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GRÂNDOLA LITERARIA DE JOSÉ ALFONSO ROMERO P.SEGUIN

ALAS Y POEMAS


Las alas de los pájaros,
sus lentas, raudas, alegres y armoniosas alas,
aunque parezcan esencia de divinidad,
son sólo, sólo carne, sangre y pluma,
¡poca cosa!

Pero esta también, divina alma,
el vuelo.

Mis alas son de papel y silencio
de soledad, amor y miedo,
nada especial, nada definitivo.

Pero está también, fulgurante esperanza,
¡el poema!

Alas y poemas,
de amor y llanto,
de papel y carne
de sangre y silencio,
de plumas y miedos.

Alas de pájaros
que dan alas al poema,
llenando de esperanza
en su vuelo mi vuelo.

¡Alas!, siempre alas,
¡mi poema!
José Romero P.Seguín

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AL CRUZAR LA CALLE

Confiscare en ti todas mis heridas,
te dejaré sola en medio
del verde trigal del sueño que fuimos,
para que no vuelvas a enfermar de pena
ni yo de arrepentimiento.

Para que tu risa vuelva a ser
la marea de todos los días,
la de los pares y también la de los impares.

Porque sin ella el mar se detiene
al cruzar la calle,
al caer por la ventana,
al traspasar la puerta.

Porque sin ella los relojes
adquieren sentido,
y las horas todo el poder.

Has de volver a ser,
aún lejos de mí,
porque tu ser es vital,
como mi pena;
mi pena y tu ser,
aún así mereció la pena:
¿no crees?

Incluso ahora que he vuelto
resuelto a confiscar en ti mis heridas,
siento que volvería hacerlo,
que volvería a amarte,
sin cambiar ni una coma,
de las tantas de este poema
de despedida.
José Romero P.Seguín

LA MÚSICA DE LAS LÁGRIMAS

LA MÚSICA DE LAS LÁGRIMAS

Quisiera llorar,
llorar tanto,
que no se oyera el llanto
sino la música de las lágrimas.

Ese son comparable sólo
con el canto de las sirenas,
después de haber vagado sin orientación precisa,
por los laberínticos e infinitos rumbos
del universo.

Llorar quisiera,
llorar tanto
que el universo me oyese,
y se llenase de estrellas
la estrella de mi destino.

Digo sólo, que llorar quisiera,
llorar tanto,
que fuese tan bello el llanto
como lo es la música de las lagrimas,
a la orilla del universo.
José Romero P.Seguín

AHORA QUE ERES NADA

 

¡Nada!, ¡no eres nada!

¡maldita hija de puta!, ¡nada!

Te grito, te lo grito una

y otra vez.

Y cuántas van,  ya ni se sabe,

¡verdad!,

quien se atreve a llevar estas cuentas.

Hora, en este tiempo,

sin otro ánimo que el de constar

que es verdad,

que de verdad mi voz te traspasa

sin esfuerzo,

porque dolor a dolor te hecho nada

y ahora nada me consuela.

Porque eres nada,

¡nada!, como nada es este gritar

sin eco.

No te has ido, es verdad,

sigues ahí,

porque: te veo, te acarició, te golpeo

e insulto,

te trato como si fueras algo,

como si aún estuvieras.

Y estas y lo quiero,

y eres y quiero que los seas,

pero ya no eres nada,

y lo sé,

y eso me mata.

Porque aunque te miro no te veo,

porque cuando te toco no te acaricio,

porque al pegarte no te golpeo,

porque el insulto no te insulta.

Porque a pesar de que te quiero

aquí y ahora,

y tú estas como siempre,

sé que ya no existes,

que te has sumido sin misterio

en el más profundo de los silencios;

como lo hace la nada

en los enigmáticos abismos del universo.

Soy yo el que muere,

pese a ser quien lo puede todo,

o al menos esos dicen,

los que siempre dicen;

aún sabiendo que es mentira,

que yo ya no puedo nada,

porque hace tiempo

que me enfrento a la nada.

Pero eso no se lo puedo decir,

porque nadie lo entiende,

porque nadie va a entender

que se pueda vivir con la nada,

y aún menos que la nada camine,

les salude afable y educada en la escalera,

hable en la calle con ellos,

acaricie a sus hijos,

ame a sus padres

y respete a su marido.

Si ellos supieran

se horrorizarían,

y es que la nada

cuando tiene ojos

asusta más que todo el miedo

de la infancia.

Pero ya nada puedo hacer,

yo te hecho nada

y ahora despierto

te miro ya sin miedo,

vigilar mi sueño,

sabiendo que estoy muerto,

que el día que tu suspires estaré muerto,

porque yo si soy,

porque yo si estoy,

porque yo si he sido expulsado de la nada

el día que imagine para ti

que lo eras todo para mí,

que aún lo eres,

esta maldita forma de amarte.

José Romero P.Seguín.

Grândola Vila Morena

Grândola Vila Morena

Grândola, vila morena
Terra da fraternidade
O povo é quem mais ordena
Dentro de ti, ó cidade
Dentro de ti, ó cidade
O povo é quem mais ordena
Terra da fraternidade
Grândola, vila morena
Em cada esquina um amigo
Em cada rosto igualdade
Grândola, vila morena
Terra da fraternidade
Terra da fraternidade
Grândola, vila morena
Em cada rosto igualdade
O povo é quem mais ordena
À sombra duma azinheira
Que já não sabia a idade
Jurei ter por companheira
Grândola a tua vontade

Grândola a tua vontade
Jurei ter por companheira
À sombra duma azinheira
Que já não sabia a idade

ZECA AFONSO

 

GÓTICOS

No quisimos hacerlo, me despierta el grito de esta pesadilla que ha tenido el mal gusto de vestirse de uniforme y asirme por el hombro obligándome a mirarle a los ojos; unos ojos terriblemente blancos, como…,sí, justamente como los de él, como los de ese inoportuno ciego que nos miraba con la abrumadora  atención con que lo hace un paisaje nevado. No quisimos hacerlo, le advertí que diría, él respondió sonriente: “Di mejor lo hicimos porque quisimos, suena más sincero”.  No le respondí, era cierto. No obstante, a la hora de la verdad me decidí por el silencio; el mismo que leí en los enormes y desmayados ojos del ciego. Ojos sin equilibrio que iban y venían a su antojo bajo sus inquietos párpados, escribiendo en su blanca agonía una absurda letanía de casuales miradas.

La verdad es que todo había ido bien, hasta que apareció él precedido del molesto e inquietante tintineo de su bastón.  Yo quise dejarlo, pero Petro se negó, y no sin razón, porque lo cierto es que estaba todo minuciosamente preparado para la culminación de nuestro sueño: la cámara fotográfica sin lente, con la que asegurarnos que nadie a excepción de nosotros iba a guardar memoria de aquel especial momento; el rojo paraguas abierto como un cielo incendiado, y todos y cada uno de los restantes elementos para  llevar a cabo el ritual con el que probarme que me amaba más allá de la razón.  Me lo dijo el día que se declaró: “Te amaré como a una diosa griega, como a Perséfone –preciso -”. No lo creí, pero esbocé una lacónica sonrisa de satisfacción. Me pidió: “Nombra una ciudad”. Sebastopol, dije, y él respondió: “Pues ese será el lugar donde ofrecer sacrificios por los dones de tu belleza”. Que antiguo, pensé, pero sus ropas como las mías al más puro estilo gótico le revelaban más que eso, romántico. Volví a reír, ahora sí, cómplice. 

“Pide un deseo –dijo-”. Un deseo, repetí, para añadir, bailar una balada triste bajo una lluvia de sangre. Era un juego de amor y debía estar a la altura, y lo estuve. Soñé, sin cerrar los ojos, dos pálidas siluetas vestidas de negro en medio de un rojo paisaje. Así lo imaginé, así de imposible y extrañamente excitante. Dos espigadas y melancólicas sombras de ciprés danzando en mitad de un campo cuajado de amapolas. Dos lirios negros caídos en el cielo bermellón de un enigmático lienzo.No volvimos a hablar de su promesa hasta el día en que envuelto en un halo de tristeza, me confesó: “Deberíamos dejarlo, Sebastopol está tan lejos que no alcanzo ni a soñarlo.  He consultado mapas y hay tantos y tan lejanos, que no sé si podré cumplir tus deseos”.  Yo ya no recordaba Sebastopol ni aquella melancólica petición, pero me pareció tan tierno y tan próximo en su debilidad, que no pude sino decirle, Sebastopol está para mí allí donde tú estés: “¿De verdad? ”, preguntó él. Sí, respondí, y siempre lo va a estar, te lo juro por esta negra cruz que tatúa mi corazón.  Él la besó con dulzura, tanta que hechizó el reproche que reclamaba su atrevimiento. Y es que al roce de sus labios los latidos de mi corazón se hicieron más que evidentes en el firme contorno del seno.  Mi corazón se conmovió en una mezcla de deseo y temor, porque los juramentos me sobrecogen tanto como los sueños. Los barrotes están fríos, la cara roja y entumecida después de haberme quedado dormida sobre ellos.  Por los pasillos deambula un guardia serio y uniformado: “Tus padres no tardaran en venir a buscarte”, me anuncia, después de zarandearme como en una pesadilla de ojos blancos, los suyos son castaños, tanto como los de la más común de las mentiras. Pero sus rudas y grises palabras no miente, ellos vendrán, claro que lo harán, y me llevarán a casa, y allí podré lavarme y morirme de pena, porque tal vez no le vuelva a ver, ni pueda llevarme a ningún sebastopol donde adorarme con un sacrificio acorde con la belleza de mis sueños. Lo sé, como también sé que no van a entender lo que ocurrió. Cómo poder entender que Petro, mi extraño y sombrío acompañante, del que desconfían y al que niegan el menor atisbo de generosidad o romanticismo, fuese capaz de tan sublime esfuerzo.La invariable profecía se cumple, y como siempre, más allá de lo necesario, mis padres, todo formalismo, no se conforman con venir a buscarme tal como estaba dispuesto, sino que me abrazan con asco, no en vano la sangre que me mancha sigue siendo pegajosa y oliendo a salitre aún después del terco ritual de purificación del río.  Me miran y me abrazan sin acabar de creerse lo que el policía acaba de contarles. No me lo dicen, pero lo sé, su espanto y repugnancia se puede leer en la crispada mueca que aguza su desvaído rostro.  Están más que horrorizados, tanto que los siento asquerosamente vivos. Siento ganas de matarlos, y quiero pensar que no es difícil, que una certera palabra bastaría para que ambos cayeran fulminados. Estoy tentada a pronunciarla, pero algo me retiene, es sin duda su terca e indigna propensión a aferrarse a la vida por encima de los merecimientos de ésta. Sí, lo mejor es callar, no ahondar en la indiferencia, al fin y al cabo tengo la certeza de que ellos son incapaces de morirse dignamente, por la sencilla razón de que son incapaces de rebelarse, yo, sin embargo, estoy muerta porque soy  rebelde, esa es la razón que separa y resguarda nuestros respectivos mundos.“¿Cómo pudiste?”, atina a preguntar ella, acomodando el llanto a las ganas de querer saber. Me gustaría responderles,  hacerles saber y comprender la belleza de lo que sucedió, compartir con ellos la infinita emoción de aquel deslumbrante y generoso gesto de amor, pero sé que no lo van a entender. Ellos, como la jirafa o el ciego no lo van a entender jamás, además, ese es nuestro momento, tanto que no puedo evitar rememorarlo: Una vez en el interior del zoo, buscamos el recinto de la jirafa, no fue, por razones obvias, difícil el hacerlo, una vez allí, él, depositó con sumo cuidado y pegadas a la media valla del recinto donde la tenían encerrada, las frescas ramas de acacia que escondía bajo la capa.  No tardo ésta en venir tan elegante y señorial, como golosa y confiada, con la intención de comerlas.  Quizá las olió antes de verlas. Después de adoptar una postura de mariposa rota, bajó la cabeza y alargó su enorme lengua buscando las frescas hojas, y fue justo en ese instante cuando Petro elevó sobre el cielo gris la reluciente catana, para de inmediato asestar un certero golpe sobre el cuello del animal. El golpe seco y amortiguado se vio incendiado por el fugaz pero vivo relampaguear de una leve chispa que produjo el resplandeciente acero al chocar, después de seccionar limpiamente el cuello de animal, con el oxidado hierro de la valla. Luego se oyó lejano y grave el liviano tintineo de la pequeña cabeza sobre la grava.  El animal se incorporó todo lo rápido que pudo, llegando a erguir totalmente el decapitado cuello.  Vista así resultaba más que grotesca, inacabada, y más que dolida, asustada, quizá más que por la decapitación de la que nunca fue consciente, por el chasquido del acero del arma con el hierro de la valla, el último sonido de su vida. Hasta ese momento de la herida sólo habían caído dos leves hilos de sangre.  Estaba previsto, era lo lógico, por eso segundos después de haber alzado totalmente el cuello, el retículo admirable entró en función, y como si de un géiser se tratase, manó de la herida un inmenso y violento chorro de sangre que se iba abriendo a medida que subía para luego caer como un profuso aguacero enrojeciéndolo todo a nuestro alrededor. Bailábamos  cobijados bajo el rojo paraguas al ritmo de los enlutados acordes de una balada triste, con la que pretendíamos detener el tiempo y remansar todo cuanto había a nuestro alrededor en una extensión sino blanca si al menos cenicienta, con la que dar el contraste indispensable a nuestro sueño de sangre y silencio.  Mientras, la jirafa no dejaba de girar en torno a sí queriendo comprender; y el ciego desojado de nacimiento, iba y venía como un borracho moviendo sin cesar sus inquietantes ojos blancos, tratando, como el agonizante animal, de entender el porqué de aquella pegajosa lluvia, a la vez que  musitaba llamándola inútilmente con melosa voz de degenerado: “jirafa, jirafi, jirafita”. Viéndolo así, confuso y empapado de sangre, sus ojos se tornaban dos soles de melancólica pureza, tanto que arrebatada de pasión, le susurré a Petro, tengo miedo, miedo de olvidar el color de esos ojos, tanto miedo que no sé si podré volver a pensar en otra cosa.Cuando la jirafa se derrumbó, Petro me invitó a caminar hacia el río, donde purificarme.  Antes de perderme en el primer y último recodo del sendero, camino a mi destino de diosa, me di la vuelta y vi a Petro entregando al ensangrentado ciego la cabeza de la jirafa, y como éste, la palpaba con avidez,  no exenta de cierta ternura.Fue la última vez que vi  a Petro, la policía me detuvo a la orilla del río con mis negras ropas y mi cara blanca salpicada de sangre, y llevando atada al cuello la inservible cámara fotográfica y en la mano el rojo paraguas teñido ahora de sangre y de ganas.Hoy, un mes después, he recibido un paquete postal, al leer el remite el corazón me ha dado un vuelco, quizá esté más viva de lo que deseo, el nombre del remitente y parte de la dirección me resultan  desconocidos, no así el de la ciudad, Sebastopol. En su interior hay un frasco de cristal con tapón de corcho lacrado en rojo, y dentro de él, como en un acuario de increíble transparencia, flotan eternamente desacompasados dos enormes e inquietantes ojos blancos. Los imagino engarzados en el ámbar de un corazón disecado, sin querer saber que estoy pronunciando con ello un nuevo deseo.Fin. JOSÉ ROMERO P-SEGUIN 

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POEMA DE ANTONIO ROMERO PEREZ MI HERAMANO DEL ALMA

POEMA DE ANTONIO ROMERO PEREZ MI HERAMANO DEL ALMA

 
 

Recuerdas niña lo bien que antes
sabíamos callarnos,
volcarnos por ejemplo aquellas tardes
sobre la barandilla fresca
y mirar a la ermita, sólo eso.

Tanta fue la traición luego
de los días agotadoramente largos
que nos volvimos charlatanes, locuaces,
alegres bailarines ante el éxito de cualquier
insensata labor de vigilancia.

Signos del declive ya por entonces
te hablo de los años amarillos:
una tras de otra las nueces salían negras
los melocotones ásperos olvidaron oler a melocotón,
por esos días se jodio todo niña, eso pasó.

Se bifurcó salivosa la trayectoria
de nuestras paciencias, todo se hizo
pequeño y tropezamos en cada esquina,
denegamos cautos nuestro derecho
a no cerrar los ojos en presencia del otro.

Caímos alarmados en la cuenta
del mínimo espacio de nuestra soledad
sin rincones ni cerrojos,
corrimos a comprar candados e hicimos celosías
en los vanos y arrancamos las aldabas de por fuera.

Añoramos subterráneos sin accesos donde
calmar el latido de cada encuentro accidental
(no los había de otro modo),
celosamente extraños entre extraños
enloquecimos niña, eso pasó

minuciosos escrutadores de nuestras costuras
nos rendimos sin luchar como se suele,
llamamos melancolía a lo que era
ya entonces tristeza espesa como azogue
y gritamos ante farmacias sin receta


Nos fuimos niña, eso pasó
cada uno por su lado al mismo sitio
nítido, de recintos descuadrados,
vacío de haladas y de tardes

Recuerda aquel entonces como yo
verás que era perpetuo el silencio de los días
que éramos dioses nombrados cada víspera
que tuvimos el infinito entre las manos

Antonio Romero Pérez

 

ELECTRA

ELECTRA

 
 
 
Que fue lo que perdimos que aquí
tanta falta nos hace.
 
Una vez más se levantó a mirar a través de la ventana.  Afuera llovía con la misma fuerza que lo venía haciendo desde varias semanas atrás y comenzaba a anochecer.  Cuando volvió a la silla Mitropoulos ordenaba los primeros acordes de aquélla ópera sin obertura que venía del silencio para llenar la habitación.  Cerró los ojos y pretendió olvidar el miedo que sentía o por lo menos apartarlo momentáneamente de sí.
A mediodía habían salido Jaime y Rosario para contactar con los lideres del sindicato y todavía no habían vuelto.  Estaba nervioso.  ¡Que asco tener que vivir así!.  ¡Que duro deshacerse las uñas (sentirlas dilaceradas) contra un muro de hormigón sin ver resultado alguno!  No obstante,  el miedo sólo le confirmaba que todo lo que fuese factible hacerse era necesario y había de ser hecho para librar a todos de esos hijos de puta.
-¿Dónde se habrán medito estos?  Capaces de pararse en algún pintajo y allí mismo detenidos.  Capaces,  capaces de cualquier chavalería.  Mil veces se lo habré dicho.  No saben lo duro que es este juego,  es mucho lo que se gana ¡joder!  Imagina,  no sólo hablar en libertad sino tenerla.  Pero un descuido y te sales del raíl,  y adiós...
"A tener cuidado chavales,  a mirar por donde se anda y qué se dice,  ni una oportunidad os van a dar",  les había dicho cuando bajaron para irse bien cubiertos para escapar de la lluvia.  Ahora en la espera angustiosa imagina fragmentos aciagos de futuro,  los que siempre nos imponen el pesimismo y el miedo.
Bebió e intentó de nuevo encender la pipa pero la llama de la cerilla no encontró más que ceniza.  Orestes,  la misma Electra y los demás seguían ocupando el espacio y por momentos lograban apartarlo de la situación, situarlo desde el pentagrama y sus agudas voces sobre todo lo que estaba ocurriendo.  "Los del sindicato tienen sus propios intereses,  tampoco de ellos va uno a poder fiarse.  A algunos de esos ya me lo conozco yo no está en la policía porque no dio la talla pero falso como que más".
Golpes en la ventana lo sobresaltaron.
Abrió la puerta.  Era Moro.  Nada sabía de los otros pero traía malas noticias.  Venía de la parte Este,  del barrio del Carmen casi a las afueras,  con vagas noticias de la represión de la manifestación.  Había podido oír disparos mientras huía.  ¡Que jodidos y qué necios los que defienden tal estado de cosas!  Moro traía mala cara,  como de saber más y callárselo,  como de miedo.  Era esa mirada de susto,  más por lo que esperaba que por lo que había visto,  que de forma inconsciente fácilmente se deja transparentar,  nos va cubriendo el rostro y afectando a los gestos hasta hacerse patente e invariable.
Estaban en silencio escuchando el llover sin tregua y la música entrecortada y las voces agudas que todo lo llenaban.  Esperaban.
La noche ya era total en las calles.  La cuidad era luces,  llantos e impotencia que se hacía,  si ello era posible,  más patente cuando se traspasaba la hora del toque de queda.  Y ya era,  y ellos todavía fuera.  El miedo evitaba poder pensar con claridad.  Todo salía mal.  "¿Por qué todo se retuerce?"
Estaban en silencio aún.  Él no temía el hecho en sí de morir sino el sufrimiento,  los pesares,  el dolor.  Él antes de volver a la cárcel prefería morir.  Moro antes que cualquiera de las dos huir,  aún a pesar de tener que dar por bueno (o ignorarlo) lo que ocurría desde que comenzaron a tener que esconderse.
De todas formas la decisión parecía la idónea,  la menos mala.  El sindicato podía ayudar,  todavía tenía fuerza aunque no fuese de fiar,  la gente los escuchaba y lo primero,  si había que volver a lo práctico,  era lo primero.
Afuera seguía lloviendo y reinaba un extraño silencio difícil de descifrar.  Se preguntaba por qué sobre él había recaído aquella responsabilidad que no buscaba.  No había regresado de Europa para aquello pero alguien tenía que hacerlo.  Bajó Luisa del piso de arriba y le rodeó por detrás con los brazos a la altura del cuello.
Moro en la ventana.
-Nada,  llueve,  buena noche para pintajos.
-¿Y para qué los pintajos?  Para nada.  Tiene que correr la sangre sino la gente no oye, no ve, no sabe de nosotros,  y si no te conocen no eres nadie.  Una gota de sangre vale más que todo lo que seas capaz de pintar por toda la ciudad durante toda una noche-  Decía mientras se apartaba de Luisa y llenaba el vaso con ese licor trasparente que tomaba sin hielo,  frío era lo que sobraba.  Por primera vez comprendió que ellos ya no volverían.  Luisa volvió a abrazarlo,  lo besó.
Crujió la puerta y se abrió como reventada.  Entraron y golpearon y tiraron las estanterías y a patadas destrozaron todo lo que encontraron a su paso.  Él y Luisa fueron sacados a empujones.
-¡Moro!,  ¿qué cojones has hecho?-  grito y un puño le cortó la respiración-
Moro se quedó allí mismo,  junto a la ventana como estaba,  sentado en el suelo.  Una mima voz acompañada de música sonaba repitiéndose desde el disco rayado. Moro tenía mucho que perder,  su vida y la de los suyos.  No había llegado de Europa,  aquí había estado siempre desde siempre a pesar de la miseria,  sabía aguantar y perder algo para no perderlo todo.  El lunes había estado en Comisaría....Aún sabiendo justificarse no pudo evitar las lágrimas.
Antonio Romero Pérez

 Hermano en la sangre y en la palabra.

LA REVOLUCION DE LOS CLAVELES

LA REVOLUCION DE LOS CLAVELES

Las revoluciones no son sino inmensas hogueras que los humildes encienden en los montes y regios torreones de los injustificados adarves, en la esperanza de que los arrogantes tiranos puedan ver el rostro de la cruel y brutal infamia que por su voluntad les aflige y subyuga. No son, por tanto, y a pesar del grado de violencia con que puedan producirse, sino generosos actos de crédulos hombres, que llevan en su infinita ingenuidad hasta ese punto sin retorno el afán de un reconocimiento voluntario y sincero por parte de quienes los explotan y ofenden, sin querer entender que su suerte está echada en las hogueras de sus actos ya sofocados en el debe y el haber de los poderosos, al saberlos sin necesidad de augures, efímeros y de algún modo vencidos por la propia intensidad de su voluntad multitudinaria, por la heterogeneidad de su esencial cosmogonía reivindicativa, y por la inexcusable necesidad de volver a retomar el día a día con sus silencios y cotidianos ruidos que hacen florecer al fin el pan y la esperanza en sus bocas.
De todos modos no son jamás actos fallidos o estériles, sino que sea cual sea su desenlace cumplen siempre un cometido superior, el dar forma a los que han de ser los nuevos tiempos, las nuevas formas y esperanzas con que se ha de construir el futuro.
A todos nos gustaría que las revoluciones no fuesen una celebración esporádica sino una constante en el día a día de los hombres y los pueblos. Que unos y otros, revolucionados y puestos en pie de guerra consigo mismos, afrontasen en cada segundo de su vida el compromiso de acabar con las terribles lacras que nos asolan y que son causa de todos los males que aquejan a la humanidad. No se trata de ser mejores para ningún dios, sino para cualquier hombre, y por ello el objetivo es apostar por esta vida y no por ninguna otra por apetecible y definitiva que pueda parecer.
El hombre así tomado de uno en uno no es nada, pero en su conjunto, es un ave fénix que renace una y otra vez de sus cenizas, y esas cenizas de la mágica y solidaria resurrección, no habitan en los panteones ni tumbas donde descansan sus huesos, sino en las que emergen de las gloriosas hogueras que, de tarde en tarde, encienden en los montes y torreones para despertar las conciencias, las suyas y las de los tiranos, ahora sí, de uno en uno, porque sólo así la revolución se hará algún día posible y auténtica.
La historia tiene el rostro marcado de cenicientas cicatrices que le imprimen carácter, el mejor, y le brillan en los ojos las limpias luminarias con que a golpes nos guiamos en el infatigable afán de hallar puntos de justicia en el que encontrarnos y tratarnos con el respeto y a la atención que todos, sin excepción, nos merecemos por ser hijos de esta tierra, de este mar y este limpio cielo que sella nuestros sueños y anhelos más preciados.
Ya sé que muchas de ellas, casi todas, se han cuajado de sangre y de brutalidad en su génesis y posterior desarrollo, pero qué es la sangre sino un don de vida derramado por las venas para un fin que no soporta otro destino que el de hacer posibles los más humanos y fraternales sueños. Por ello hemos de saber derramar nuestra sangre, porque sin ellos la sangre no es sino el néctar con que se alimentan las moscas de todos los malditos excrementos de la ambición, la esclavitud y la injusticia. Moscas de mala muerte que no nos son ajenas sino que nacen de nuestros vientres y de nuestra sangre y con las que convivimos a diario.
Sé también que una tras otra terminan por pudrirse, sumiéndonos en un constante desaliento, pero quién lo duda, fuera de ellas no hay esperanza, porque lo establecido no obedece al capricho de unos pocos, como puede parecer, sino a la aceptación voluntaria que las mayorías adoptamos frente a ese puñado de hombres sin escrúpulos.
Se cumplen ahora treinta años de aquel 25 de abril de 1974, en el que bajo los sones de la emblemática canción de Zeca Alfonso, "Grândola Vila Morena" y el tierno designio de un rojo clavel recién nacido de las bocachas sus fusiles, el ejército portugués iniciaba una de las más hermosas y románticas de las revoluciones, que había de dar al traste con una dictadura de más de 40 años y abrir a este pueblo las puertas de la democracia y la libertad.
"Grândola, vila morena/Terra da fraternidade/ O povo é quem máis ordena/_ /Em cada esquina um amigo/em cada rosto igualdade/_/A sombra duma azinheira/Que já nôa sabia a idade/jurei ter por campanheira/Grândola a tua vontade/Grândola a tua vontade/"
Claves y versos para iluminar un sueño de libertad que digan lo que digan, aún alienta hoy los fanales del futuro de este pueblo, que lleva inscrito en el desatino de su historia una de las páginas más envidiadas de esta Europa conservadora y exquisita en el arte de la indiferencia.
Las utopías no son sino horizontes inagotables que hemos de ir alcanzando a la luz de las revoluciones perdidas.

José Romero P.Seguín.

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GÉNESIS

GÉNESIS

En un día lluvioso,
sobre los campos
se oye algo más que la lluvia;
se oye el silencio
de lo necesario.
La gota encaja en la raíz,
como el corazón en el pecho,
luego viene el relámpago
de la vida,
y se oye en la tarde lluviosa,
el tictac,
de la muerte.

José Romero P.Segín

EL ÚLTIMO TREN

EL ÚLTIMO TREN

         La lánguida y amarillenta luz del compartimento cae derrotada sobre nosotros, dando a nuestros oscuros ropajes y nuestra rugosa piel una gravedad cuando menos inquietante.
Sara duerme plácidamente con su cabeza apoyada en mi hombro, como tantas otras veces, como siempre, el movimiento y mi hombro son para ella garantía suficiente de poder vivir sin que el miedo la mate. Mientras, yo me arreglo para seguir escribiendo un cuaderno más de este vivir nuestro de estaciones intermedias y ajeno a cualquier destino.  El nuestro no es llegar, llegar es una palabra que no figura en nuestro dialecto de eternos viajeros.  Quién lo iba a decir de nosotros, dos sedentarios natos, pero al final todo se dice, hasta lo imposible de pronunciar, y es que al final no somos sino lo que los demás pronuncian, pero eso no lo aprendimos hasta que nos fuimos criminalmente pronunciados.  Antes nos creímos invulnerables, no en vano éramos tan jóvenes como estúpidos.
Como lo debe ser ese joven que tengo sentado frente a mí y que al menor descuido se roba con una ingenuidad que me maravilla la mirada del libro que está leyendo, y trata de leernos, de algún modo pronunciarnos, pero ahora, lo sé, con cierta pena, no en vano somos dos viejos a la sombra de una luz a la que le resulta imposible ocultar nuestro ancestral y peculiar cansancio, el que sin duda imprime el ir continuamente de un lugar a otro sin otro afecto que el de cambiar de tren, que el de retomar el viaje.
En algún momento, aprovechando un cruce de miradas, me va a preguntar algo, lo sé. La sospecha se cumple de inmediato, el joven baja la voz y pregunta: “¿Un largo viaje?”. Si estuviera ella despierta me acompañaría en la complicidad de una sonrisa, pero ella duerme, debo ser yo el que responda y lo hago sin excesiva convicción, bastante, sí bastante.  Podría haberle dicho, 59 años con sus 365 días más los de los bisiestos, pero eso sonaría a senil excentricidad, y él no desea pronunciarnos así, él desea hacerlo con lástima.
Además, qué trayecto soportaría explicarle a alguien que llevamos viajando más de tres cuartas partes de nuestra vida. Que hemos recorrido todos y cada uno de los kilómetros de vía férrea que recorren la geografía de la vieja Europa, y las arterias principales de buena parte de Asia. Si lo hiciera, él esperaría una historia interminable, y más tratándose de un viejo, pero le defraudaría, lo sé. Porque la razón, es miedo a detenernos, sólo eso, y la razón de ese miedo, el huir de un mal presentimiento que se hizo un día realidad y que nos obligó a creer en todo lo que no habíamos creído antes, a rogar a los cuatro puntos cardinales, a jurar en nombre de virtudes de las que aún no disponíamos, y en un último momento, a expresar un deseo que se nos hizo realidad, marcando a fuego de raíl el sendero de nuestras vidas.
Hacía unos días que nos habían detenido, después de que alguien denunciara nuestro escondite, y cuando ya las tropas aliadas cercaban Berlín.  Fuimos conducidos con otros muchos, demasiados todavía para la sistemática brutalidad de aquella feroz persecución, al interior del sucio vagón de un tren de mercancías, tal vez de ganado. Todos sabíamos por la estrella trapo que nos cosieron en la solapa, cuál era nuestro destino, Dachau. Y lo era, pero cuando el tren se iba a detener en la estación de Munich, la encontraron tomada por las tropas Rusas, y el tren tuvo que seguir, y ya no se detuvo, y fue así como aprendimos que para huir del horror no había otra posibilidad que la de impedir que se detuviese, y no lo hizo ni lo va ha hacer, al menos mientras Sara y yo vivamos.

JOSE A. ROMERO P.SEGUIN

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