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GRÂNDOLA LITERARIA DE JOSÉ ALFONSO ROMERO P.SEGUIN

POEMAS

AMANTES PERDIDOS

AMANTES PERDIDOS

 

 

Los tifones esconden canciones de amor

en las yermas y olvidadas caracolas,

que moran en las cuencas vacías

de los náufragos silentes.

 

Las algas, milagrosas vestimentas,

rodean con mimo

sus masculinas siluetas.

 

El mar, ciego de amor

va con nacarado empuje en su búsqueda,

como antes busco a otros,

 como siempre ha sido.

 

El mar, ese eterno enamorado

entregado al constante

desvarío de extraviar

una y otra vez a sus amantes.

Deshoja en la locura de su desenfreno

 los leves pétalos de sus naves,

hasta hundirlas en el seno de su pasión.

 

Y corre luego a lomos del viento

todos sus rumbos y caóticas orientaciones,

 buscándolos,

queriendo hallarlos allí donde los dejo,

pero no los encuentra.

 

Porque éstos habitan ya

en el frío de sus abismos,

convertidos en tristes

 recuerdos que desde la faz de la tierra

mueven misterios hilos

de afectos y compromisos nunca delegados.

 

Y como lo son, amante sin derecho al olvido,

triste memoria, digo,

nada puede el mar hallar en ellos

que no sean sino amargas sombras

de otros amores,  de otras pasiones.

 

Amarillece el sol en la penumbra

de las turbios profundidades,

y los náufragos cazan medusas

como en la tierra sus hijos mariposas.

 

Y de tarde en tarde escriben unos y otros,

sobre los arenales de sus hondas penas,

tristes poemas de amor,

que sólo saben descifrar los caballitos de mar,

esos hijos bastardos de los hermosos unicornios,

de cuyo semen se apiado dios

en un día tormentoso,

preñando con él la posibilidad

que dio a su vez su fruto

 en esa mínima pero hermosa expresión

de frágiles gigantes,

capaces de dar en el ensueño de su danza

sentido a la inmensidad.

 

Quisieran los naufrago gritar,

gritar tan fuerte que la luna

desistiese de jugar a las mareas,

pero su voz no es azul, ni está llena,

ni es cuarto menguante, ni es por supuesto nueva.

Su voz es, por el contrario, vieja, agreste y fría como los corales

de un arrecife petrificado de nácar y cal.

 

Blanquecinas barreras de corales muertos

que sueñan ser un día bulliciosos pueblecitos blancos

anclados en las humildes orillas de la esperanza.

 

En los acerados ojos de los tiburones

brillan desvaídas de puro bruñidas las almas

de los náufragos más valientes,

esos que antes de entregar

la flor de su intima marea,

fatigaron millas de agua buscando una balsa,

como en tierra un corazón amante.

 

El horizonte es en el mar un destino

incierto e imposible,

como el amor en el corazón del

naufrago que canta sin cesar:

“Te jure amor, amor,

pero mi amor es un golpe de sal

que hiela las palabras

con que busco saludar tu memoria.

 

Prisionero del mar te querré

toda la vida

sin querer,

porque aquí no hay piedad

ni para el desamor ni para el olvido.”

 

Ya viene el mar buscándote,

lo oyes corazón dormido,

viene, loco, furioso y altivo.

Ya viene gigantesco el amante

buscándote sobre las olas,

y tú aquí abajo,

silencio de caracolas rotas y de sirenas dormidas,

engalanado de grises transparencias 

y algas danzarinas.

 

Grita, grita una y otra vez,

no te rindas,

que el perverso amante gime ensordecedor,

pero la voluntad de amar

es voz divina que sobre él se eleva,

y quizás, oyendo tus lamentos se apiaden de ti,

divina voluntad del mar,

las olas

que gustan florecer los arenales

con los restos de tanta pena consentida.

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JUEGO DE ESPEJOS

JUEGO DE ESPEJOS

Dios, ese Cristo me mira,
sé que con compasión,
pero me mira,
y yo Dios
no soy capaz
de sostenerle la mirada
a ningún Cristo,
porque yo, Dios,
yo,
soy él.
¡Dios, Dios!,
él,
¿me escuchas?,
¿me entiendes?,
¿me oyes?
¡Dios!
¿estas ahí?
Te digo a ti,
que no me miras,
que no me escuchas,
que no me quieres
por hijo.
A ti, sí,
a ti,
Dios,
que has permitido
que ese Cristo me mire
con compasión,
en la sombra
de mi imagen
al fondo de este sucio
espejo de estación.
Dios,
te digo que soy Cristo,
y tú callas,
la cruz es tu respuesta,
lo sé.
Dios, tu silencio
se hace pedernal
en los sucios espejos
de las sucias estaciones,
pero yo sé que tú sabes,
que no miento,
que yo soy
él,
mirándome con compasión
en esta hora impar
del calendario solar.
Yo Dios, yo,
soy también él,
pero,
¿tú eres acaso tú?
El silencio denuncia tu ausencia,
el dolor te niega,
la pena te difumina,
la alegría te desmemoria,
la sangre te ignora,
la razón te discute.
Estas solo,
frente a frente con la fe
y tu rebaño de pastores.
Mientras,
los templos vacíos
dan sólo testimonio
del hombre,
del Cristo,
de mí,
sí, también de mí,
aun aquí,
ante este sucio espejo
de estación.

EL ÁNGEL DERRIBADO

Sin sexo, sin ángeles, ¿qué soy?
me pregunto a gritos,
y me respondo para el cuello de la camisa
pero la camisa es sorda como mi yo.

Y vuelvo a instalarme en la duda
y la duda me arropa como a un niño,
el que soy, huérfano de yo
y sin ángeles a mi alrededor.

¿Me habré muerto
aquel día que aún no se cumplió
en el calendario?,
¿o en un día cumplido ya
en todos esos calendarios
con que se mide el hastío
y la paciencia de los hombres?

Cabe la posibilidad,
¡maldita sea!, siempre cabe algo,
que resucite,
que haya resucitado sin saberlo
y sin saber camine por la vida
escupiendo el don más divino
que se nos ofrece
como si fuese un monigote de paja
que se me atraganta y me provoca arcadas
de colores grises.

O será que soy de la estirpe de los malditos,
de los endémicos desagradecidos
que no hallan consuelo en el arraigo
sino que arraigan desconsolados
todas las soledades de las mareas perdidas
en las ubres de las vacas del sol puesto.

Esas que amamantan con leche de penumbra
las bocas de los voraces días de este mar erguido,
que por las faldas de las montañas avanza
sembrando de humedades pajizas
los guijarros más relucientes
de las montañas derruidas.

Pero no, lo que de verdad debe haber sucedido
es que aún no he nacido,
que habito aún en la paladar
de un dios sin placenta
que nos alumbra pronunciándonos
en un nombre exacto y secreto.

Un nombre por el que después no ha de llamar
a un aquelarre de perros sin collar
y sin ganas,
para oírnos contar, quejumbrosos,
historias brutales y complejas,
contar con aliento de almejas moribundas
que se abren y cierran en el fangoso arenal
de su pena.

El futuro para quien lo quiera,
el presente para el que lo reclame,
el pasado para vosotros que creo que estáis ahí
devorando mi sombra con la unción de un devoto
bajo la falda de un nazareno.

Al final creo que voy a inventar la nada
y seré famoso en el edén de los nardos liofilizados
de penas plausibles y vanos esfuerzos.
Escondo de todos modos, aquí,
envuelta en mi camisa,
una navaja
por si el cielo es una taberna
y el trato agreste y bronco
como lo es en las de todos los puertos del universo.

Una navaja con la que cortarle las alas a algún ángel
y derribarlo sobre la faz de la tierra,
para que cuando nazca este a mi servicio,
en este mundo donde el yo calla cobarde
y los ángeles se nos vuelan como mariposas
al cruzar las calles, al doblar las esquinas,
y también en la melancólica mirada de nuestros desatinos.

Lo terrible puede acaecer si le fallo y no nazco
y me quedo allí de donde lo expulse
y él se queda aquí sólo y sin compañía,
y le pide a dios que le cambie su alma
por otras alas, y dios no lo escucha,
porque dios es sordo a la llamada de los ángeles,
y llama a la puerta del infierno y se la vende
al diablo,
ese angelical coleccionista de almas
que arrojó un día otro cobarde
para una cita a la que jamás acudió.

CUANDO ESTÁ EN JUEGO TU BOCA

CUANDO ESTÁ EN JUEGO TU BOCA




No debieran dormirse los ángeles
cuando está en juego tu boca,
cuando tu boca está jugando.

No debieran dormirse los ángeles
en el juego de las palabras
en la derrota de las bocas.

No debieran dormirse los ángeles,
como no te duermes tú,
palabra de mi boca
boca de mi alma.

Pero los ángeles se duermen,
olímpicamente indolentes
yacen dormidos
en las vísperas de toda celebración pacífica.

Lo han hecho siempre,
para no ver la maldición
de bocas rotas y sangrantes,
que penden ciegamente colgadas,
como las resecas y desgoznadas puertas,
de todas esas ruinas,
tras las que habita hoy
escondida y temerosa, la paz.

Camino por territorios asolados,
no es un sueño, lo sé,
lo sé pese a que lo sueñe,
donde sólo ondean en una sola pieza
los miles de malditos estandartes
con que nos hemos ignorado sin tregua,
y saludado la ignominia de tanta y tanta victoria,
la infamia de tan vana y reiterada gloria.

Los secos chasquidos de sus recias telas
apagan el llanto de la soledad
que vela a los muertos,
esos muertos cuyos cuerpos
se han de pudrir
sobre la faz de la tierra,
sin que nadie se digne en cubrirlos
con un puñado de ella.

Sus ojos, desjuntados de falsa alegría,
verán transitar sobre su opacada transparencia,
pedazos de azulísimo cielo
y negros nubarrones de crueles tormentas.

Creerán vislumbrar en ellos
la esperanza de la alada carroña
que a su socorro viene,
pero se equivocan,
son sólo pardos presagios de nuevos tiempos
de desatención y miseria.

Los seculares ángeles
se han dormido siempre,
y hoy que está en juego tu boca,
que tu boca está jugando,
se vuelven a dormir,
y ya no voy a gritar intentando inútilmente
despertarlos,
sino que iré hasta ellos,
les robaré sus flamígeras espadas
y pie en tierra
lucharé hasta la victoria
de una paz sin miedos ni ruinas,
sin dolor ni estúpida armonía,
una paz de todos, digo,
en la que sin hipocresía todos digamos,
esta boca también juega,
como tu boca, como la suya,
como la de él, como la mía…

Esta boca que jugando
al juego de las generosas verdades ardería,
no se ha de conformar con el silencio
de esos indolentes ángeles dormidos,
en el cielo de la boca del divino.

Sino que ha de resucitar hecha hombre,
para que, boca a boca,
los ángeles se tornen por una vez
y para siempre,
en las precisas palabras,
del impreciso y precioso juego,
de nuestras bocas.



EL ÚLTIMO NOMBRE DE LA AUSENCIA

EL ÚLTIMO NOMBRE DE LA AUSENCIA EL ÚLTIMO NOMBRE DE LA AUSENCIA

Cumplida aquí nuestra presencia,
las manos se nos llenan
de delirantes y convulsas sombras,
reflejos de trabajos y orígenes remotos.

Oscuros dibujos de cabalísticos presagios,
tatúan para un suspiro,
el magnánimo espejismo
de esa metafórica alma que se aleja
de donde nunca estuvo.

En el pecho,
el corazón exhala el milenario grito
de tan atávico ritual.
Cuántos son los que han muerto,
pues en tantos, imperecedero e invariable
el destructor alarido
que rige sin misterio los destinos del universo.

El rostro se marchita para siempre
en la melancólica catarata de tristeza
que opaca los ojos,
a la par que se acalla todo rumor
en nuestra entrañas,
para que el sepulcral silencio
dicte por terceras bocas,
su implacable sentencia,
¡muerto es!

Le llamamos muerte
al hecho en sí de ausentarnos,
y nos da tanto miedo y tanta pena,
que nos pasamos la vida ausentes
por la angustia
de tener un día que ausentarnos.

Morir, sería una magnífica disculpa
de la culpa de no vivir,
si no fuese un imposible
pensar en huir de esta culpa sin culpa
ni disculpa, que nos culpa a vivir.

Y es por ello
que hemos inventado la muerte
con la que equivocar
accesibles y cercanas calles,
estancias y corazones,
con lejanos y herméticos universos,
para tener así la esperanza
de que un día nos morimos,
aún sabiendo
que la muerte es sólo una forma más
de ausentarse,
de estar ausentes.

Otras serán entonces las realidades,
otras las conciencias.

Pero eso a quién le importa,
si no morimos, ¿qué somos?,
si sólo nos ausentamos
¿de qué estamos hechos?

Si en verdad sólo estamos ausentes
¿cuándo volveremos a ser
eso que ahora somos?

¿Si somos irremediablemente eternos
de qué vale la eternidad
que con tanto desatino y trabajo
hemos ido forjando
a la sombra de nuestras esenciales miserias?

Hemos de morir, aún sólo en el vano
acto de formular tal deseo,
para que sea
en nuestro débil ánimo,
definitiva la ausencia,
esencial la memoria
y posible el consuelo.

DÚOGRAMA

DÚOGRAMA
DÚOGRAMA

1
La música es el alma del viento,
el viento es el alma del tiempo,
el tiempo es la música de la eternidad.
2
La música,
se escucha como la lluvia.
Se escribe como la lluvia.
Y se siente como la lluvia
caer en el alma.

CIRCULARIDAD

Sabiéndonos cercados
por el fuego de la pasión,
nos miramos a los ojos
y turbados nos reconocemos,
bajamos los ojos para volver a mirarnos,
y ya no somos nosotros.

¿Dónde hemos ido?,
¿dónde estamos?,
¿quién gobierna nuestros destinos,
ahora que no somos nada
de lo que éramos
y tanto de lo que fuimos?

La respuesta se hace precisa en los gestos,
esplendorosa en el ritual:
se tensa la mirada y eriza la piel,
la lengua humedece los labios,
la nariz aletea y se ensancha levemente,
y el corazón se nos vuela a la boca.

Se hace entre los dos
de seda el espacio,
y cae el tiempo en el olvido,
a la vez que los besos
envenenan poro a poro
la vasta y encrespada extensión de la sangre.

Ya somos, por fin somos, somos tanto,
que sentimos la hoguera del deseo
quemándonos muy dentro,
quemándonos por fuera, quemando el aire
y prenda a prenda todo cuanto
a nuestro alrededor ondea.

A su llamada,
una veintena de misteriosos
y enardecidos guerreros,
gritan: “A las caricias”,
y en desigual lucha
derrota la pasión a la ternura.


Consumada la debacle
la fortaleza yace derribada:
saqueados sus tesoros,
vaciados sus dones,
quemadas sus naves,
emergen olímpicas sus ruinas.

¿A dónde iremos ahora
que el tiempo
se ha ausentado,
y el espacio detenido
en el cuenco durmiente
de nuestras enardecidas sombras?

La pasión que nos sostenía,
era un gemido animal,
un esfuerzo sobrenatural,
la paradoja perfecta
en la abrasadora catarsis
de la ilusión.

Pero como todo gemido
se ha acallado,
como todo esfuerzo agotado,
como toda paradoja
fatalmente confluido
con la realidad.

Una realidad que no soporta prosa ni arrogancia.
Que se asienta en la debilidad,
en la fragilidad,
en la inconstante habitabilidad de lo impreciso,
con un único objeto,
el de permitirnos recobrar fuerzas
para otra suerte de locura.

Pobres y solos vagamos
por el fantasioso territorio de la somnolencia,
buscando qué, treguas, sólo eso,
tiempos de paz
a los que gobierne la quietud
y anime la más pura intrascendencia.

Sobre la pálida extensión de la cama no somos
sino voluntad de no ser,
de permanecer suspendidos de esa vaga sensación
que ofrenda el ser derrotado por la pasión,
el sentirnos apetitosos a ella, el sabernos útiles para ella
y en ella esplendorosamente capaces.

Figurarán nuestras lascivas siluetas
en sus magníficos blasones
y honorables escudos,
caídos sin cobardía
y sí mucha arrogancia
bajo los cascos de sus alados caballos.

Y será nuestro orgullo
tanto más fuerte
como fuerte sea el afán de la derrota,
porque en las guerras que libramos para tal ánimo,
la recompensa no puede ser
sino el más fiel de los vasallajes.

En la conciencia de que más pronto que tarde
se impondrá la más dulce de las corduras,
y volveremos a tener lejos
del voraz apetito de su alma,
la fuerza necesaria para extender la mano
y acariciar sin fuego la piel del amante.

Sintiendo la tibia luminiscencia de su tacto
como el más sublime
de los perfumes,
como el más firme de los trazos
con que se escribe y engalana
el estremecido amor.

Y es entonces,
cuando esa, y también la otra,
y todas las palabras y todos los gestos
recobran su original sentido,
y vuelven a ser precisos los rumbos,
y plena la existencia.

Pues todo cuanto a nuestro alrededor pervive,
se torna certero
en la casualidad de lo posible,
y en esa cabal escala
se hace a su vez de la medida
de nuestros ojos.

Y así, felices de sabernos capaces
de tal locura,
atinamos a ver allí donde no hubo
sino voraz presencia,
la sutil y cabalística percepción
de la oculta huella del latido y de la sangre.

Y en medio de tan proceloso mar,
tiritando fortaleza en el vaivén de su etérea grandeza,
hallamos la majestuosa sombra
del más hermoso velero del alma,
el de esa infinita ternura
que encarna siempre esta suerte de pereza.

José Romero P.Seguín.

ALAS Y POEMAS


Las alas de los pájaros,
sus lentas, raudas, alegres y armoniosas alas,
aunque parezcan esencia de divinidad,
son sólo, sólo carne, sangre y pluma,
¡poca cosa!

Pero esta también, divina alma,
el vuelo.

Mis alas son de papel y silencio
de soledad, amor y miedo,
nada especial, nada definitivo.

Pero está también, fulgurante esperanza,
¡el poema!

Alas y poemas,
de amor y llanto,
de papel y carne
de sangre y silencio,
de plumas y miedos.

Alas de pájaros
que dan alas al poema,
llenando de esperanza
en su vuelo mi vuelo.

¡Alas!, siempre alas,
¡mi poema!
José Romero P.Seguín

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AL CRUZAR LA CALLE

Confiscare en ti todas mis heridas,
te dejaré sola en medio
del verde trigal del sueño que fuimos,
para que no vuelvas a enfermar de pena
ni yo de arrepentimiento.

Para que tu risa vuelva a ser
la marea de todos los días,
la de los pares y también la de los impares.

Porque sin ella el mar se detiene
al cruzar la calle,
al caer por la ventana,
al traspasar la puerta.

Porque sin ella los relojes
adquieren sentido,
y las horas todo el poder.

Has de volver a ser,
aún lejos de mí,
porque tu ser es vital,
como mi pena;
mi pena y tu ser,
aún así mereció la pena:
¿no crees?

Incluso ahora que he vuelto
resuelto a confiscar en ti mis heridas,
siento que volvería hacerlo,
que volvería a amarte,
sin cambiar ni una coma,
de las tantas de este poema
de despedida.
José Romero P.Seguín

LA MÚSICA DE LAS LÁGRIMAS

LA MÚSICA DE LAS LÁGRIMAS

Quisiera llorar,
llorar tanto,
que no se oyera el llanto
sino la música de las lágrimas.

Ese son comparable sólo
con el canto de las sirenas,
después de haber vagado sin orientación precisa,
por los laberínticos e infinitos rumbos
del universo.

Llorar quisiera,
llorar tanto
que el universo me oyese,
y se llenase de estrellas
la estrella de mi destino.

Digo sólo, que llorar quisiera,
llorar tanto,
que fuese tan bello el llanto
como lo es la música de las lagrimas,
a la orilla del universo.
José Romero P.Seguín

AHORA QUE ERES NADA

 

¡Nada!, ¡no eres nada!

¡maldita hija de puta!, ¡nada!

Te grito, te lo grito una

y otra vez.

Y cuántas van,  ya ni se sabe,

¡verdad!,

quien se atreve a llevar estas cuentas.

Hora, en este tiempo,

sin otro ánimo que el de constar

que es verdad,

que de verdad mi voz te traspasa

sin esfuerzo,

porque dolor a dolor te hecho nada

y ahora nada me consuela.

Porque eres nada,

¡nada!, como nada es este gritar

sin eco.

No te has ido, es verdad,

sigues ahí,

porque: te veo, te acarició, te golpeo

e insulto,

te trato como si fueras algo,

como si aún estuvieras.

Y estas y lo quiero,

y eres y quiero que los seas,

pero ya no eres nada,

y lo sé,

y eso me mata.

Porque aunque te miro no te veo,

porque cuando te toco no te acaricio,

porque al pegarte no te golpeo,

porque el insulto no te insulta.

Porque a pesar de que te quiero

aquí y ahora,

y tú estas como siempre,

sé que ya no existes,

que te has sumido sin misterio

en el más profundo de los silencios;

como lo hace la nada

en los enigmáticos abismos del universo.

Soy yo el que muere,

pese a ser quien lo puede todo,

o al menos esos dicen,

los que siempre dicen;

aún sabiendo que es mentira,

que yo ya no puedo nada,

porque hace tiempo

que me enfrento a la nada.

Pero eso no se lo puedo decir,

porque nadie lo entiende,

porque nadie va a entender

que se pueda vivir con la nada,

y aún menos que la nada camine,

les salude afable y educada en la escalera,

hable en la calle con ellos,

acaricie a sus hijos,

ame a sus padres

y respete a su marido.

Si ellos supieran

se horrorizarían,

y es que la nada

cuando tiene ojos

asusta más que todo el miedo

de la infancia.

Pero ya nada puedo hacer,

yo te hecho nada

y ahora despierto

te miro ya sin miedo,

vigilar mi sueño,

sabiendo que estoy muerto,

que el día que tu suspires estaré muerto,

porque yo si soy,

porque yo si estoy,

porque yo si he sido expulsado de la nada

el día que imagine para ti

que lo eras todo para mí,

que aún lo eres,

esta maldita forma de amarte.

José Romero P.Seguín.

Grândola Vila Morena

Grândola Vila Morena
Grândola, vila morena
Terra da fraternidade
O povo é quem mais ordena
Dentro de ti, ó cidade
Dentro de ti, ó cidade
O povo é quem mais ordena
Terra da fraternidade
Grândola, vila morena
Em cada esquina um amigo
Em cada rosto igualdade
Grândola, vila morena
Terra da fraternidade
Terra da fraternidade
Grândola, vila morena
Em cada rosto igualdade
O povo é quem mais ordena
À sombra duma azinheira
Que já não sabia a idade
Jurei ter por companheira
Grândola a tua vontade

Grândola a tua vontade
Jurei ter por companheira
À sombra duma azinheira
Que já não sabia a idade

ZECA AFONSO

 
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POEMA DE ANTONIO ROMERO PEREZ MI HERAMANO DEL ALMA

POEMA DE ANTONIO ROMERO PEREZ MI HERAMANO DEL ALMA  
 

Recuerdas niña lo bien que antes
sabíamos callarnos,
volcarnos por ejemplo aquellas tardes
sobre la barandilla fresca
y mirar a la ermita, sólo eso.

Tanta fue la traición luego
de los días agotadoramente largos
que nos volvimos charlatanes, locuaces,
alegres bailarines ante el éxito de cualquier
insensata labor de vigilancia.

Signos del declive ya por entonces
te hablo de los años amarillos:
una tras de otra las nueces salían negras
los melocotones ásperos olvidaron oler a melocotón,
por esos días se jodio todo niña, eso pasó.

Se bifurcó salivosa la trayectoria
de nuestras paciencias, todo se hizo
pequeño y tropezamos en cada esquina,
denegamos cautos nuestro derecho
a no cerrar los ojos en presencia del otro.

Caímos alarmados en la cuenta
del mínimo espacio de nuestra soledad
sin rincones ni cerrojos,
corrimos a comprar candados e hicimos celosías
en los vanos y arrancamos las aldabas de por fuera.

Añoramos subterráneos sin accesos donde
calmar el latido de cada encuentro accidental
(no los había de otro modo),
celosamente extraños entre extraños
enloquecimos niña, eso pasó

minuciosos escrutadores de nuestras costuras
nos rendimos sin luchar como se suele,
llamamos melancolía a lo que era
ya entonces tristeza espesa como azogue
y gritamos ante farmacias sin receta


Nos fuimos niña, eso pasó
cada uno por su lado al mismo sitio
nítido, de recintos descuadrados,
vacío de haladas y de tardes

Recuerda aquel entonces como yo
verás que era perpetuo el silencio de los días
que éramos dioses nombrados cada víspera
que tuvimos el infinito entre las manos

Antonio Romero Pérez

 

GÉNESIS

GÉNESIS En un día lluvioso,
sobre los campos
se oye algo más que la lluvia;
se oye el silencio
de lo necesario.
La gota encaja en la raíz,
como el corazón en el pecho,
luego viene el relámpago
de la vida,
y se oye en la tarde lluviosa,
el tictac,
de la muerte.

José Romero P.Segín

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