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GRÂNDOLA LITERARIA DE JOSÉ ALFONSO ROMERO P.SEGUIN

OPINIÓN

LA MATERIA DE LAS VÍCTIMAS

LA MATERIA DE LAS VÍCTIMAS

“La partida sigue, era de aquí de toda la vida, no había hecho nada, era un honrado padre de familia, son unos canallas, no quieren el tren…” Y así hasta el infinito, hasta la infinita náusea que justifique un nuevo y próximo amanecer donde olvidar y en el olvido volver a hablar de esa paz que nace, babada de miedo y oportunismo, en las mismísimas entrañas de ese monstruo que no sólo es ETA, ella es sólo la expresión última de su brutal y maldita ideología. La de todos esos que incapaces de rebelarse se han atrincherado indolentes en la crónica rebelión, en la cínica esperanza de que ella les nutra de la razón que no les asiste. Porque no puede haber rebelión donde no hay injusticia sino para con quien discrepa, para quien no es perro de ese pastor mayor que pastorea la permanente queja: la del agravio, la de la reivindicación fascista de territorios frente a pueblos, la de derechos colectivos frente a derechos individuales, la de derechos históricos frente a la realidad.

Es verdad que hemos avanzado, hemos pasado de la velada acusación del: “algo habrá hecho”, a la cobarde perplejidad, pero no es suficiente, y no lo es, porque no se puede envenenar el aire y respirarlo luego en la confianza de que no nos va asesinar a nosotros también. Y en Vascongadas el aire está envenenado por el peor de los miedos, por la más melancólica de las cobardías, la que sufren quienes luchan contra ese monstruo que ellos mismos crean, en la conciencia de saber que en su derrota también ellos van a ser derrotados. Ese es el salto que debe dar esa parte de la sociedad vasca que milita en esa idea, y también la que se proclama mera espectadora. Y para mejor ejecutarlo han de silenciarse, y en ese silencio reflexionar sinceros sobre la verdad de esa inmensa mentira en la que viven y en la que educan a sus hijos. Sólo así van a lograr desentrañar su eterna duda para saber si ella obedece a una verdad que, cuando no es farsa propagandística, es mera especulación mitológica. Para así decidirse a dar el salto definitivo y ponerse al lado de ETA, si así lo creen, o frente a ETA. Sólo ellos pueden hacerlo, porque de ellos nace y para ellos asesina. En sus manos está, por tanto, el que deje de hacerlo. Pero esa decisión demanda coraje, no ambigüedad, no eclecticismo, no equidistancia, coraje digo, el suficiente para ser ETA o no serlo en la profundidad y contundencia que esta tragedia demanda. La decisión requiere algo más que valor: honestidad, decencia y conciencia, la suficiente para retomar la soberanía de sus vidas y actos, para dejar de delegar en ese espejo que azogan con lo mejor y lo peor de ellos en la hipócrita esperanza de ver reflejado en él, sólo aquello que los hace grandes, distintos y, en esa engañosa imagen, medida de la medida de todas sus cosas.

Dejémonos pues de acusaciones soterradas y abiertas disculpas, seamos todos sinceros en nuestras palabras y actos y llamemos a las cosas por su nombre, para que las víctimas sepan de qué materia están verdaderamente hechas en la conciencia de sus vecinos y pueblos. Pues sólo en esa condición van a ser realmente sentidas y respetadas hasta el extremo de dejar de ser uno más para ser el último.
Un fraternal abrazo.
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LA HERENCIA DEL DICTADOR

LA HERENCIA DEL DICTADOR

D Franco heredamos: cincuenta años de atraso cultural y político; las terribles secuelas de la represión; la podrida esperanza de una revolución pendiente, que lastra sin cuidado nuestro futuro, encarnado en esta patria de patrias; la rabia sin perro de una caduca división ideológica que nos desarma como individuos y ciudadanos frente a nuestros representantes políticos; la melancólica propensión de contemplar el Estado como un enemigo a batir; el merecido descrédito de valores que pese al perverso uso que se hizo de ellos no merecen sino nuestra atención, en la medida en que su esencia va más allá de la mala catadura del dictador y su cohorte de moscas pardas: dignidad, justicia, honor, disciplina…

Existe otra herencia bastarda, sostenida cuando no inventada, la de traerlo constantemente a la confrontación y dialéctica política, y que permite a nuestros gobernantes seguir teniendo en él un referente con el que medir la justeza de sus actos y lo preclaro de su talante democrático; como si tal atrocidad fuese susceptible de servir como medida de otra cosa que no sea otra dictadura.

Franco y el franquismo es hoy una parte de la historia, que hemos de asumir, sin olvidar, en la conciencia de que nació de una derrota y para derrotarnos, y en esa voluntad nos gobernó sin posibilidad de elección. Una derrota, digo, a la que no debemos permitir que lo siga haciendo.

Otra cosa bien distinta es, la tentación autoritaria, porque ese estaba y está en cada uno de nosotros, y a todos y a cada uno nos toca educarla cada día en los valores del sistema democrático. Es esa torcida inclinación la que se manifiesta, la que sale a la calle a nombrarse en el nombre de Franco.
Un fraternal abrazo.

ELECCIONES IMPERIALES


ELECCIONES IMPERIALES
El imperio se presta a nombrar títere, las provincias contagiadas por el ruido, de tan bufa representación, se afanan en alinearse con aquel que entienden les ha de gobernar con mayor sentido de justicia dentro del orbe de injusticia que de tan ilegítimo poder emana.

No hay en las calles, ni titiriteros, ni algaradas. La seriedad institucional lo preside todo, no es un acto para cualquieras, se impone el rigor y el boato de las grades ocasiones, no en vano, elegimos Cesar para otros cuatro años de pulgares caprichosos en el circo de las suertes siempre echadas.

Hoy, es cierto, no somos bajo las ruedas de las cuadrigas de sus días: ni gladiadores, ni leones, ni bufones ni tampoco cristianos. Pero si acompaña la suerte, podremos volver a serlo, cualquier cosa, que más da, lo que importa es ser amigo a los ojos de aquél que gobierne los destinos del imperio.

Dejémonos de majaderías, y ya que nos hemos de dejar engañar sin dignidad, hagámoslo al menos con la astucia debida, que más vale una mentira inteligente que la valiente necedad de apostar entre iguales.
¡Loados sean pues, los Obama y los McCain!

José Alfonso Romero P.Seguín

De bancos y cajas

De bancos y cajas
Salvemos los bancos, como única esperanza: ¿dónde sino van a sentarse los nuevos parados?, ¿dónde van a dormir los nuevos indigentes?, ¿dónde morir de tristeza los hombres honrados?

Salvemos también las cajas, como última esperanza: ¿Dónde sino nos van a enterrar, huérfanos de ambiciones, por tantos ambiciosos deseados?
Triste.
Un fraternal abrazo.

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JUEGOS DE PASIONES TRISTES:


JUEGOS DE PASIONES TRISTES:
Periódicamente los pueblos se desangran hombre a hombre para un fin tan indefinible como reiterativo. Pero no trivial, sino íntimamente ligado con la feroz tensión psíquica a que le somete el constante intento de adecuar su íntima singularidad a la pluralidad a que le aboca la sociología, unido a esa otra no menos brutal excrecencia de esa misma tensión que se conoce como: injusticia social, desigualdad social, explotación o simple esclavitud. A ese generoso acto lo conocemos por el nombre de revolución y a través de él hombres y pueblos purgan en el seno de sus sociedades las miserias de un sistema imperfecto pero necesario, en el que rige el contrato y la ley, ese constante pacto entre desiguales que se firma, en el mejor de los casos, a fin de alcanzar las más altas cuotas de convivencia posibles.
Las revoluciones no soportan otra estrategia que la de romper con lo establecido para disponer nuevas estipulaciones, nuevos soportes legales, sin atender por mor de esa premura a la calidad ética de la recién instauradas. Y en esa atolondrada voluntad hallan ellos feliz venganza, pero no encuentran ellas sentido con el que vacunarse de las viejas formas que irremediablemente las han de colonizar, a la espera de nuevas revueltas.
Por su parte, las instituciones económicas, tanto públicas como privadas, se hallan por razones menos psicológicas y más sociológicas, abocadas a un mismo esfuerzo en defensa del sistema para evitar que colapse, para renovarlo en la acción de hacerse cada día más rentable, cada vez más avaricioso y deshumanizado. A esos egoístas movimientos se le conocen como “crisis”.
Las “crisis”, al igual que las revoluciones, no resisten complicadas estrategias sino que unas y otras se impregnan de una premura que las precipita en una carrera loca por romper con lo establecido, para instaurar nuevas oportunidades. En el caso de las revoluciones: de justicia, de solidaridad, de libertad y de fraternidad, y en el otro, de mayores beneficios económicos, aunque ello suponga romper con las más firmes garantías de paz con que se aderezan los contratos sociales.
Las revoluciones sofocan a los pueblos, las “crisis” también, y en esa fatiga las hallan los muñidores de las segundas propicios a sus objetivos. Por eso, cuando no hay esperanza de revolución, se hace preciso una “crisis” que venga a debilitar a hombres y pueblos en sus principios, a través del miedo al paro, a la pobreza, a la adicción jamás saciada del feroz consumismo a que nos mueven los anfitriones de éstas. Y una vez conseguido ese objetivo se produce el consiguiente recorte de derechos. Para continuar con una constante y vergonzante imposición de medidas que pretendiéndose reparadoras encarnan y elevan a rango de derecho las mayores tropelías que contra la naturaleza se puedan cometer en el nombre de una necesidad que no es otra que la de hacer rentable todo cuanto tocan y en esa medida susceptible de enriquecerlos aún más.
Las crisis al igual que las revoluciones son en esencia involutivas porque unas y otras, por más que no esforcemos, sostienen un ciclo innovador para un objetivo conservador, de vuelta atrás, de retroceso, por la sencilla razón de que no es ella quien las dirige sino la pasión: la de la libertad o la de la ambición, qué más da, ambas son ramas del mismo árbol, el del ser humano, el de un animal oportunista comprometido con unas necesidades que en lo esencial no admiten cambios, y en lo accesorio, es decir, en su dialéctica, nada que vaya más allá del preciso eufemismo que las remedian en lo puramente nominalista.
Son las revoluciones y las “crisis” quienes atizan la historia hacia un rumbo donde habita el espejismo de ese dios que nos empeñamos en ser. Tratando de ignorar que el hombre es en sí mismo y lejos de la realidad social un proyecto caduco e imposible. Y que sólo en la inútil resonancia de lo singular somos superiores sin contraste y en ello grandes, porque con ello nada imponemos, a nadie sojuzgamos, a nadie ofendemos. Gocemos pues de la singularidad, no en la autocontemplación sino en la generosa virtud del anonimato, porque sólo a través de ella podremos hallar un día el camino de la verdadera revolución, esa que ha de nacer en cada uno de nosotros para dotarnos de una conciencia que sepa dar, con la mayor dignidad y respeto hacia los demás, respuesta a las necesidades que nos asisten.
Un hombre consciente de sus limitaciones, atento a sus penurias y despierto a los demás es la más sólida garantía de que existan sociedades mejores, en las que impere la dignidad, la libertad y la justicia, sin necesidad de contratos y leyes, y aún menos de revoluciones y “crisis”.
José A. Romero P.Seguín
Publicado en Revista ¨Fusión”

LA REVOLUCION DE LOS CLAVELES

LA REVOLUCION DE LOS CLAVELES

Las revoluciones no son sino inmensas hogueras que los humildes encienden en los montes y regios torreones de los injustificados adarves, en la esperanza de que los arrogantes tiranos puedan ver el rostro de la cruel y brutal infamia que por su voluntad les aflige y subyuga. No son, por tanto, y a pesar del grado de violencia con que puedan producirse, sino generosos actos de crédulos hombres, que llevan en su infinita ingenuidad hasta ese punto sin retorno el afán de un reconocimiento voluntario y sincero por parte de quienes los explotan y ofenden, sin querer entender que su suerte está echada en las hogueras de sus actos ya sofocados en el debe y el haber de los poderosos, al saberlos sin necesidad de augures, efímeros y de algún modo vencidos por la propia intensidad de su voluntad multitudinaria, por la heterogeneidad de su esencial cosmogonía reivindicativa, y por la inexcusable necesidad de volver a retomar el día a día con sus silencios y cotidianos ruidos que hacen florecer al fin el pan y la esperanza en sus bocas.
De todos modos no son jamás actos fallidos o estériles, sino que sea cual sea su desenlace cumplen siempre un cometido superior, el dar forma a los que han de ser los nuevos tiempos, las nuevas formas y esperanzas con que se ha de construir el futuro.
A todos nos gustaría que las revoluciones no fuesen una celebración esporádica sino una constante en el día a día de los hombres y los pueblos. Que unos y otros, revolucionados y puestos en pie de guerra consigo mismos, afrontasen en cada segundo de su vida el compromiso de acabar con las terribles lacras que nos asolan y que son causa de todos los males que aquejan a la humanidad. No se trata de ser mejores para ningún dios, sino para cualquier hombre, y por ello el objetivo es apostar por esta vida y no por ninguna otra por apetecible y definitiva que pueda parecer.
El hombre así tomado de uno en uno no es nada, pero en su conjunto, es un ave fénix que renace una y otra vez de sus cenizas, y esas cenizas de la mágica y solidaria resurrección, no habitan en los panteones ni tumbas donde descansan sus huesos, sino en las que emergen de las gloriosas hogueras que, de tarde en tarde, encienden en los montes y torreones para despertar las conciencias, las suyas y las de los tiranos, ahora sí, de uno en uno, porque sólo así la revolución se hará algún día posible y auténtica.
La historia tiene el rostro marcado de cenicientas cicatrices que le imprimen carácter, el mejor, y le brillan en los ojos las limpias luminarias con que a golpes nos guiamos en el infatigable afán de hallar puntos de justicia en el que encontrarnos y tratarnos con el respeto y a la atención que todos, sin excepción, nos merecemos por ser hijos de esta tierra, de este mar y este limpio cielo que sella nuestros sueños y anhelos más preciados.
Ya sé que muchas de ellas, casi todas, se han cuajado de sangre y de brutalidad en su génesis y posterior desarrollo, pero qué es la sangre sino un don de vida derramado por las venas para un fin que no soporta otro destino que el de hacer posibles los más humanos y fraternales sueños. Por ello hemos de saber derramar nuestra sangre, porque sin ellos la sangre no es sino el néctar con que se alimentan las moscas de todos los malditos excrementos de la ambición, la esclavitud y la injusticia. Moscas de mala muerte que no nos son ajenas sino que nacen de nuestros vientres y de nuestra sangre y con las que convivimos a diario.
Sé también que una tras otra terminan por pudrirse, sumiéndonos en un constante desaliento, pero quién lo duda, fuera de ellas no hay esperanza, porque lo establecido no obedece al capricho de unos pocos, como puede parecer, sino a la aceptación voluntaria que las mayorías adoptamos frente a ese puñado de hombres sin escrúpulos.
Se cumplen ahora treinta años de aquel 25 de abril de 1974, en el que bajo los sones de la emblemática canción de Zeca Alfonso, "Grândola Vila Morena" y el tierno designio de un rojo clavel recién nacido de las bocachas sus fusiles, el ejército portugués iniciaba una de las más hermosas y románticas de las revoluciones, que había de dar al traste con una dictadura de más de 40 años y abrir a este pueblo las puertas de la democracia y la libertad.
"Grândola, vila morena/Terra da fraternidade/ O povo é quem máis ordena/_ /Em cada esquina um amigo/em cada rosto igualdade/_/A sombra duma azinheira/Que já nôa sabia a idade/jurei ter por campanheira/Grândola a tua vontade/Grândola a tua vontade/"
Claves y versos para iluminar un sueño de libertad que digan lo que digan, aún alienta hoy los fanales del futuro de este pueblo, que lleva inscrito en el desatino de su historia una de las páginas más envidiadas de esta Europa conservadora y exquisita en el arte de la indiferencia.
Las utopías no son sino horizontes inagotables que hemos de ir alcanzando a la luz de las revoluciones perdidas.

José Romero P.Seguín.

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