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Resumen
- 01/05/2006 23:43 - ELECTRA
- 01/05/2006 23:51 - POEMA DE ANTONIO ROMERO PEREZ MI HERAMANO DEL ALMA
- 09/05/2006 11:06 - GÓTICOS
- 10/05/2006 19:21 - Grândola Vila Morena
01/05/2006
ELECTRA
Que fue lo que perdimos que aquí
tanta falta nos hace.
Una vez más se levantó a mirar a través de la ventana. Afuera llovía con la misma fuerza que lo venía haciendo desde varias semanas atrás y comenzaba a anochecer. Cuando volvió a la silla Mitropoulos ordenaba los primeros acordes de aquélla ópera sin obertura que venía del silencio para llenar la habitación. Cerró los ojos y pretendió olvidar el miedo que sentía o por lo menos apartarlo momentáneamente de sí.
A mediodía habían salido Jaime y Rosario para contactar con los lideres del sindicato y todavía no habían vuelto. Estaba nervioso. ¡Que asco tener que vivir así!. ¡Que duro deshacerse las uñas (sentirlas dilaceradas) contra un muro de hormigón sin ver resultado alguno! No obstante, el miedo sólo le confirmaba que todo lo que fuese factible hacerse era necesario y había de ser hecho para librar a todos de esos hijos de puta.
-¿Dónde se habrán medito estos? Capaces de pararse en algún pintajo y allí mismo detenidos. Capaces, capaces de cualquier chavalería. Mil veces se lo habré dicho. No saben lo duro que es este juego, es mucho lo que se gana ¡joder! Imagina, no sólo hablar en libertad sino tenerla. Pero un descuido y te sales del raíl, y adiós...
"A tener cuidado chavales, a mirar por donde se anda y qué se dice, ni una oportunidad os van a dar", les había dicho cuando bajaron para irse bien cubiertos para escapar de la lluvia. Ahora en la espera angustiosa imagina fragmentos aciagos de futuro, los que siempre nos imponen el pesimismo y el miedo.
Bebió e intentó de nuevo encender la pipa pero la llama de la cerilla no encontró más que ceniza. Orestes, la misma Electra y los demás seguían ocupando el espacio y por momentos lograban apartarlo de la situación, situarlo desde el pentagrama y sus agudas voces sobre todo lo que estaba ocurriendo. "Los del sindicato tienen sus propios intereses, tampoco de ellos va uno a poder fiarse. A algunos de esos ya me lo conozco yo no está en la policía porque no dio la talla pero falso como que más".
Golpes en la ventana lo sobresaltaron.
Abrió la puerta. Era Moro. Nada sabía de los otros pero traía malas noticias. Venía de la parte Este, del barrio del Carmen casi a las afueras, con vagas noticias de la represión de la manifestación. Había podido oír disparos mientras huía. ¡Que jodidos y qué necios los que defienden tal estado de cosas! Moro traía mala cara, como de saber más y callárselo, como de miedo. Era esa mirada de susto, más por lo que esperaba que por lo que había visto, que de forma inconsciente fácilmente se deja transparentar, nos va cubriendo el rostro y afectando a los gestos hasta hacerse patente e invariable.
Estaban en silencio escuchando el llover sin tregua y la música entrecortada y las voces agudas que todo lo llenaban. Esperaban.
La noche ya era total en las calles. La cuidad era luces, llantos e impotencia que se hacía, si ello era posible, más patente cuando se traspasaba la hora del toque de queda. Y ya era, y ellos todavía fuera. El miedo evitaba poder pensar con claridad. Todo salía mal. "¿Por qué todo se retuerce?"
Estaban en silencio aún. Él no temía el hecho en sí de morir sino el sufrimiento, los pesares, el dolor. Él antes de volver a la cárcel prefería morir. Moro antes que cualquiera de las dos huir, aún a pesar de tener que dar por bueno (o ignorarlo) lo que ocurría desde que comenzaron a tener que esconderse.
De todas formas la decisión parecía la idónea, la menos mala. El sindicato podía ayudar, todavía tenía fuerza aunque no fuese de fiar, la gente los escuchaba y lo primero, si había que volver a lo práctico, era lo primero.
Afuera seguía lloviendo y reinaba un extraño silencio difícil de descifrar. Se preguntaba por qué sobre él había recaído aquella responsabilidad que no buscaba. No había regresado de Europa para aquello pero alguien tenía que hacerlo. Bajó Luisa del piso de arriba y le rodeó por detrás con los brazos a la altura del cuello.
Moro en la ventana.
-Nada, llueve, buena noche para pintajos.
-¿Y para qué los pintajos? Para nada. Tiene que correr la sangre sino la gente no oye, no ve, no sabe de nosotros, y si no te conocen no eres nadie. Una gota de sangre vale más que todo lo que seas capaz de pintar por toda la ciudad durante toda una noche- Decía mientras se apartaba de Luisa y llenaba el vaso con ese licor trasparente que tomaba sin hielo, frío era lo que sobraba. Por primera vez comprendió que ellos ya no volverían. Luisa volvió a abrazarlo, lo besó.
Crujió la puerta y se abrió como reventada. Entraron y golpearon y tiraron las estanterías y a patadas destrozaron todo lo que encontraron a su paso. Él y Luisa fueron sacados a empujones.
-¡Moro!, ¿qué cojones has hecho?- grito y un puño le cortó la respiración-
Moro se quedó allí mismo, junto a la ventana como estaba, sentado en el suelo. Una mima voz acompañada de música sonaba repitiéndose desde el disco rayado. Moro tenía mucho que perder, su vida y la de los suyos. No había llegado de Europa, aquí había estado siempre desde siempre a pesar de la miseria, sabía aguantar y perder algo para no perderlo todo. El lunes había estado en Comisaría....Aún sabiendo justificarse no pudo evitar las lágrimas.
Antonio Romero Pérez
Hermano en la sangre y en la palabra.
POEMA DE ANTONIO ROMERO PEREZ MI HERAMANO DEL ALMA
Recuerdas niña lo bien que antes
sabíamos callarnos,
volcarnos por ejemplo aquellas tardes
sobre la barandilla fresca
y mirar a la ermita, sólo eso.
Tanta fue la traición luego
de los días agotadoramente largos
que nos volvimos charlatanes, locuaces,
alegres bailarines ante el éxito de cualquier
insensata labor de vigilancia.
Signos del declive ya por entonces
te hablo de los años amarillos:
una tras de otra las nueces salían negras
los melocotones ásperos olvidaron oler a melocotón,
por esos días se jodio todo niña, eso pasó.
Se bifurcó salivosa la trayectoria
de nuestras paciencias, todo se hizo
pequeño y tropezamos en cada esquina,
denegamos cautos nuestro derecho
a no cerrar los ojos en presencia del otro.
Caímos alarmados en la cuenta
del mínimo espacio de nuestra soledad
sin rincones ni cerrojos,
corrimos a comprar candados e hicimos celosías
en los vanos y arrancamos las aldabas de por fuera.
Añoramos subterráneos sin accesos donde
calmar el latido de cada encuentro accidental
(no los había de otro modo),
celosamente extraños entre extraños
enloquecimos niña, eso pasó
minuciosos escrutadores de nuestras costuras
nos rendimos sin luchar como se suele,
llamamos melancolía a lo que era
ya entonces tristeza espesa como azogue
y gritamos ante farmacias sin receta
Nos fuimos niña, eso pasó
cada uno por su lado al mismo sitio
nítido, de recintos descuadrados,
vacío de haladas y de tardes
Recuerda aquel entonces como yo
verás que era perpetuo el silencio de los días
que éramos dioses nombrados cada víspera
que tuvimos el infinito entre las manos
Antonio Romero Pérez
09/05/2006
GÓTICOS
La verdad es que todo había ido bien, hasta que apareció él precedido del molesto e inquietante tintineo de su bastón. Yo quise dejarlo, pero Petro se negó, y no sin razón, porque lo cierto es que estaba todo minuciosamente preparado para la culminación de nuestro sueño: la cámara fotográfica sin lente, con la que asegurarnos que nadie a excepción de nosotros iba a guardar memoria de aquel especial momento; el rojo paraguas abierto como un cielo incendiado, y todos y cada uno de los restantes elementos para llevar a cabo el ritual con el que probarme que me amaba más allá de la razón. Me lo dijo el día que se declaró: “Te amaré como a una diosa griega, como a Perséfone –preciso -”. No lo creí, pero esbocé una lacónica sonrisa de satisfacción. Me pidió: “Nombra una ciudad”. Sebastopol, dije, y él respondió: “Pues ese será el lugar donde ofrecer sacrificios por los dones de tu belleza”. Que antiguo, pensé, pero sus ropas como las mías al más puro estilo gótico le revelaban más que eso, romántico. Volví a reír, ahora sí, cómplice.
“Pide un deseo –dijo-”. Un deseo, repetí, para añadir, bailar una balada triste bajo una lluvia de sangre. Era un juego de amor y debía estar a la altura, y lo estuve. Soñé, sin cerrar los ojos, dos pálidas siluetas vestidas de negro en medio de un rojo paisaje. Así lo imaginé, así de imposible y extrañamente excitante. Dos espigadas y melancólicas sombras de ciprés danzando en mitad de un campo cuajado de amapolas. Dos lirios negros caídos en el cielo bermellón de un enigmático lienzo.No volvimos a hablar de su promesa hasta el día en que envuelto en un halo de tristeza, me confesó: “Deberíamos dejarlo, Sebastopol está tan lejos que no alcanzo ni a soñarlo. He consultado mapas y hay tantos y tan lejanos, que no sé si podré cumplir tus deseos”. Yo ya no recordaba Sebastopol ni aquella melancólica petición, pero me pareció tan tierno y tan próximo en su debilidad, que no pude sino decirle, Sebastopol está para mí allí donde tú estés: “¿De verdad? ”, preguntó él. Sí, respondí, y siempre lo va a estar, te lo juro por esta negra cruz que tatúa mi corazón. Él la besó con dulzura, tanta que hechizó el reproche que reclamaba su atrevimiento. Y es que al roce de sus labios los latidos de mi corazón se hicieron más que evidentes en el firme contorno del seno. Mi corazón se conmovió en una mezcla de deseo y temor, porque los juramentos me sobrecogen tanto como los sueños. Los barrotes están fríos, la cara roja y entumecida después de haberme quedado dormida sobre ellos. Por los pasillos deambula un guardia serio y uniformado: “Tus padres no tardaran en venir a buscarte”, me anuncia, después de zarandearme como en una pesadilla de ojos blancos, los suyos son castaños, tanto como los de la más común de las mentiras. Pero sus rudas y grises palabras no miente, ellos vendrán, claro que lo harán, y me llevarán a casa, y allí podré lavarme y morirme de pena, porque tal vez no le vuelva a ver, ni pueda llevarme a ningún sebastopol donde adorarme con un sacrificio acorde con la belleza de mis sueños. Lo sé, como también sé que no van a entender lo que ocurrió. Cómo poder entender que Petro, mi extraño y sombrío acompañante, del que desconfían y al que niegan el menor atisbo de generosidad o romanticismo, fuese capaz de tan sublime esfuerzo.La invariable profecía se cumple, y como siempre, más allá de lo necesario, mis padres, todo formalismo, no se conforman con venir a buscarme tal como estaba dispuesto, sino que me abrazan con asco, no en vano la sangre que me mancha sigue siendo pegajosa y oliendo a salitre aún después del terco ritual de purificación del río. Me miran y me abrazan sin acabar de creerse lo que el policía acaba de contarles. No me lo dicen, pero lo sé, su espanto y repugnancia se puede leer en la crispada mueca que aguza su desvaído rostro. Están más que horrorizados, tanto que los siento asquerosamente vivos. Siento ganas de matarlos, y quiero pensar que no es difícil, que una certera palabra bastaría para que ambos cayeran fulminados. Estoy tentada a pronunciarla, pero algo me retiene, es sin duda su terca e indigna propensión a aferrarse a la vida por encima de los merecimientos de ésta. Sí, lo mejor es callar, no ahondar en la indiferencia, al fin y al cabo tengo la certeza de que ellos son incapaces de morirse dignamente, por la sencilla razón de que son incapaces de rebelarse, yo, sin embargo, estoy muerta porque soy rebelde, esa es la razón que separa y resguarda nuestros respectivos mundos.“¿Cómo pudiste?”, atina a preguntar ella, acomodando el llanto a las ganas de querer saber. Me gustaría responderles, hacerles saber y comprender la belleza de lo que sucedió, compartir con ellos la infinita emoción de aquel deslumbrante y generoso gesto de amor, pero sé que no lo van a entender. Ellos, como la jirafa o el ciego no lo van a entender jamás, además, ese es nuestro momento, tanto que no puedo evitar rememorarlo: Una vez en el interior del zoo, buscamos el recinto de la jirafa, no fue, por razones obvias, difícil el hacerlo, una vez allí, él, depositó con sumo cuidado y pegadas a la media valla del recinto donde la tenían encerrada, las frescas ramas de acacia que escondía bajo la capa. No tardo ésta en venir tan elegante y señorial, como golosa y confiada, con la intención de comerlas. Quizá las olió antes de verlas. Después de adoptar una postura de mariposa rota, bajó la cabeza y alargó su enorme lengua buscando las frescas hojas, y fue justo en ese instante cuando Petro elevó sobre el cielo gris la reluciente catana, para de inmediato asestar un certero golpe sobre el cuello del animal. El golpe seco y amortiguado se vio incendiado por el fugaz pero vivo relampaguear de una leve chispa que produjo el resplandeciente acero al chocar, después de seccionar limpiamente el cuello de animal, con el oxidado hierro de la valla. Luego se oyó lejano y grave el liviano tintineo de la pequeña cabeza sobre la grava. El animal se incorporó todo lo rápido que pudo, llegando a erguir totalmente el decapitado cuello. Vista así resultaba más que grotesca, inacabada, y más que dolida, asustada, quizá más que por la decapitación de la que nunca fue consciente, por el chasquido del acero del arma con el hierro de la valla, el último sonido de su vida. Hasta ese momento de la herida sólo habían caído dos leves hilos de sangre. Estaba previsto, era lo lógico, por eso segundos después de haber alzado totalmente el cuello, el retículo admirable entró en función, y como si de un géiser se tratase, manó de la herida un inmenso y violento chorro de sangre que se iba abriendo a medida que subía para luego caer como un profuso aguacero enrojeciéndolo todo a nuestro alrededor. Bailábamos cobijados bajo el rojo paraguas al ritmo de los enlutados acordes de una balada triste, con la que pretendíamos detener el tiempo y remansar todo cuanto había a nuestro alrededor en una extensión sino blanca si al menos cenicienta, con la que dar el contraste indispensable a nuestro sueño de sangre y silencio. Mientras, la jirafa no dejaba de girar en torno a sí queriendo comprender; y el ciego desojado de nacimiento, iba y venía como un borracho moviendo sin cesar sus inquietantes ojos blancos, tratando, como el agonizante animal, de entender el porqué de aquella pegajosa lluvia, a la vez que musitaba llamándola inútilmente con melosa voz de degenerado: “jirafa, jirafi, jirafita”. Viéndolo así, confuso y empapado de sangre, sus ojos se tornaban dos soles de melancólica pureza, tanto que arrebatada de pasión, le susurré a Petro, tengo miedo, miedo de olvidar el color de esos ojos, tanto miedo que no sé si podré volver a pensar en otra cosa.Cuando la jirafa se derrumbó, Petro me invitó a caminar hacia el río, donde purificarme. Antes de perderme en el primer y último recodo del sendero, camino a mi destino de diosa, me di la vuelta y vi a Petro entregando al ensangrentado ciego la cabeza de la jirafa, y como éste, la palpaba con avidez, no exenta de cierta ternura.Fue la última vez que vi a Petro, la policía me detuvo a la orilla del río con mis negras ropas y mi cara blanca salpicada de sangre, y llevando atada al cuello la inservible cámara fotográfica y en la mano el rojo paraguas teñido ahora de sangre y de ganas.Hoy, un mes después, he recibido un paquete postal, al leer el remite el corazón me ha dado un vuelco, quizá esté más viva de lo que deseo, el nombre del remitente y parte de la dirección me resultan desconocidos, no así el de la ciudad, Sebastopol. En su interior hay un frasco de cristal con tapón de corcho lacrado en rojo, y dentro de él, como en un acuario de increíble transparencia, flotan eternamente desacompasados dos enormes e inquietantes ojos blancos. Los imagino engarzados en el ámbar de un corazón disecado, sin querer saber que estoy pronunciando con ello un nuevo deseo.Fin. JOSÉ ROMERO P-SEGUIN10/05/2006
Grândola Vila Morena

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