decir de ellos, señor agente, convertidos por la afrenta de la edad en colgantes jirones de ropa vieja; donde habitan vaya Ud. a saber en qué estado de putrefacción las esplendorosas gónadas que fueron ayer enseñas de su hombría y cobijo de la noble y natural promesa de descendencia; esa de la que le privó, que todo hay que decirlo, tan aborrecible vicio.  Y cómo olvidarse de la amarillenta gabardina, con ese tufo a pescado podrido que pinta bascas a su paso.  En fin, que sus inocentes víctimas gritan por no vomitar, y en el grito vomitan tanta pena y tanto asco, que da pena tan penoso escándalo.

 

Pero eso lo sabemos Ud., yo y aquellos que han tenido la desdicha de encontrárselo, mientras que él, acérrimo como una mula lo ignora por más que se lo repita y evidencie de todas las formas posibles.  Porque se lo digo, y créame, agotadas ya entre ambos y desde hace mucho tiempo las formalidades y eufemismos que impone el mutuo respeto, e ignoradas las pautas morales, éticas y hasta estéticas que deben regir cualquier relación que se precie, lo hago claramente y con toda la crudeza de que soy capaz: que das asco, asco y pena. Eso le digo, y no bajito, no señor, sino alto, alto y fuerte, como ha de ser un insulto que busca despertar conciencia.  Pero él se mantiene en sus trece, y en cuanto me doy la vuelta vuelve a vestir su deshonra y sale a la calle dispuesto a consumar el ruin y repugnante espectáculo.

Hoy, sin ir más lejos, antes de pasar lo que pasó, se lo dije, es más, le rogué amablemente que se fuera, que me dejase en paz de una puñetera vez, pero él no dejaba de manosearse y reírse como un demonio, así mismo, como si estuviera endemoniado: como  lo está.

Créame que soy sincero cuando le digo que el semen que mancha la gabardina, las manos y la acera, nos mancha a todos, pero sólo me duele a mí, pese a que sean ellas quienes griten y corran despavoridas.

Pero qué le puedo contar, Ud. ya lo conoce, ya sabe cómo es.  Por eso hoy, cansado de aguantarlo, le tiré con toda la fuerza y rabia del mundo una piedra a la cara; y entonces se fue, no sé dónde, en medio eso sí de un enorme y agudo estrépito, ya sabe, le gusta la batahola.  A lo mejor lo he matado, debería buscarlo.  No se lo tome a broma, mire que sonó a roto.

Ya, ya sé que esas no son formas, pero tiene que entender agente que son muchos años aguantándolo, viendo como me humilla, como se burla de mí.  Y la verdad es que algo de culpa tienen Uds., y las autoridades judiciales, y también los médicos.  No han sido lo suficientemente duros con él, no señor, no lo han sido, y luego ocurre lo que ocurre. Pero de hoy no pasa, juzgo que ha llegado la hora de hacer algo, tienen que hacer algo, y hacerlo ya, para que esta pesadilla termine de una maldita vez.

Tienen que detenerlo, detenerlo y encerrarlo, que se pudra en la cárcel, a ver si así escarmienta, sino, va a terminar conmigo, se lo digo de corazón, me va a matar, a matar de odio y rabia.  De dolor y vergüenza ya lo ha hecho hace mucho, pero que mucho tiempo. De eso estoy muerto desde que sé yo, y es que hace tanto tiempo que ya ni siquiera alcanzo a recordar.

Yo, agente, como Ud. sabe muy bien, soy todo un caballero de vasto linaje, y como tal no puedo consentir esta continua afrenta que ofende la dignidad de mi noble estirpe.

- Lo sé, Sr. Tomás, lo sé, y créame que se hará lo que se pueda.

- ¿Y Ud. cree que volverá a hacerlo?

- Me temo que sí, ya sabe que estos vicios son crónicos, ¡crónicos!, me entiende.

- Pero, ¿y la piedra?,  ¿y las heridas?

- Sí, eso, justamente, como las piedras y las heridas, ellas también son crónicas.

- ¡Válgame Dios!

- Él también lo es.

- ¿Exhibicionista?

- No, crónico, sólo crónico Sr. Tomas.

- Pues algo habrá que hacer con Él, porque esas cosas, ya sabe, van a más.  Y no vea usted el trago para los alados angelitos, las santas almas y la santísima…, bueno, bueno!, más vale no pensar.

- ¡Lo que Ud. diga Sr. Tomás,  lo que Ud. diga!

Y ahora, haga el favor de abrocharse la gabardina y subir al coche patrulla, como ya sabe, tiene que acompañarme a comisaría.  Amén de exhibirse otra vez, acaba Ud. de dejar tuerta esta pedazo de luna que vale, y nunca mejor dicho, un ojo de la cara.

 

 


 

 

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DUETTO DE INOCENCIA

DUETTO DE INOCENCIA

A Antonia Sánchez,

por el infinito consuelo

de su sabia y  paciente lectura.

 

 

¡Mamá, mamá!, ¿verdad que el ascensor vuela como superman? Malditas bolsas, me rompen las manos. Mamá, ¿verdad que los ascensores los inventó Dios? Y los precios, cómo están, por las nubes, sales con un billete de cincuenta y vuelves sonando a  chatarra. Mamá, ¿los ascensores sueñan? Ni en sueños vamos a arreglar esta pesadilla de números rojos. Mamá, ¿por qué se llaman ascensor todos los ascensores? Como no le suban por encima del convenio a Manuel las vamos a pasar moradas. Mamá, ¿los ascensores deberían tener forma de pájaro? Porque lo que es a mí, no me suben ni un céntimo más, eso seguro, pedazo de cretino el jefe. Mamá, ¿de mayor puedo ser ascensor? Pero de todos modos por intentarlo no va a ser. Mamá, ¿la escalera le tiene manía al ascensor? Es lo que queda... Mamá, el ascensor es vergonzoso, se tapa la cara.  Aunque da más que rabia tener que mendigar lo que, no sólo por ley, sino por el más elemental sentido de justicia social nos pertenece. Mamá, ¿el ascensor se puede volver loco? Pero qué coño es eso de la justicia social, quién la conoce, un cachondeo, eso es lo que es. ¡Mamá, mamá!, y si el ascensor no se para en el sexto y sigue y sigue hasta el infinito, ¿a dónde iríamos a parar?  A la calle deberíamos salir, como antes, como siempre, pero ahora no hay lo que hay que tener. Mamá, ¿al cielo se sube en ascensor? Y mucha culpa de esto la tienen los sindicatos que se han vendido. Mamá, ¿el ascensor parece triste? Es triste,  bien triste, al fin y al cabo ellos eran el motor de la conciencia de clase. Mamá, ¿por qué no llueve nunca en el ascensor? Claro que nunca llueve a gusto de todos. Esos botones de ahí, son para viajar en el tiempo, ¿verdad mamá? Porque aún hay quien los defiende, como si fuesen los de otro tiempo. Mamá, si pulso ese de la campana vienen los bomberos, y si toco ese que tiene dos puertas dibujadas, ¿a dónde vamos? Funcionarios deberíamos ser todos. Mamá, si el ascensor se mueve, ¿por qué nos vemos quietos en el espejo? Pero todos no lo podemos ser, además, quién carajo la vela iba a trabajar entonces. ¡Mamá, mamá!, ¿los ascensores son más listos que papá? Manuel bien podía pedir un ascenso, lleva en la empresa más años que la puerta de entrada, y nada, ahí sigue, de oficial de segunda. Mamá, ¿verdad que este ascensor es nuestro? Pedir, que pedir ni pedir, exigir, que es lo suyo. Ya ves tú, como si fuese fácil, si ya lo dice él, y no sin razón: “Pedir, lo que voy a tener es que rogarles que no me echen como a un perro.” Mamá, esa luz se enciende y se apaga, ¿estará enfermo el ascensor? Lo cierto es que más vale pájaro en mano que ciento volando. Mamá, ¿es cierto que los ascensores también se mueren? Porque si lo echan me muero. Mamá, ¿por qué el ascensor no tiene escaleras? Pero ya está bien, tanto miedo y más miedo y venga miedo.  Y estas jodidas bolsas matándome las manos por culpa de la maldita prisa que se me ha metido en el cuerpo, porque bien que podía posarlas en el suelo, pero como tengo prisa no puedo, me parece que si lo hago voy a perder un mundo de tiempo. Mamá, ¿cuando coge vacaciones el ascensor? Pero la cuestión nos guste o no, es esa, no perder tiempo. Mamá, la señora Braulia le tiene miedo al ascensor, además de rabia,  le llama maldito trasto asesino y se santigua al entrar en él. El tiempo, la distancia, los pagos, la “reangustia” que mal enjuagamos en una quincena de días en Benidorm. Mamá ¿a qué los ascensores no son un invento del demonio? Esta vida está endemoniada. Mamá, me parece que ya nos trajo. Por fin. Mamá, ¿qué come el ascensor? Ahora a hacer la comida a toda prisa. Mamá,  ¿te ayudo con las bolsas? Debería hacerle más caso al niño. Mamá, ¿te abro la puerta? Mira hijo, el ascensor es…¡Mamá, mamá!,  ¿tú crees que me dará tiempo a ver los dibus? Hijo, te decía que el ascensor es sólo una… ¡Mamá, mamá!, ¿por qué tenemos que ir a comprar todos los días? Para comer. ¿Y para qué comemos? Para trabajar. ¿Y para qué trabajamos mamá? Para comer hijo, para comer, y déjalo ya, que me vas a hacer llorar.

 

 

 

BAJO SECRETO

BAJO SECRETO


Mis ojos se perdieron en el corazón de la niebla. Clavados al fondo, deje de verlos. No me asuste, no son, ni niños, ni tampoco tontos como dicen que soy. Ellos conocen de memoria el camino de regreso, por él volverán, lo hacen siempre. Lo harán, eso sí, jadeantes y cansados, como perros de caza después de una larga correría tras la presa.
También vuelven cuando caen en la turbulenta corriente de un río o en un abismo de nubes o en un mar embravecido o en un precipicio o en las lágrimas. Y en ese último caso si que semeja un verdadero milagro el que regresen, porque en esos momentos sientes físicamente como se van diluyendo en el mar del llanto, como van velándose en su interior las imágenes hasta dejarlas vacías, vacías y solas, tanto como lo están esas conchas de caracol que se pudren abandonadas en medio de la espinosa soledad de los zarzales. Sí señor, profundamente solos con nuestro dolor, y cuando vuelven los recibes con la alegría con que se recibe el presente de un verdadero milagro, como es el de permitirnos volver a mirar.

Por otro lado, nada hay que temer, la niebla no se los queda, para qué los quiere, ella es ciega por voluntad propia, se arrancó los suyos para no sentir miedo al rodar monte abajo. Y es que hay que ser extremadamente indolente para hacerlo con la despreocupación que ella lo hace. La prueba de que es así, es que no se sirve ni de los míos ni de ninguno de los muchos que va atrapando ladera abajo. Es por ello frecuente verla avanzar imparable con su marea de ojos olvidados prendidos en la solapa.

Ojos olvidados y lacrimosos, ojos de perro enfermo, sí, eso, ¡eso mismo!, de perro enfermo y viejo. Ojos de perro y de abuelo, ambos al final de la vida: cansados, mórbidos y llorosos.

Ojos del abuelo que, al contrario que mis ojos, se perdió para siempre camino de algún lugar al que llamaba con voz afligida: “¡Dios mío!”. Se fue atado a la cola de un puñado de nubes grises que corrían altas por un cielo desquiciado, dormitando en una caja demasiado joven para él. Me habría gustado hacerle una caja como él se merecía, de maderas viejas, que oliera: a flores secas, manzanas maduras, desvanes antiguos y nubes deshilachadas. Le gustaban tanto. Pero en ese tiempo yo no podía saber, no debía saber, porque sólo así me era permitido mantener el precario equilibrio de mi mundo.

Ya está aquí, la niebla digo. La siento, fría y blanda, en cada golpe de aliento. La siento caricia de silencio sobre el rostro. La siento babosa de cien mil ojos, mojando las cuencas vacías de mi humilde par.
Me quedo entonces más que quieto, ensimismado, y oigo que dicen algunos: “Está como tonto”. Y afirman otros: “No es tonto, es sólo un poco retrasado”. A mí la verdad es que no me importa lo que digan, es más, quiero ser tonto o retrasado, lo necesito, serlo, me es hoy, aún más que ayer, vital.

Pienso, eso sí, y no sin angustia, que si yo tengo que realizar este brutal esfuerzo para mantener el equilibrio de mi diminuto mundo, qué no tendrá que hacer Dios para mantener el orden de su infinito universo. Debe ser aterrador ser dios. Me pregunto, si sentirá como yo el peso blando de la niebla y de su padre sobre sí, ambos jadeantes y pastosos. Si sentirá la carne de arcilla reblandecida endurecerse en ese punto de fatal desequilibrio en el que reside la hombría. Endurecerse tanto que llega a hacer daño ya antes de hacértelo. Y si será por no estropearlo todo por lo que se ha sumido, como yo, en ese profundo silencio en el que habitamos.

Dios también es “tonto” y “retrasado” a decir de los que en la angustia del desesperado ruego lo presienten, sin paciencia, embobado en sus cosas, ajeno a sus cuitas y pesares, indolente en la insolencia de su inclemente silencio.

La niebla, cuando pasa, me lo recuerda, a mi padre digo. Pero no la odio, tampoco a él, ante ella me dejo hacer, igual que ante él. Me dejo hacer y la siento y lo siento jadear blando y sudoroso sobre mi cuerpo. Y siento la dureza de su miembro golpeándome, rompiendo el tierno hechizo del abrazo, convirtiéndolo en algo horrible, y presagiando lo peor, lo que está por venir.

Las cosas que hacemos nacen en nuestras cabezas, lo sé, aunque lo calle, y se expresan en cada uno de nuestros órganos. Podía parecer por ello que podemos elegir hacerlas o no hacerlas, pero a menudo y pese a intentarlo no podemos, porque algo que está dentro de nosotros nos derrota. En algunas ocasiones cojo una hormiga y trato de acariciarla con ternura, pero no puedo, no le caben las caricia. Lo intento una y otra vez, pero no hay manera, y me desespero de tal modo que me dejo ir y termino por triturarla, con fuerza y rabia, entre los dedos, sólo así acierto a sentir que la acaricio hasta hacerla llorar, llorar tanto que al final siento asco, asco y pena. Y comprendo entonces que no debí hacerlo, sabiendo por otro lado que a la hora de elegir no tuve elección.

A mi padre le sucede conmigo lo que a mí con la hormiga. Pierde la cabeza, lo sé, él quiere tener otras cosas en su cabeza, por eso me abraza con ternura, me da afectuosos golpes en la espalda y me besa en las mejillas. Luego se aparta y me mira de lejos, y lo hace porque sé que él quiere ser así, y como lo quiere, otras veces sólo me pasa la mano por la cabeza y me revuelve el cabello, y me dice: “¡Mi niño!”. Me quiere, y así lo siento. Siento su cuerpo blando como una nube pegado al mío, y me dejo ir, me pierdo en él. Es entonces cuando se despierta la fiera, cuando siento en un punto el latigazo duro de algo insignificante en relación con el volumen de su cuerpo, y todo empieza a ir mal entre los dos. Todo se rompe, él trata de mantenerse dentro de la ternura, pero siento que no puede, y es así como deja de ser mi padre para convertirse en mi pesadilla.

Es verdad que ya no ocurre con tanta frecuencia como antes, como cuando era pequeño. Entonces lo hacía más a menudo. De todos modos la sensación para mí es la misma. Ya no recuerdo cuando lo hizo por primera vez, no sé siquiera si la hubo, sino fue así desde siempre. Sé, eso sí, que lo que describo ocurre desde que tengo memoria.

Mi padre es bueno como el pan, me quiere y me gusta ir con él allí donde va, y que me abrace, sólo le temo a la dureza de ese corazón con forma de puñal que me rompe: que nos rompe.

Ahora que la niebla pasa, estoy apoyado sobre el duro tronco de un pino y no puedo evitar que me lo recuerde, y como me lo recuerda, siento miedo, miedo y rabia. Pero la niebla pasa, se va perdiendo monte abajo. A ella, no hay árbol que no la quiera en toda la ladera, y, sin embargo, también la van acariciando y atravesando crueles las ramas que se encuentra en el camino.

Mi abuelo, como ya dije, se fue en una caja nueva que olía a pintura, me temo que el pobre no va a estar a gusto allí donde este, por muy ¡Dios mío! que se llame. Debí hacerle una caja que oliera a manzanas maduras, a flores secas, a desvanes antiguos, a nubes deshilachadas: le gustaban tanto.

Él, no sé por qué, no me acariciaba, me miraba solamente y sonreía. Él sabía mucho y también me quería mucho, lo sé, quizá por eso no me acariciaba. Pero se murió, como también se murió madre, y ambos lo hicieron cuando más los necesitaba.

A mi madre en cambio la enterraron en la caja que se merecía, incomoda y sin esperanza de poder guardar en ella sus cosas de la costura; y es que no debió hacer lo que hizo y después hacer lo que me hizo: Morirse. Ella fue la que denuncio a mi padre. Yo era entonces muy pequeño. A mí padre se lo llevó la Guardia Civil un lugar al que llaman justicia. Y así fue como me quede con ella y el abuelo, y luego ella y el abuelo se murieron y me dejaron solo en medio de la niebla. Al abuelo se lo perdono, era muy viejo y llevaba mucho tiempo esperando irse a ¡Dios mío!, demasiado para quedarse una vez tuvo ocasión de hacerlo. Pero ella no tenía que haberse ido de mi lado, porque ella no tenía ningún lugar, ni ningún dios a donde ir, su sitio estaba junto a mí: su dios. No lo digo yo, lo dijo ella, se lo dijo a mi padre cuando él le pidió por Dios que no lo denunciara. En ese momento ella le respondió altiva en su maternal coraje: “Yo no tengo otro dios que mi hijo”. No me lo invento, lo pronuncio ella, como quien pronuncia una sentencia, la que luego fue. Claro que él también le prometió que no lo haría más, sabiendo que no podría cumplir, aunque se lo pidiese el mismísimo Dios. Yo se lo pedía a Dios algunas veces, pero Dios…yo qué sé…el caso es que mi padre, pues eso, igual...

Dice mi tía Andrea, muy amiga de decir, que mi madre se murió de vergüenza y de pena, una enfermedad que sólo mata a las madres. Y yo digo, y ahora aún más, que sólo mata a las personas que les encanta morirse. Porque él no quiere morir, él se resiste a morir, respira por ello como la niebla por todos los poros de la piel, y yo lo miro, lo miro sin compasión y me abrazo a él, y siento como su cuerpo de niebla se va enfriando lentamente bajo este manto gris en que me encuentro perdido.

Cuando ella lo denunció también me llevaron a mí, era pequeño, pero me llevaron, lloraba, pero me llevaron, fueron los batas blancas, desde aquel día siento ante ellas una profunda desolación.

Recuerdo sólo sus batas, creo que risueñas, falsamente dulces, terriblemente impregnadas de un olor frío y descaradamente extraño a cualquier olor natural, y tan ajenas, por tanto, a las fuerzas de mi mundo que me daban miedo.

Con ellas de la mano me perdí por tibios pasillos sin final, que se perdían en otros idénticos, flanqueados todos por innumerables puertas también blancas, que daban paso a idénticos cuartos, amueblados como para una pesadilla. Pasillos y cuartos que olían a desinfectante y a algo que me llenaba de pena sin dejarme conocer el porqué.

En esas estancias tibias y repetidas fui, durante días, manoseado sin pudor alguno. Luego comenzaron a preguntarme. Quise callar, y lo hice en todo aquello que me interesó. Me preguntaban si le tenía miedo a mi padre. Y les conteste que no, que mi padre era blando como un puñado de niebla, ellos no lo entendían, no querían, se les notaba a la legua. Para ellos era sólo un jodido energúmeno.

Pude contarles como me abrazaba, como me acariciaba, como me miraba. Como lo hacía como padre y también como lo hacía cuando se perdía en el filo de su navaja y me dolía. Pude contarle todo, pero, para qué querían ellos saber, para qué compasión, para qué solución. Para demostrar su culpa, decían. La culpa, era sólo eso, ¡la culpa!, una curiosidad como otra cualquiera. La culpa les iba a servir a ellos para que mi padre fuese a la cárcel. A mi madre para morirse de pena y a mi abuelo para no regresar jamás de “¡Dios mío!”. Aunque, he de reconocerlo, la culpa tenía en ese momento capacidad de ordenar o desordenar mi universo. Hoy, en cambio, que todo se ha estrellado, que todo se ha roto a mi alrededor, hoy, que piso y puedo oír crujir el camino bajo mis pies, y sé que no son fragmento de retamas ni de arenas, sino de mi vida, hoy digo, la culpa me trae sin cuidado. Y de hecho me trae, y de hecho, soy culpable.

Recuerdo que de noche me asustaba el ir y venir delirante de las ratas y ratones sobre las podridas maderas del falso techo, y a lo lejos el ladrido abrasador de los perros, y ya más cerca, encima de mí, el viejo crucifijo de la cabecera de la cama, lo miraba en la oscuridad y me aterraba. Se lo conté, pero eso no les importaba, para ellos eso no violaba nada, ni madre se moría de vergüenza, ni mí padre iba por ello a la cárcel. Sin embargo, el que él me quisiera tanto durante tanto tiempo y me hiciese daño durante sólo unos instantes, era un pecado terrible. De nada importaba que otras muchas veces él me cogiera de la mano y me llevara con él al campo, y me enseñase a sembrar trigo, que cazara para mí mariposas de colores y que me hablara de los árboles y de los pájaros.

Cuando chupas un caramelo, el dulce te llena amable la boca, no es verdad, pero sabes que irremediablemente vas a llegar al palo, que en algún momento vas a sentir el palo, duro y seco hiriéndote. Y es entonces cuando lo maldices, ¡verdad!, cuando olvidas sin más la otra parte, la buena, o por el contrario te centras en la parte buena, o para ser del todo justo, tratas al menos de situarte en un punto intermedio. Los hombres y mujeres que me invitaban a hablar, a dibujar, a escribir, querían que les hablase del palo, sólo del palo. Pero yo tenía mucho que decirles sobre el sabor dulce de la bola de algodón de azúcar que también estaba. Por eso me calle para siempre.
Les miraba, eso sí, pero en silencio. Quería que vieran, que leyeran en mi alma, por sus propios ojos, lo que yo no podía explicarles con palabras. Pero no vieron. Tal vez no tenían ojos pese a alardear de no perderlos nunca, o estuviera mi alma cuajada de niebla.

Después y como ya he dicho, me devolvieron a casa, y madre se murió, y mi abuelo también, la una de vergüenza y de pena, dicen, y el otro porque deseaba irse a un lugar que él llamaba “¡Dios mío!”. Y yo me quede callado, como un tonto, dicen los tíos y las vecinas, oligofrénico dicen los batas blancas. Pero no me importa, es más, me alegro, porque eso me va a permitir ser niño para siempre. Ser niño es un oficio hermoso. Así podía ir a ensimismarme en las cosas que ocurren en el monte, y de la mano de mi padre a las fiestas.

Pero la niebla viene todos los días, y con ella, cosas nuevas, unas buenas y otras malas. Y mi padre se ha enamorado de otra mujer, una mujer que no huele a madre, que no huele a nada, porque huele a perfume. Una mujer incapaz de morirse de vergüenza. Y según mi padre, quizá tengamos que irnos a la ciudad. Y yo no quiero irme, y se lo he dicho. Él sabe que puedo hablar más allá de un si o un no, nadie más lo sabe, pero él sí. No sabe en cambio que tengo en el bolsillo la navaja del abuelo, ¡no!, eso no lo sabe.

“No te puedes quedar”. Me dice serio, irritado casi, como si ya no fuese él. ¿Por qué?, le pregunto. Me dice: “Porque no estas...”. No se atreve a continuar, él sabe mejor que nadie para que estoy y no estoy capacitado. Me quedó, le digo: “Te vienes”, me responde tajante. Luego se me acerca, y me da un abrazo. Vuelvo a sentir su cuerpo de nube tibia pegado al mío. Me siento bien, tanto que por un momento pienso que quizá debería acceder a ir con ellos. Él me besa con dulzura en la mejilla. Luego sus labios se detienen en mi cuello, siento con más horror que asco, aletear su nariz, y de inmediato, abajo, el ardiente puñal. ¡No!, grito. Pero él no hace caso.
Meto la mano en el bolsillo del pantalón y cojo la navaja. La niebla rueda monte abajo grande y gris como el cielo caído que es. Perdidos los ojos en ella, la abro y siento sobre mi piel el frío relámpago del acero. Él distraído en su locura, no la ve. Muevo hacia atrás el brazo y comienzo a golpear su cuerpo con la aguzada hoja: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis.... Se la clavo hasta que lo siento frío y pegajoso entorno a mí. Lo suelto entonces y cae al suelo como un pesado fardo de niebla. Como lo que ahora es.

A la mañana siguiente vinieron a buscarme tres guardias y varios batas blancas. Pero ahora ya no les tenía miedo, ahora sabía que era dueño de mi silencio, que me era permitido algo más que callar: no saber nada.
En la simple sospecha de que no regía en mí la razón sino la fuerza de la costumbre, me llamaron con la estúpida reiteración con que se llama a un perro o a un gato, buscaban sin duda despertar la atención no de mi razón sino de la costumbre.
Cuando me canse do oírlos, me acerque a ellos despacio, al fin y al cabo sólo quería que se callasen. Recuerdo que me trataban como si estuviera definitivamente perdido, y se conformaban por ello con una mirada cansada y ausente. Ya no soy para ellos ni siquiera un niño, soy sólo un tonto, en ocasiones, peligroso.
José Alfonso Romero P-Seguín.

METAMORFOSIS

METAMORFOSIS
Aún no eran las nueve, hora de la cita, y ya éramos todos horas sonadas frente a la puerta. Hablamos alto, buscando desoír el enojoso zumbido del desasosiego a que aboca la disputa.
A eso de las diez cedió el blanco portón de la productora, y en el reflejo de esa falsa inocencia caímos todos culpables y en natural desorden en una amplia sala de espera. Fijos los ojos en el fondo del pasillo por el que se perdía una nube de agentes acompañados por el director y el productor de la obra, en esa sana armonía que facilita el reconocerse, ellos sí, cada uno en su papel.
Nos sentamos todos los que pudimos, algunos ante semejante trance no pueden nunca, aún cuando sobran las sillas.
Mi representante me había animado a acudir a la prueba en el convencimiento de que los estragos de la edad y los pésimos tragos a que me empujaba el fracaso me conferían cierta legitimidad, cuando menos anatómica, para encarnar al protagonista.
A media mañana, uno de nosotros, ignoro cuál, alzó las posaderas de la silla y se inclinó sobre la mesa donde descansaban un puñado de manoseadas revistas de teatro. Fue en ese instante cuando lo oímos caer, con el sonido justo, ni grave ni agudo. Una vez panza arriba, se quedó inmóvil, como muerto, sus extremidades encogidas y expectantes. Para a continuación comenzar a moverlas lentamente, con sumo cuidado, en un gesto propio de quien indaga tratando de comprender su situación, y busca para ello referencias ciertas que refuten lo incierto de la misma.
A esa secuencia de sutil exploración siguió otra en la que los movimientos de sus extremidades se tornaron bruscos y descoordinados. Y a esa segunda, una tercera, más corta y abrupta, marcada por el más certero de los desequilibrios, el de la angustia: series de giros rápidos y bruscos movimientos oscilantes del cuerpo, los propios de quien se sabe al revés y busca hallarse, lejos ya de la razón, en la azarosa inercia de la fuerza.
La representación se desenvolvía magnífica. Muchos, por pura envidia, yo entre ellos, lo mirábamos con indiferencia, mientras que otros, de la mano de esa misma inclinación, buscaban ignorarlo. No queríamos saber de lo que era capaz. Sin embargo, no todos habitamos aún en esa cruel indiferencia a que obliga la experiencia. La sangre se renueva en la no menos perversa ingenuidad del principiante. Prueba de ello es que un actor joven, concretamente el que se hallaba sentado a mi derecha, contemplaba la escena con suma atención. No había duda, también a él se le antojaba insuperable. Sin embargo, él como todos los demás percibía que tal reconocimiento conduce inevitablemente al desaliento. Por ello no crecía en su rostro el plácido gesto de la admiración sino el agrio rictus de la ira. Y en esa voluntad se levantó decidido y lo pisó con fuerza. Sin dejar de mirarnos desafiante, dejando claro que no admitía reproches. Nadie se los hizo. El cuerpo de escarabajo, en respuesta, crujió leve y húmedo, dejando en el suelo una mancha negruzca y confusa, incapaz de apagar el sonoro zapatazo con que lo había aplastado.
Desconocía el aspirante que un escarabajo jamás va a representar a un escarabajo, pues así lo dispuso Kafka, en el convencimiento de que sólo representándolo un hombre adquiriría éste sentido. No había, por tanto, y a pesar de su talento, peligro de que pudiera robarnos el papel. Pero quien esté libre de pecado que arroje la primera piedra, yo a su edad había aplastado con la misma fuerza y rabia una mosca que, posada sobre una sucia cristalera, interpretaba magistral, en el aburrido ritual de asearse la cabeza, la desesperanza del joven príncipe Hamlet.
No consegui el papel, pero aprendí que no es tanto lo que hagas o cómo lo hagas, que el secreto está en acertar a ser el insecto que ha imaginado el director para representar al hombre que hay en todo personaje.
José Romero P.Seguín.
(Públicado Diario de Arosa)


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GÓTICOS

No quisimos hacerlo, me despierta el grito de esta pesadilla que ha tenido el mal gusto de vestirse de uniforme y asirme por el hombro obligándome a mirarle a los ojos; unos ojos terriblemente blancos, como…,sí, justamente como los de él, como los de ese inoportuno ciego que nos miraba con la abrumadora  atención con que lo hace un paisaje nevado. No quisimos hacerlo, le advertí que diría, él respondió sonriente: “Di mejor lo hicimos porque quisimos, suena más sincero”.  No le respondí, era cierto. No obstante, a la hora de la verdad me decidí por el silencio; el mismo que leí en los enormes y desmayados ojos del ciego. Ojos sin equilibrio que iban y venían a su antojo bajo sus inquietos párpados, escribiendo en su blanca agonía una absurda letanía de casuales miradas.

La verdad es que todo había ido bien, hasta que apareció él precedido del molesto e inquietante tintineo de su bastón.  Yo quise dejarlo, pero Petro se negó, y no sin razón, porque lo cierto es que estaba todo minuciosamente preparado para la culminación de nuestro sueño: la cámara fotográfica sin lente, con la que asegurarnos que nadie a excepción de nosotros iba a guardar memoria de aquel especial momento; el rojo paraguas abierto como un cielo incendiado, y todos y cada uno de los restantes elementos para  llevar a cabo el ritual con el que probarme que me amaba más allá de la razón.  Me lo dijo el día que se declaró: “Te amaré como a una diosa griega, como a Perséfone –preciso -”. No lo creí, pero esbocé una lacónica sonrisa de satisfacción. Me pidió: “Nombra una ciudad”. Sebastopol, dije, y él respondió: “Pues ese será el lugar donde ofrecer sacrificios por los dones de tu belleza”. Que antiguo, pensé, pero sus ropas como las mías al más puro estilo gótico le revelaban más que eso, romántico. Volví a reír, ahora sí, cómplice. 

“Pide un deseo –dijo-”. Un deseo, repetí, para añadir, bailar una balada triste bajo una lluvia de sangre. Era un juego de amor y debía estar a la altura, y lo estuve. Soñé, sin cerrar los ojos, dos pálidas siluetas vestidas de negro en medio de un rojo paisaje. Así lo imaginé, así de imposible y extrañamente excitante. Dos espigadas y melancólicas sombras de ciprés danzando en mitad de un campo cuajado de amapolas. Dos lirios negros caídos en el cielo bermellón de un enigmático lienzo.No volvimos a hablar de su promesa hasta el día en que envuelto en un halo de tristeza, me confesó: “Deberíamos dejarlo, Sebastopol está tan lejos que no alcanzo ni a soñarlo.  He consultado mapas y hay tantos y tan lejanos, que no sé si podré cumplir tus deseos”.  Yo ya no recordaba Sebastopol ni aquella melancólica petición, pero me pareció tan tierno y tan próximo en su debilidad, que no pude sino decirle, Sebastopol está para mí allí donde tú estés: “¿De verdad? ”, preguntó él. Sí, respondí, y siempre lo va a estar, te lo juro por esta negra cruz que tatúa mi corazón.  Él la besó con dulzura, tanta que hechizó el reproche que reclamaba su atrevimiento. Y es que al roce de sus labios los latidos de mi corazón se hicieron más que evidentes en el firme contorno del seno.  Mi corazón se conmovió en una mezcla de deseo y temor, porque los juramentos me sobrecogen tanto como los sueños. Los barrotes están fríos, la cara roja y entumecida después de haberme quedado dormida sobre ellos.  Por los pasillos deambula un guardia serio y uniformado: “Tus padres no tardaran en venir a buscarte”, me anuncia, después de zarandearme como en una pesadilla de ojos blancos, los suyos son castaños, tanto como los de la más común de las mentiras. Pero sus rudas y grises palabras no miente, ellos vendrán, claro que lo harán, y me llevarán a casa, y allí podré lavarme y morirme de pena, porque tal vez no le vuelva a ver, ni pueda llevarme a ningún sebastopol donde adorarme con un sacrificio acorde con la belleza de mis sueños. Lo sé, como también sé que no van a entender lo que ocurrió. Cómo poder entender que Petro, mi extraño y sombrío acompañante, del que desconfían y al que niegan el menor atisbo de generosidad o romanticismo, fuese capaz de tan sublime esfuerzo.La invariable profecía se cumple, y como siempre, más allá de lo necesario, mis padres, todo formalismo, no se conforman con venir a buscarme tal como estaba dispuesto, sino que me abrazan con asco, no en vano la sangre que me mancha sigue siendo pegajosa y oliendo a salitre aún después del terco ritual de purificación del río.  Me miran y me abrazan sin acabar de creerse lo que el policía acaba de contarles. No me lo dicen, pero lo sé, su espanto y repugnancia se puede leer en la crispada mueca que aguza su desvaído rostro.  Están más que horrorizados, tanto que los siento asquerosamente vivos. Siento ganas de matarlos, y quiero pensar que no es difícil, que una certera palabra bastaría para que ambos cayeran fulminados. Estoy tentada a pronunciarla, pero algo me retiene, es sin duda su terca e indigna propensión a aferrarse a la vida por encima de los merecimientos de ésta. Sí, lo mejor es callar, no ahondar en la indiferencia, al fin y al cabo tengo la certeza de que ellos son incapaces de morirse dignamente, por la sencilla razón de que son incapaces de rebelarse, yo, sin embargo, estoy muerta porque soy  rebelde, esa es la razón que separa y resguarda nuestros respectivos mundos.“¿Cómo pudiste?”, atina a preguntar ella, acomodando el llanto a las ganas de querer saber. Me gustaría responderles,  hacerles saber y comprender la belleza de lo que sucedió, compartir con ellos la infinita emoción de aquel deslumbrante y generoso gesto de amor, pero sé que no lo van a entender. Ellos, como la jirafa o el ciego no lo van a entender jamás, además, ese es nuestro momento, tanto que no puedo evitar rememorarlo: Una vez en el interior del zoo, buscamos el recinto de la jirafa, no fue, por razones obvias, difícil el hacerlo, una vez allí, él, depositó con sumo cuidado y pegadas a la media valla del recinto donde la tenían encerrada, las frescas ramas de acacia que escondía bajo la capa.  No tardo ésta en venir tan elegante y señorial, como golosa y confiada, con la intención de comerlas.  Quizá las olió antes de verlas. Después de adoptar una postura de mariposa rota, bajó la cabeza y alargó su enorme lengua buscando las frescas hojas, y fue justo en ese instante cuando Petro elevó sobre el cielo gris la reluciente catana, para de inmediato asestar un certero golpe sobre el cuello del animal. El golpe seco y amortiguado se vio incendiado por el fugaz pero vivo relampaguear de una leve chispa que produjo el resplandeciente acero al chocar, después de seccionar limpiamente el cuello de animal, con el oxidado hierro de la valla. Luego se oyó lejano y grave el liviano tintineo de la pequeña cabeza sobre la grava.  El animal se incorporó todo lo rápido que pudo, llegando a erguir totalmente el decapitado cuello.  Vista así resultaba más que grotesca, inacabada, y más que dolida, asustada, quizá más que por la decapitación de la que nunca fue consciente, por el chasquido del acero del arma con el hierro de la valla, el último sonido de su vida. Hasta ese momento de la herida sólo habían caído dos leves hilos de sangre.  Estaba previsto, era lo lógico, por eso segundos después de haber alzado totalmente el cuello, el retículo admirable entró en función, y como si de un géiser se tratase, manó de la herida un inmenso y violento chorro de sangre que se iba abriendo a medida que subía para luego caer como un profuso aguacero enrojeciéndolo todo a nuestro alrededor. Bailábamos  cobijados bajo el rojo paraguas al ritmo de los enlutados acordes de una balada triste, con la que pretendíamos detener el tiempo y remansar todo cuanto había a nuestro alrededor en una extensión sino blanca si al menos cenicienta, con la que dar el contraste indispensable a nuestro sueño de sangre y silencio.  Mientras, la jirafa no dejaba de girar en torno a sí queriendo comprender; y el ciego desojado de nacimiento, iba y venía como un borracho moviendo sin cesar sus inquietantes ojos blancos, tratando, como el agonizante animal, de entender el porqué de aquella pegajosa lluvia, a la vez que  musitaba llamándola inútilmente con melosa voz de degenerado: “jirafa, jirafi, jirafita”. Viéndolo así, confuso y empapado de sangre, sus ojos se tornaban dos soles de melancólica pureza, tanto que arrebatada de pasión, le susurré a Petro, tengo miedo, miedo de olvidar el color de esos ojos, tanto miedo que no sé si podré volver a pensar en otra cosa.Cuando la jirafa se derrumbó, Petro me invitó a caminar hacia el río, donde purificarme.  Antes de perderme en el primer y último recodo del sendero, camino a mi destino de diosa, me di la vuelta y vi a Petro entregando al ensangrentado ciego la cabeza de la jirafa, y como éste, la palpaba con avidez,  no exenta de cierta ternura.Fue la última vez que vi  a Petro, la policía me detuvo a la orilla del río con mis negras ropas y mi cara blanca salpicada de sangre, y llevando atada al cuello la inservible cámara fotográfica y en la mano el rojo paraguas teñido ahora de sangre y de ganas.Hoy, un mes después, he recibido un paquete postal, al leer el remite el corazón me ha dado un vuelco, quizá esté más viva de lo que deseo, el nombre del remitente y parte de la dirección me resultan  desconocidos, no así el de la ciudad, Sebastopol. En su interior hay un frasco de cristal con tapón de corcho lacrado en rojo, y dentro de él, como en un acuario de increíble transparencia, flotan eternamente desacompasados dos enormes e inquietantes ojos blancos. Los imagino engarzados en el ámbar de un corazón disecado, sin querer saber que estoy pronunciando con ello un nuevo deseo.Fin. JOSÉ ROMERO P-SEGUIN 

ELECTRA

ELECTRA  
 
 
Que fue lo que perdimos que aquí
tanta falta nos hace.
 
Una vez más se levantó a mirar a través de la ventana.  Afuera llovía con la misma fuerza que lo venía haciendo desde varias semanas atrás y comenzaba a anochecer.  Cuando volvió a la silla Mitropoulos ordenaba los primeros acordes de aquélla ópera sin obertura que venía del silencio para llenar la habitación.  Cerró los ojos y pretendió olvidar el miedo que sentía o por lo menos apartarlo momentáneamente de sí.
A mediodía habían salido Jaime y Rosario para contactar con los lideres del sindicato y todavía no habían vuelto.  Estaba nervioso.  ¡Que asco tener que vivir así!.  ¡Que duro deshacerse las uñas (sentirlas dilaceradas) contra un muro de hormigón sin ver resultado alguno!  No obstante,  el miedo sólo le confirmaba que todo lo que fuese factible hacerse era necesario y había de ser hecho para librar a todos de esos hijos de puta.
-¿Dónde se habrán medito estos?  Capaces de pararse en algún pintajo y allí mismo detenidos.  Capaces,  capaces de cualquier chavalería.  Mil veces se lo habré dicho.  No saben lo duro que es este juego,  es mucho lo que se gana ¡joder!  Imagina,  no sólo hablar en libertad sino tenerla.  Pero un descuido y te sales del raíl,  y adiós...
"A tener cuidado chavales,  a mirar por donde se anda y qué se dice,  ni una oportunidad os van a dar",  les había dicho cuando bajaron para irse bien cubiertos para escapar de la lluvia.  Ahora en la espera angustiosa imagina fragmentos aciagos de futuro,  los que siempre nos imponen el pesimismo y el miedo.
Bebió e intentó de nuevo encender la pipa pero la llama de la cerilla no encontró más que ceniza.  Orestes,  la misma Electra y los demás seguían ocupando el espacio y por momentos lograban apartarlo de la situación, situarlo desde el pentagrama y sus agudas voces sobre todo lo que estaba ocurriendo.  "Los del sindicato tienen sus propios intereses,  tampoco de ellos va uno a poder fiarse.  A algunos de esos ya me lo conozco yo no está en la policía porque no dio la talla pero falso como que más".
Golpes en la ventana lo sobresaltaron.
Abrió la puerta.  Era Moro.  Nada sabía de los otros pero traía malas noticias.  Venía de la parte Este,  del barrio del Carmen casi a las afueras,  con vagas noticias de la represión de la manifestación.  Había podido oír disparos mientras huía.  ¡Que jodidos y qué necios los que defienden tal estado de cosas!  Moro traía mala cara,  como de saber más y callárselo,  como de miedo.  Era esa mirada de susto,  más por lo que esperaba que por lo que había visto,  que de forma inconsciente fácilmente se deja transparentar,  nos va cubriendo el rostro y afectando a los gestos hasta hacerse patente e invariable.
Estaban en silencio escuchando el llover sin tregua y la música entrecortada y las voces agudas que todo lo llenaban.  Esperaban.
La noche ya era total en las calles.  La cuidad era luces,  llantos e impotencia que se hacía,  si ello era posible,  más patente cuando se traspasaba la hora del toque de queda.  Y ya era,  y ellos todavía fuera.  El miedo evitaba poder pensar con claridad.  Todo salía mal.  "¿Por qué todo se retuerce?"
Estaban en silencio aún.  Él no temía el hecho en sí de morir sino el sufrimiento,  los pesares,  el dolor.  Él antes de volver a la cárcel prefería morir.  Moro antes que cualquiera de las dos huir,  aún a pesar de tener que dar por bueno (o ignorarlo) lo que ocurría desde que comenzaron a tener que esconderse.
De todas formas la decisión parecía la idónea,  la menos mala.  El sindicato podía ayudar,  todavía tenía fuerza aunque no fuese de fiar,  la gente los escuchaba y lo primero,  si había que volver a lo práctico,  era lo primero.
Afuera seguía lloviendo y reinaba un extraño silencio difícil de descifrar.  Se preguntaba por qué sobre él había recaído aquella responsabilidad que no buscaba.  No había regresado de Europa para aquello pero alguien tenía que hacerlo.  Bajó Luisa del piso de arriba y le rodeó por detrás con los brazos a la altura del cuello.
Moro en la ventana.
-Nada,  llueve,  buena noche para pintajos.
-¿Y para qué los pintajos?  Para nada.  Tiene que correr la sangre sino la gente no oye, no ve, no sabe de nosotros,  y si no te conocen no eres nadie.  Una gota de sangre vale más que todo lo que seas capaz de pintar por toda la ciudad durante toda una noche-  Decía mientras se apartaba de Luisa y llenaba el vaso con ese licor trasparente que tomaba sin hielo,  frío era lo que sobraba.  Por primera vez comprendió que ellos ya no volverían.  Luisa volvió a abrazarlo,  lo besó.
Crujió la puerta y se abrió como reventada.  Entraron y golpearon y tiraron las estanterías y a patadas destrozaron todo lo que encontraron a su paso.  Él y Luisa fueron sacados a empujones.
-¡Moro!,  ¿qué cojones has hecho?-  grito y un puño le cortó la respiración-
Moro se quedó allí mismo,  junto a la ventana como estaba,  sentado en el suelo.  Una mima voz acompañada de música sonaba repitiéndose desde el disco rayado. Moro tenía mucho que perder,  su vida y la de los suyos.  No había llegado de Europa,  aquí había estado siempre desde siempre a pesar de la miseria,  sabía aguantar y perder algo para no perderlo todo.  El lunes había estado en Comisaría....Aún sabiendo justificarse no pudo evitar las lágrimas.
Antonio Romero Pérez

 Hermano en la sangre y en la palabra.

EL ÚLTIMO TREN

EL ÚLTIMO TREN          La lánguida y amarillenta luz del compartimento cae derrotada sobre nosotros, dando a nuestros oscuros ropajes y nuestra rugosa piel una gravedad cuando menos inquietante.
Sara duerme plácidamente con su cabeza apoyada en mi hombro, como tantas otras veces, como siempre, el movimiento y mi hombro son para ella garantía suficiente de poder vivir sin que el miedo la mate. Mientras, yo me arreglo para seguir escribiendo un cuaderno más de este vivir nuestro de estaciones intermedias y ajeno a cualquier destino.  El nuestro no es llegar, llegar es una palabra que no figura en nuestro dialecto de eternos viajeros.  Quién lo iba a decir de nosotros, dos sedentarios natos, pero al final todo se dice, hasta lo imposible de pronunciar, y es que al final no somos sino lo que los demás pronuncian, pero eso no lo aprendimos hasta que nos fuimos criminalmente pronunciados.  Antes nos creímos invulnerables, no en vano éramos tan jóvenes como estúpidos.
Como lo debe ser ese joven que tengo sentado frente a mí y que al menor descuido se roba con una ingenuidad que me maravilla la mirada del libro que está leyendo, y trata de leernos, de algún modo pronunciarnos, pero ahora, lo sé, con cierta pena, no en vano somos dos viejos a la sombra de una luz a la que le resulta imposible ocultar nuestro ancestral y peculiar cansancio, el que sin duda imprime el ir continuamente de un lugar a otro sin otro afecto que el de cambiar de tren, que el de retomar el viaje.
En algún momento, aprovechando un cruce de miradas, me va a preguntar algo, lo sé. La sospecha se cumple de inmediato, el joven baja la voz y pregunta: “¿Un largo viaje?”. Si estuviera ella despierta me acompañaría en la complicidad de una sonrisa, pero ella duerme, debo ser yo el que responda y lo hago sin excesiva convicción, bastante, sí bastante.  Podría haberle dicho, 59 años con sus 365 días más los de los bisiestos, pero eso sonaría a senil excentricidad, y él no desea pronunciarnos así, él desea hacerlo con lástima.
Además, qué trayecto soportaría explicarle a alguien que llevamos viajando más de tres cuartas partes de nuestra vida. Que hemos recorrido todos y cada uno de los kilómetros de vía férrea que recorren la geografía de la vieja Europa, y las arterias principales de buena parte de Asia. Si lo hiciera, él esperaría una historia interminable, y más tratándose de un viejo, pero le defraudaría, lo sé. Porque la razón, es miedo a detenernos, sólo eso, y la razón de ese miedo, el huir de un mal presentimiento que se hizo un día realidad y que nos obligó a creer en todo lo que no habíamos creído antes, a rogar a los cuatro puntos cardinales, a jurar en nombre de virtudes de las que aún no disponíamos, y en un último momento, a expresar un deseo que se nos hizo realidad, marcando a fuego de raíl el sendero de nuestras vidas.
Hacía unos días que nos habían detenido, después de que alguien denunciara nuestro escondite, y cuando ya las tropas aliadas cercaban Berlín.  Fuimos conducidos con otros muchos, demasiados todavía para la sistemática brutalidad de aquella feroz persecución, al interior del sucio vagón de un tren de mercancías, tal vez de ganado. Todos sabíamos por la estrella trapo que nos cosieron en la solapa, cuál era nuestro destino, Dachau. Y lo era, pero cuando el tren se iba a detener en la estación de Munich, la encontraron tomada por las tropas Rusas, y el tren tuvo que seguir, y ya no se detuvo, y fue así como aprendimos que para huir del horror no había otra posibilidad que la de impedir que se detuviese, y no lo hizo ni lo va ha hacer, al menos mientras Sara y yo vivamos.

JOSE A. ROMERO P.SEGUIN

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