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CUANDO ESTÁ EN JUEGO TU BOCA

No debieran dormirse los ángeles
cuando está en juego tu boca,
cuando tu boca está jugando.
No debieran dormirse los ángeles
en el juego de las palabras
en la derrota de las bocas.
No debieran dormirse los ángeles,
como no te duermes tú,
palabra de mi boca
boca de mi alma.
Pero los ángeles se duermen,
olímpicamente indolentes
yacen dormidos
en las vísperas de toda celebración pacífica.
Lo han hecho siempre,
para no ver la maldición
de bocas rotas y sangrantes,
que penden ciegamente colgadas,
como las resecas y desgoznadas puertas,
de todas esas ruinas,
tras las que habita hoy
escondida y temerosa, la paz.
Camino por territorios asolados,
no es un sueño, lo sé,
lo sé pese a que lo sueñe,
donde sólo ondean en una sola pieza
los miles de malditos estandartes
con que nos hemos ignorado sin tregua,
y saludado la ignominia de tanta y tanta victoria,
la infamia de tan vana y reiterada gloria.
Los secos chasquidos de sus recias telas
apagan el llanto de la soledad
que vela a los muertos,
esos muertos cuyos cuerpos
se han de pudrir
sobre la faz de la tierra,
sin que nadie se digne en cubrirlos
con un puñado de ella.
Sus ojos, desjuntados de falsa alegría,
verán transitar sobre su opacada transparencia,
pedazos de azulísimo cielo
y negros nubarrones de crueles tormentas.
Creerán vislumbrar en ellos
la esperanza de la alada carroña
que a su socorro viene,
pero se equivocan,
son sólo pardos presagios de nuevos tiempos
de desatención y miseria.
Los seculares ángeles
se han dormido siempre,
y hoy que está en juego tu boca,
que tu boca está jugando,
se vuelven a dormir,
y ya no voy a gritar intentando inútilmente
despertarlos,
sino que iré hasta ellos,
les robaré sus flamígeras espadas
y pie en tierra
lucharé hasta la victoria
de una paz sin miedos ni ruinas,
sin dolor ni estúpida armonía,
una paz de todos, digo,
en la que sin hipocresía todos digamos,
esta boca también juega,
como tu boca, como la suya,
como la de él, como la mía…
Esta boca que jugando
al juego de las generosas verdades ardería,
no se ha de conformar con el silencio
de esos indolentes ángeles dormidos,
en el cielo de la boca del divino.
Sino que ha de resucitar hecha hombre,
para que, boca a boca,
los ángeles se tornen por una vez
y para siempre,
en las precisas palabras,
del impreciso y precioso juego,
de nuestras bocas.
EL ÚLTIMO NOMBRE DE LA AUSENCIA
EL ÚLTIMO NOMBRE DE LA AUSENCIACumplida aquí nuestra presencia,
las manos se nos llenan
de delirantes y convulsas sombras,
reflejos de trabajos y orígenes remotos.
Oscuros dibujos de cabalísticos presagios,
tatúan para un suspiro,
el magnánimo espejismo
de esa metafórica alma que se aleja
de donde nunca estuvo.
En el pecho,
el corazón exhala el milenario grito
de tan atávico ritual.
Cuántos son los que han muerto,
pues en tantos, imperecedero e invariable
el destructor alarido
que rige sin misterio los destinos del universo.
El rostro se marchita para siempre
en la melancólica catarata de tristeza
que opaca los ojos,
a la par que se acalla todo rumor
en nuestra entrañas,
para que el sepulcral silencio
dicte por terceras bocas,
su implacable sentencia,
¡muerto es!
Le llamamos muerte
al hecho en sí de ausentarnos,
y nos da tanto miedo y tanta pena,
que nos pasamos la vida ausentes
por la angustia
de tener un día que ausentarnos.
Morir, sería una magnífica disculpa
de la culpa de no vivir,
si no fuese un imposible
pensar en huir de esta culpa sin culpa
ni disculpa, que nos culpa a vivir.
Y es por ello
que hemos inventado la muerte
con la que equivocar
accesibles y cercanas calles,
estancias y corazones,
con lejanos y herméticos universos,
para tener así la esperanza
de que un día nos morimos,
aún sabiendo
que la muerte es sólo una forma más
de ausentarse,
de estar ausentes.
Otras serán entonces las realidades,
otras las conciencias.
Pero eso a quién le importa,
si no morimos, ¿qué somos?,
si sólo nos ausentamos
¿de qué estamos hechos?
Si en verdad sólo estamos ausentes
¿cuándo volveremos a ser
eso que ahora somos?
¿Si somos irremediablemente eternos
de qué vale la eternidad
que con tanto desatino y trabajo
hemos ido forjando
a la sombra de nuestras esenciales miserias?
Hemos de morir, aún sólo en el vano
acto de formular tal deseo,
para que sea
en nuestro débil ánimo,
definitiva la ausencia,
esencial la memoria
y posible el consuelo.
DÚOGRAMA

DÚOGRAMA
1
La música es el alma del viento,
el viento es el alma del tiempo,
el tiempo es la música de la eternidad.
2
La música,
se escucha como la lluvia.
Se escribe como la lluvia.
Y se siente como la lluvia
caer en el alma.
CIRCULARIDAD
Sabiéndonos cercados
por el fuego de la pasión,
nos miramos a los ojos
y turbados nos reconocemos,
bajamos los ojos para volver a mirarnos,
y ya no somos nosotros.
¿Dónde hemos ido?,
¿dónde estamos?,
¿quién gobierna nuestros destinos,
ahora que no somos nada
de lo que éramos
y tanto de lo que fuimos?
La respuesta se hace precisa en los gestos,
esplendorosa en el ritual:
se tensa la mirada y eriza la piel,
la lengua humedece los labios,
la nariz aletea y se ensancha levemente,
y el corazón se nos vuela a la boca.
Se hace entre los dos
de seda el espacio,
y cae el tiempo en el olvido,
a la vez que los besos
envenenan poro a poro
la vasta y encrespada extensión de la sangre.
Ya somos, por fin somos, somos tanto,
que sentimos la hoguera del deseo
quemándonos muy dentro,
quemándonos por fuera, quemando el aire
y prenda a prenda todo cuanto
a nuestro alrededor ondea.
A su llamada,
una veintena de misteriosos
y enardecidos guerreros,
gritan: “A las caricias”,
y en desigual lucha
derrota la pasión a la ternura.
Consumada la debacle
la fortaleza yace derribada:
saqueados sus tesoros,
vaciados sus dones,
quemadas sus naves,
emergen olímpicas sus ruinas.
¿A dónde iremos ahora
que el tiempo
se ha ausentado,
y el espacio detenido
en el cuenco durmiente
de nuestras enardecidas sombras?
La pasión que nos sostenía,
era un gemido animal,
un esfuerzo sobrenatural,
la paradoja perfecta
en la abrasadora catarsis
de la ilusión.
Pero como todo gemido
se ha acallado,
como todo esfuerzo agotado,
como toda paradoja
fatalmente confluido
con la realidad.
Una realidad que no soporta prosa ni arrogancia.
Que se asienta en la debilidad,
en la fragilidad,
en la inconstante habitabilidad de lo impreciso,
con un único objeto,
el de permitirnos recobrar fuerzas
para otra suerte de locura.
Pobres y solos vagamos
por el fantasioso territorio de la somnolencia,
buscando qué, treguas, sólo eso,
tiempos de paz
a los que gobierne la quietud
y anime la más pura intrascendencia.
Sobre la pálida extensión de la cama no somos
sino voluntad de no ser,
de permanecer suspendidos de esa vaga sensación
que ofrenda el ser derrotado por la pasión,
el sentirnos apetitosos a ella, el sabernos útiles para ella
y en ella esplendorosamente capaces.
Figurarán nuestras lascivas siluetas
en sus magníficos blasones
y honorables escudos,
caídos sin cobardía
y sí mucha arrogancia
bajo los cascos de sus alados caballos.
Y será nuestro orgullo
tanto más fuerte
como fuerte sea el afán de la derrota,
porque en las guerras que libramos para tal ánimo,
la recompensa no puede ser
sino el más fiel de los vasallajes.
En la conciencia de que más pronto que tarde
se impondrá la más dulce de las corduras,
y volveremos a tener lejos
del voraz apetito de su alma,
la fuerza necesaria para extender la mano
y acariciar sin fuego la piel del amante.
Sintiendo la tibia luminiscencia de su tacto
como el más sublime
de los perfumes,
como el más firme de los trazos
con que se escribe y engalana
el estremecido amor.
Y es entonces,
cuando esa, y también la otra,
y todas las palabras y todos los gestos
recobran su original sentido,
y vuelven a ser precisos los rumbos,
y plena la existencia.
Pues todo cuanto a nuestro alrededor pervive,
se torna certero
en la casualidad de lo posible,
y en esa cabal escala
se hace a su vez de la medida
de nuestros ojos.
Y así, felices de sabernos capaces
de tal locura,
atinamos a ver allí donde no hubo
sino voraz presencia,
la sutil y cabalística percepción
de la oculta huella del latido y de la sangre.
Y en medio de tan proceloso mar,
tiritando fortaleza en el vaivén de su etérea grandeza,
hallamos la majestuosa sombra
del más hermoso velero del alma,
el de esa infinita ternura
que encarna siempre esta suerte de pereza.
José Romero P.Seguín.
ALAS Y POEMAS
Las alas de los pájaros,
sus lentas, raudas, alegres y armoniosas alas,
aunque parezcan esencia de divinidad,
son sólo, sólo carne, sangre y pluma,
¡poca cosa!
Pero esta también, divina alma,
el vuelo.
Mis alas son de papel y silencio
de soledad, amor y miedo,
nada especial, nada definitivo.
Pero está también, fulgurante esperanza,
¡el poema!
Alas y poemas,
de amor y llanto,
de papel y carne
de sangre y silencio,
de plumas y miedos.
Alas de pájaros
que dan alas al poema,
llenando de esperanza
en su vuelo mi vuelo.
¡Alas!, siempre alas,
¡mi poema!
José Romero P.Seguín
AL CRUZAR LA CALLE
Confiscare en ti todas mis heridas,
te dejaré sola en medio
del verde trigal del sueño que fuimos,
para que no vuelvas a enfermar de pena
ni yo de arrepentimiento.
Para que tu risa vuelva a ser
la marea de todos los días,
la de los pares y también la de los impares.
Porque sin ella el mar se detiene
al cruzar la calle,
al caer por la ventana,
al traspasar la puerta.
Porque sin ella los relojes
adquieren sentido,
y las horas todo el poder.
Has de volver a ser,
aún lejos de mí,
porque tu ser es vital,
como mi pena;
mi pena y tu ser,
aún así mereció la pena:
¿no crees?
Incluso ahora que he vuelto
resuelto a confiscar en ti mis heridas,
siento que volvería hacerlo,
que volvería a amarte,
sin cambiar ni una coma,
de las tantas de este poema
de despedida.
José Romero P.Seguín
LA MÚSICA DE LAS LÁGRIMAS

Quisiera llorar,
llorar tanto,
que no se oyera el llanto
sino la música de las lágrimas.
Ese son comparable sólo
con el canto de las sirenas,
después de haber vagado sin orientación precisa,
por los laberínticos e infinitos rumbos
del universo.
Llorar quisiera,
llorar tanto
que el universo me oyese,
y se llenase de estrellas
la estrella de mi destino.
Digo sólo, que llorar quisiera,
llorar tanto,
que fuese tan bello el llanto
como lo es la música de las lagrimas,
a la orilla del universo.
José Romero P.Seguín
AHORA QUE ERES NADA
¡Nada!, ¡no eres nada!
¡maldita hija de puta!, ¡nada!
Te grito, te lo grito una
y otra vez.
Y cuántas van, ya ni se sabe,
¡verdad!,
quien se atreve a llevar estas cuentas.
Hora, en este tiempo,
sin otro ánimo que el de constar
que es verdad,
que de verdad mi voz te traspasa
sin esfuerzo,
porque dolor a dolor te hecho nada
y ahora nada me consuela.
Porque eres nada,
¡nada!, como nada es este gritar
sin eco.
No te has ido, es verdad,
sigues ahí,
porque: te veo, te acarició, te golpeo
e insulto,
te trato como si fueras algo,
como si aún estuvieras.
Y estas y lo quiero,
y eres y quiero que los seas,
pero ya no eres nada,
y lo sé,
y eso me mata.
Porque aunque te miro no te veo,
porque cuando te toco no te acaricio,
porque al pegarte no te golpeo,
porque el insulto no te insulta.
Porque a pesar de que te quiero
aquí y ahora,
y tú estas como siempre,
sé que ya no existes,
que te has sumido sin misterio
en el más profundo de los silencios;
como lo hace la nada
en los enigmáticos abismos del universo.
Soy yo el que muere,
pese a ser quien lo puede todo,
o al menos esos dicen,
los que siempre dicen;
aún sabiendo que es mentira,
que yo ya no puedo nada,
porque hace tiempo
que me enfrento a la nada.
Pero eso no se lo puedo decir,
porque nadie lo entiende,
porque nadie va a entender
que se pueda vivir con la nada,
y aún menos que la nada camine,
les salude afable y educada en la escalera,
hable en la calle con ellos,
acaricie a sus hijos,
ame a sus padres
y respete a su marido.
Si ellos supieran
se horrorizarían,
y es que la nada
cuando tiene ojos
asusta más que todo el miedo
de la infancia.
Pero ya nada puedo hacer,
yo te hecho nada
y ahora despierto
te miro ya sin miedo,
vigilar mi sueño,
sabiendo que estoy muerto,
que el día que tu suspires estaré muerto,
porque yo si soy,
porque yo si estoy,
porque yo si he sido expulsado de la nada
el día que imagine para ti
que lo eras todo para mí,
que aún lo eres,
esta maldita forma de amarte.
José Romero P.Seguín.
Grândola Vila Morena

| Grândola, vila morena Terra da fraternidade O povo é quem mais ordena Dentro de ti, ó cidadeDentro de ti, ó cidade O povo é quem mais ordena Terra da fraternidade Grândola, vila morenaEm cada esquina um amigo Em cada rosto igualdade Grândola, vila morena Terra da fraternidade | Terra da fraternidade Grândola, vila morena Em cada rosto igualdade O povo é quem mais ordenaÀ sombra duma azinheira Que já não sabia a idade Jurei ter por companheira Grândola a tua vontade Grândola a tua vontade ZECA AFONSO |
POEMA DE ANTONIO ROMERO PEREZ MI HERAMANO DEL ALMA
Recuerdas niña lo bien que antes
sabíamos callarnos,
volcarnos por ejemplo aquellas tardes
sobre la barandilla fresca
y mirar a la ermita, sólo eso.
Tanta fue la traición luego
de los días agotadoramente largos
que nos volvimos charlatanes, locuaces,
alegres bailarines ante el éxito de cualquier
insensata labor de vigilancia.
Signos del declive ya por entonces
te hablo de los años amarillos:
una tras de otra las nueces salían negras
los melocotones ásperos olvidaron oler a melocotón,
por esos días se jodio todo niña, eso pasó.
Se bifurcó salivosa la trayectoria
de nuestras paciencias, todo se hizo
pequeño y tropezamos en cada esquina,
denegamos cautos nuestro derecho
a no cerrar los ojos en presencia del otro.
Caímos alarmados en la cuenta
del mínimo espacio de nuestra soledad
sin rincones ni cerrojos,
corrimos a comprar candados e hicimos celosías
en los vanos y arrancamos las aldabas de por fuera.
Añoramos subterráneos sin accesos donde
calmar el latido de cada encuentro accidental
(no los había de otro modo),
celosamente extraños entre extraños
enloquecimos niña, eso pasó
minuciosos escrutadores de nuestras costuras
nos rendimos sin luchar como se suele,
llamamos melancolía a lo que era
ya entonces tristeza espesa como azogue
y gritamos ante farmacias sin receta
Nos fuimos niña, eso pasó
cada uno por su lado al mismo sitio
nítido, de recintos descuadrados,
vacío de haladas y de tardes
Recuerda aquel entonces como yo
verás que era perpetuo el silencio de los días
que éramos dioses nombrados cada víspera
que tuvimos el infinito entre las manos
Antonio Romero Pérez
GÉNESIS
En un día lluvioso,sobre los campos
se oye algo más que la lluvia;
se oye el silencio
de lo necesario.
La gota encaja en la raíz,
como el corazón en el pecho,
luego viene el relámpago
de la vida,
y se oye en la tarde lluviosa,
el tictac,
de la muerte.
José Romero P.Segín

