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Resumen
- 27/04/2006 19:41 - EL ÚLTIMO TREN
- 28/04/2006 18:33 - GÉNESIS
- 29/04/2006 23:50 - LA REVOLUCION DE LOS CLAVELES
27/04/2006
EL ÚLTIMO TREN
La lánguida y amarillenta luz del compartimento cae derrotada sobre nosotros, dando a nuestros oscuros ropajes y nuestra rugosa piel una gravedad cuando menos inquietante. Sara duerme plácidamente con su cabeza apoyada en mi hombro, como tantas otras veces, como siempre, el movimiento y mi hombro son para ella garantía suficiente de poder vivir sin que el miedo la mate. Mientras, yo me arreglo para seguir escribiendo un cuaderno más de este vivir nuestro de estaciones intermedias y ajeno a cualquier destino. El nuestro no es llegar, llegar es una palabra que no figura en nuestro dialecto de eternos viajeros. Quién lo iba a decir de nosotros, dos sedentarios natos, pero al final todo se dice, hasta lo imposible de pronunciar, y es que al final no somos sino lo que los demás pronuncian, pero eso no lo aprendimos hasta que nos fuimos criminalmente pronunciados. Antes nos creímos invulnerables, no en vano éramos tan jóvenes como estúpidos.
Como lo debe ser ese joven que tengo sentado frente a mí y que al menor descuido se roba con una ingenuidad que me maravilla la mirada del libro que está leyendo, y trata de leernos, de algún modo pronunciarnos, pero ahora, lo sé, con cierta pena, no en vano somos dos viejos a la sombra de una luz a la que le resulta imposible ocultar nuestro ancestral y peculiar cansancio, el que sin duda imprime el ir continuamente de un lugar a otro sin otro afecto que el de cambiar de tren, que el de retomar el viaje.
En algún momento, aprovechando un cruce de miradas, me va a preguntar algo, lo sé. La sospecha se cumple de inmediato, el joven baja la voz y pregunta: “¿Un largo viaje?”. Si estuviera ella despierta me acompañaría en la complicidad de una sonrisa, pero ella duerme, debo ser yo el que responda y lo hago sin excesiva convicción, bastante, sí bastante. Podría haberle dicho, 59 años con sus 365 días más los de los bisiestos, pero eso sonaría a senil excentricidad, y él no desea pronunciarnos así, él desea hacerlo con lástima.
Además, qué trayecto soportaría explicarle a alguien que llevamos viajando más de tres cuartas partes de nuestra vida. Que hemos recorrido todos y cada uno de los kilómetros de vía férrea que recorren la geografía de la vieja Europa, y las arterias principales de buena parte de Asia. Si lo hiciera, él esperaría una historia interminable, y más tratándose de un viejo, pero le defraudaría, lo sé. Porque la razón, es miedo a detenernos, sólo eso, y la razón de ese miedo, el huir de un mal presentimiento que se hizo un día realidad y que nos obligó a creer en todo lo que no habíamos creído antes, a rogar a los cuatro puntos cardinales, a jurar en nombre de virtudes de las que aún no disponíamos, y en un último momento, a expresar un deseo que se nos hizo realidad, marcando a fuego de raíl el sendero de nuestras vidas.
Hacía unos días que nos habían detenido, después de que alguien denunciara nuestro escondite, y cuando ya las tropas aliadas cercaban Berlín. Fuimos conducidos con otros muchos, demasiados todavía para la sistemática brutalidad de aquella feroz persecución, al interior del sucio vagón de un tren de mercancías, tal vez de ganado. Todos sabíamos por la estrella trapo que nos cosieron en la solapa, cuál era nuestro destino, Dachau. Y lo era, pero cuando el tren se iba a detener en la estación de Munich, la encontraron tomada por las tropas Rusas, y el tren tuvo que seguir, y ya no se detuvo, y fue así como aprendimos que para huir del horror no había otra posibilidad que la de impedir que se detuviese, y no lo hizo ni lo va ha hacer, al menos mientras Sara y yo vivamos.
JOSE A. ROMERO P.SEGUIN
28/04/2006
GÉNESIS
En un día lluvioso,sobre los campos
se oye algo más que la lluvia;
se oye el silencio
de lo necesario.
La gota encaja en la raíz,
como el corazón en el pecho,
luego viene el relámpago
de la vida,
y se oye en la tarde lluviosa,
el tictac,
de la muerte.
José Romero P.Segín
29/04/2006
LA REVOLUCION DE LOS CLAVELES

Las revoluciones no son sino inmensas hogueras que los humildes encienden en los montes y regios torreones de los injustificados adarves, en la esperanza de que los arrogantes tiranos puedan ver el rostro de la cruel y brutal infamia que por su voluntad les aflige y subyuga. No son, por tanto, y a pesar del grado de violencia con que puedan producirse, sino generosos actos de crédulos hombres, que llevan en su infinita ingenuidad hasta ese punto sin retorno el afán de un reconocimiento voluntario y sincero por parte de quienes los explotan y ofenden, sin querer entender que su suerte está echada en las hogueras de sus actos ya sofocados en el debe y el haber de los poderosos, al saberlos sin necesidad de augures, efímeros y de algún modo vencidos por la propia intensidad de su voluntad multitudinaria, por la heterogeneidad de su esencial cosmogonía reivindicativa, y por la inexcusable necesidad de volver a retomar el día a día con sus silencios y cotidianos ruidos que hacen florecer al fin el pan y la esperanza en sus bocas.
De todos modos no son jamás actos fallidos o estériles, sino que sea cual sea su desenlace cumplen siempre un cometido superior, el dar forma a los que han de ser los nuevos tiempos, las nuevas formas y esperanzas con que se ha de construir el futuro.
A todos nos gustaría que las revoluciones no fuesen una celebración esporádica sino una constante en el día a día de los hombres y los pueblos. Que unos y otros, revolucionados y puestos en pie de guerra consigo mismos, afrontasen en cada segundo de su vida el compromiso de acabar con las terribles lacras que nos asolan y que son causa de todos los males que aquejan a la humanidad. No se trata de ser mejores para ningún dios, sino para cualquier hombre, y por ello el objetivo es apostar por esta vida y no por ninguna otra por apetecible y definitiva que pueda parecer.
El hombre así tomado de uno en uno no es nada, pero en su conjunto, es un ave fénix que renace una y otra vez de sus cenizas, y esas cenizas de la mágica y solidaria resurrección, no habitan en los panteones ni tumbas donde descansan sus huesos, sino en las que emergen de las gloriosas hogueras que, de tarde en tarde, encienden en los montes y torreones para despertar las conciencias, las suyas y las de los tiranos, ahora sí, de uno en uno, porque sólo así la revolución se hará algún día posible y auténtica.
La historia tiene el rostro marcado de cenicientas cicatrices que le imprimen carácter, el mejor, y le brillan en los ojos las limpias luminarias con que a golpes nos guiamos en el infatigable afán de hallar puntos de justicia en el que encontrarnos y tratarnos con el respeto y a la atención que todos, sin excepción, nos merecemos por ser hijos de esta tierra, de este mar y este limpio cielo que sella nuestros sueños y anhelos más preciados.
Ya sé que muchas de ellas, casi todas, se han cuajado de sangre y de brutalidad en su génesis y posterior desarrollo, pero qué es la sangre sino un don de vida derramado por las venas para un fin que no soporta otro destino que el de hacer posibles los más humanos y fraternales sueños. Por ello hemos de saber derramar nuestra sangre, porque sin ellos la sangre no es sino el néctar con que se alimentan las moscas de todos los malditos excrementos de la ambición, la esclavitud y la injusticia. Moscas de mala muerte que no nos son ajenas sino que nacen de nuestros vientres y de nuestra sangre y con las que convivimos a diario.
Sé también que una tras otra terminan por pudrirse, sumiéndonos en un constante desaliento, pero quién lo duda, fuera de ellas no hay esperanza, porque lo establecido no obedece al capricho de unos pocos, como puede parecer, sino a la aceptación voluntaria que las mayorías adoptamos frente a ese puñado de hombres sin escrúpulos.
Se cumplen ahora treinta años de aquel 25 de abril de 1974, en el que bajo los sones de la emblemática canción de Zeca Alfonso, "Grândola Vila Morena" y el tierno designio de un rojo clavel recién nacido de las bocachas sus fusiles, el ejército portugués iniciaba una de las más hermosas y románticas de las revoluciones, que había de dar al traste con una dictadura de más de 40 años y abrir a este pueblo las puertas de la democracia y la libertad.
"Grândola, vila morena/Terra da fraternidade/ O povo é quem máis ordena/_ /Em cada esquina um amigo/em cada rosto igualdade/_/A sombra duma azinheira/Que já nôa sabia a idade/jurei ter por campanheira/Grândola a tua vontade/Grândola a tua vontade/"
Claves y versos para iluminar un sueño de libertad que digan lo que digan, aún alienta hoy los fanales del futuro de este pueblo, que lleva inscrito en el desatino de su historia una de las páginas más envidiadas de esta Europa conservadora y exquisita en el arte de la indiferencia.
Las utopías no son sino horizontes inagotables que hemos de ir alcanzando a la luz de las revoluciones perdidas.
José Romero P.Seguín.


