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GRÂNDOLA LITERARIA DE JOSÉ ALFONSO ROMERO P.SEGUIN

BAJO SECRETO

BAJO SECRETO


Mis ojos se perdieron en el corazón de la niebla. Clavados al fondo, deje de verlos. No me asuste, no son, ni niños, ni tampoco tontos como dicen que soy. Ellos conocen de memoria el camino de regreso, por él volverán, lo hacen siempre. Lo harán, eso sí, jadeantes y cansados, como perros de caza después de una larga correría tras la presa.
También vuelven cuando caen en la turbulenta corriente de un río o en un abismo de nubes o en un mar embravecido o en un precipicio o en las lágrimas. Y en ese último caso si que semeja un verdadero milagro el que regresen, porque en esos momentos sientes físicamente como se van diluyendo en el mar del llanto, como van velándose en su interior las imágenes hasta dejarlas vacías, vacías y solas, tanto como lo están esas conchas de caracol que se pudren abandonadas en medio de la espinosa soledad de los zarzales. Sí señor, profundamente solos con nuestro dolor, y cuando vuelven los recibes con la alegría con que se recibe el presente de un verdadero milagro, como es el de permitirnos volver a mirar.

Por otro lado, nada hay que temer, la niebla no se los queda, para qué los quiere, ella es ciega por voluntad propia, se arrancó los suyos para no sentir miedo al rodar monte abajo. Y es que hay que ser extremadamente indolente para hacerlo con la despreocupación que ella lo hace. La prueba de que es así, es que no se sirve ni de los míos ni de ninguno de los muchos que va atrapando ladera abajo. Es por ello frecuente verla avanzar imparable con su marea de ojos olvidados prendidos en la solapa.

Ojos olvidados y lacrimosos, ojos de perro enfermo, sí, eso, ¡eso mismo!, de perro enfermo y viejo. Ojos de perro y de abuelo, ambos al final de la vida: cansados, mórbidos y llorosos.

Ojos del abuelo que, al contrario que mis ojos, se perdió para siempre camino de algún lugar al que llamaba con voz afligida: “¡Dios mío!”. Se fue atado a la cola de un puñado de nubes grises que corrían altas por un cielo desquiciado, dormitando en una caja demasiado joven para él. Me habría gustado hacerle una caja como él se merecía, de maderas viejas, que oliera: a flores secas, manzanas maduras, desvanes antiguos y nubes deshilachadas. Le gustaban tanto. Pero en ese tiempo yo no podía saber, no debía saber, porque sólo así me era permitido mantener el precario equilibrio de mi mundo.

Ya está aquí, la niebla digo. La siento, fría y blanda, en cada golpe de aliento. La siento caricia de silencio sobre el rostro. La siento babosa de cien mil ojos, mojando las cuencas vacías de mi humilde par.
Me quedo entonces más que quieto, ensimismado, y oigo que dicen algunos: “Está como tonto”. Y afirman otros: “No es tonto, es sólo un poco retrasado”. A mí la verdad es que no me importa lo que digan, es más, quiero ser tonto o retrasado, lo necesito, serlo, me es hoy, aún más que ayer, vital.

Pienso, eso sí, y no sin angustia, que si yo tengo que realizar este brutal esfuerzo para mantener el equilibrio de mi diminuto mundo, qué no tendrá que hacer Dios para mantener el orden de su infinito universo. Debe ser aterrador ser dios. Me pregunto, si sentirá como yo el peso blando de la niebla y de su padre sobre sí, ambos jadeantes y pastosos. Si sentirá la carne de arcilla reblandecida endurecerse en ese punto de fatal desequilibrio en el que reside la hombría. Endurecerse tanto que llega a hacer daño ya antes de hacértelo. Y si será por no estropearlo todo por lo que se ha sumido, como yo, en ese profundo silencio en el que habitamos.

Dios también es “tonto” y “retrasado” a decir de los que en la angustia del desesperado ruego lo presienten, sin paciencia, embobado en sus cosas, ajeno a sus cuitas y pesares, indolente en la insolencia de su inclemente silencio.

La niebla, cuando pasa, me lo recuerda, a mi padre digo. Pero no la odio, tampoco a él, ante ella me dejo hacer, igual que ante él. Me dejo hacer y la siento y lo siento jadear blando y sudoroso sobre mi cuerpo. Y siento la dureza de su miembro golpeándome, rompiendo el tierno hechizo del abrazo, convirtiéndolo en algo horrible, y presagiando lo peor, lo que está por venir.

Las cosas que hacemos nacen en nuestras cabezas, lo sé, aunque lo calle, y se expresan en cada uno de nuestros órganos. Podía parecer por ello que podemos elegir hacerlas o no hacerlas, pero a menudo y pese a intentarlo no podemos, porque algo que está dentro de nosotros nos derrota. En algunas ocasiones cojo una hormiga y trato de acariciarla con ternura, pero no puedo, no le caben las caricia. Lo intento una y otra vez, pero no hay manera, y me desespero de tal modo que me dejo ir y termino por triturarla, con fuerza y rabia, entre los dedos, sólo así acierto a sentir que la acaricio hasta hacerla llorar, llorar tanto que al final siento asco, asco y pena. Y comprendo entonces que no debí hacerlo, sabiendo por otro lado que a la hora de elegir no tuve elección.

A mi padre le sucede conmigo lo que a mí con la hormiga. Pierde la cabeza, lo sé, él quiere tener otras cosas en su cabeza, por eso me abraza con ternura, me da afectuosos golpes en la espalda y me besa en las mejillas. Luego se aparta y me mira de lejos, y lo hace porque sé que él quiere ser así, y como lo quiere, otras veces sólo me pasa la mano por la cabeza y me revuelve el cabello, y me dice: “¡Mi niño!”. Me quiere, y así lo siento. Siento su cuerpo blando como una nube pegado al mío, y me dejo ir, me pierdo en él. Es entonces cuando se despierta la fiera, cuando siento en un punto el latigazo duro de algo insignificante en relación con el volumen de su cuerpo, y todo empieza a ir mal entre los dos. Todo se rompe, él trata de mantenerse dentro de la ternura, pero siento que no puede, y es así como deja de ser mi padre para convertirse en mi pesadilla.

Es verdad que ya no ocurre con tanta frecuencia como antes, como cuando era pequeño. Entonces lo hacía más a menudo. De todos modos la sensación para mí es la misma. Ya no recuerdo cuando lo hizo por primera vez, no sé siquiera si la hubo, sino fue así desde siempre. Sé, eso sí, que lo que describo ocurre desde que tengo memoria.

Mi padre es bueno como el pan, me quiere y me gusta ir con él allí donde va, y que me abrace, sólo le temo a la dureza de ese corazón con forma de puñal que me rompe: que nos rompe.

Ahora que la niebla pasa, estoy apoyado sobre el duro tronco de un pino y no puedo evitar que me lo recuerde, y como me lo recuerda, siento miedo, miedo y rabia. Pero la niebla pasa, se va perdiendo monte abajo. A ella, no hay árbol que no la quiera en toda la ladera, y, sin embargo, también la van acariciando y atravesando crueles las ramas que se encuentra en el camino.

Mi abuelo, como ya dije, se fue en una caja nueva que olía a pintura, me temo que el pobre no va a estar a gusto allí donde este, por muy ¡Dios mío! que se llame. Debí hacerle una caja que oliera a manzanas maduras, a flores secas, a desvanes antiguos, a nubes deshilachadas: le gustaban tanto.

Él, no sé por qué, no me acariciaba, me miraba solamente y sonreía. Él sabía mucho y también me quería mucho, lo sé, quizá por eso no me acariciaba. Pero se murió, como también se murió madre, y ambos lo hicieron cuando más los necesitaba.

A mi madre en cambio la enterraron en la caja que se merecía, incomoda y sin esperanza de poder guardar en ella sus cosas de la costura; y es que no debió hacer lo que hizo y después hacer lo que me hizo: Morirse. Ella fue la que denuncio a mi padre. Yo era entonces muy pequeño. A mí padre se lo llevó la Guardia Civil un lugar al que llaman justicia. Y así fue como me quede con ella y el abuelo, y luego ella y el abuelo se murieron y me dejaron solo en medio de la niebla. Al abuelo se lo perdono, era muy viejo y llevaba mucho tiempo esperando irse a ¡Dios mío!, demasiado para quedarse una vez tuvo ocasión de hacerlo. Pero ella no tenía que haberse ido de mi lado, porque ella no tenía ningún lugar, ni ningún dios a donde ir, su sitio estaba junto a mí: su dios. No lo digo yo, lo dijo ella, se lo dijo a mi padre cuando él le pidió por Dios que no lo denunciara. En ese momento ella le respondió altiva en su maternal coraje: “Yo no tengo otro dios que mi hijo”. No me lo invento, lo pronuncio ella, como quien pronuncia una sentencia, la que luego fue. Claro que él también le prometió que no lo haría más, sabiendo que no podría cumplir, aunque se lo pidiese el mismísimo Dios. Yo se lo pedía a Dios algunas veces, pero Dios…yo qué sé…el caso es que mi padre, pues eso, igual...

Dice mi tía Andrea, muy amiga de decir, que mi madre se murió de vergüenza y de pena, una enfermedad que sólo mata a las madres. Y yo digo, y ahora aún más, que sólo mata a las personas que les encanta morirse. Porque él no quiere morir, él se resiste a morir, respira por ello como la niebla por todos los poros de la piel, y yo lo miro, lo miro sin compasión y me abrazo a él, y siento como su cuerpo de niebla se va enfriando lentamente bajo este manto gris en que me encuentro perdido.

Cuando ella lo denunció también me llevaron a mí, era pequeño, pero me llevaron, lloraba, pero me llevaron, fueron los batas blancas, desde aquel día siento ante ellas una profunda desolación.

Recuerdo sólo sus batas, creo que risueñas, falsamente dulces, terriblemente impregnadas de un olor frío y descaradamente extraño a cualquier olor natural, y tan ajenas, por tanto, a las fuerzas de mi mundo que me daban miedo.

Con ellas de la mano me perdí por tibios pasillos sin final, que se perdían en otros idénticos, flanqueados todos por innumerables puertas también blancas, que daban paso a idénticos cuartos, amueblados como para una pesadilla. Pasillos y cuartos que olían a desinfectante y a algo que me llenaba de pena sin dejarme conocer el porqué.

En esas estancias tibias y repetidas fui, durante días, manoseado sin pudor alguno. Luego comenzaron a preguntarme. Quise callar, y lo hice en todo aquello que me interesó. Me preguntaban si le tenía miedo a mi padre. Y les conteste que no, que mi padre era blando como un puñado de niebla, ellos no lo entendían, no querían, se les notaba a la legua. Para ellos era sólo un jodido energúmeno.

Pude contarles como me abrazaba, como me acariciaba, como me miraba. Como lo hacía como padre y también como lo hacía cuando se perdía en el filo de su navaja y me dolía. Pude contarle todo, pero, para qué querían ellos saber, para qué compasión, para qué solución. Para demostrar su culpa, decían. La culpa, era sólo eso, ¡la culpa!, una curiosidad como otra cualquiera. La culpa les iba a servir a ellos para que mi padre fuese a la cárcel. A mi madre para morirse de pena y a mi abuelo para no regresar jamás de “¡Dios mío!”. Aunque, he de reconocerlo, la culpa tenía en ese momento capacidad de ordenar o desordenar mi universo. Hoy, en cambio, que todo se ha estrellado, que todo se ha roto a mi alrededor, hoy, que piso y puedo oír crujir el camino bajo mis pies, y sé que no son fragmento de retamas ni de arenas, sino de mi vida, hoy digo, la culpa me trae sin cuidado. Y de hecho me trae, y de hecho, soy culpable.

Recuerdo que de noche me asustaba el ir y venir delirante de las ratas y ratones sobre las podridas maderas del falso techo, y a lo lejos el ladrido abrasador de los perros, y ya más cerca, encima de mí, el viejo crucifijo de la cabecera de la cama, lo miraba en la oscuridad y me aterraba. Se lo conté, pero eso no les importaba, para ellos eso no violaba nada, ni madre se moría de vergüenza, ni mí padre iba por ello a la cárcel. Sin embargo, el que él me quisiera tanto durante tanto tiempo y me hiciese daño durante sólo unos instantes, era un pecado terrible. De nada importaba que otras muchas veces él me cogiera de la mano y me llevara con él al campo, y me enseñase a sembrar trigo, que cazara para mí mariposas de colores y que me hablara de los árboles y de los pájaros.

Cuando chupas un caramelo, el dulce te llena amable la boca, no es verdad, pero sabes que irremediablemente vas a llegar al palo, que en algún momento vas a sentir el palo, duro y seco hiriéndote. Y es entonces cuando lo maldices, ¡verdad!, cuando olvidas sin más la otra parte, la buena, o por el contrario te centras en la parte buena, o para ser del todo justo, tratas al menos de situarte en un punto intermedio. Los hombres y mujeres que me invitaban a hablar, a dibujar, a escribir, querían que les hablase del palo, sólo del palo. Pero yo tenía mucho que decirles sobre el sabor dulce de la bola de algodón de azúcar que también estaba. Por eso me calle para siempre.
Les miraba, eso sí, pero en silencio. Quería que vieran, que leyeran en mi alma, por sus propios ojos, lo que yo no podía explicarles con palabras. Pero no vieron. Tal vez no tenían ojos pese a alardear de no perderlos nunca, o estuviera mi alma cuajada de niebla.

Después y como ya he dicho, me devolvieron a casa, y madre se murió, y mi abuelo también, la una de vergüenza y de pena, dicen, y el otro porque deseaba irse a un lugar que él llamaba “¡Dios mío!”. Y yo me quede callado, como un tonto, dicen los tíos y las vecinas, oligofrénico dicen los batas blancas. Pero no me importa, es más, me alegro, porque eso me va a permitir ser niño para siempre. Ser niño es un oficio hermoso. Así podía ir a ensimismarme en las cosas que ocurren en el monte, y de la mano de mi padre a las fiestas.

Pero la niebla viene todos los días, y con ella, cosas nuevas, unas buenas y otras malas. Y mi padre se ha enamorado de otra mujer, una mujer que no huele a madre, que no huele a nada, porque huele a perfume. Una mujer incapaz de morirse de vergüenza. Y según mi padre, quizá tengamos que irnos a la ciudad. Y yo no quiero irme, y se lo he dicho. Él sabe que puedo hablar más allá de un si o un no, nadie más lo sabe, pero él sí. No sabe en cambio que tengo en el bolsillo la navaja del abuelo, ¡no!, eso no lo sabe.

“No te puedes quedar”. Me dice serio, irritado casi, como si ya no fuese él. ¿Por qué?, le pregunto. Me dice: “Porque no estas...”. No se atreve a continuar, él sabe mejor que nadie para que estoy y no estoy capacitado. Me quedó, le digo: “Te vienes”, me responde tajante. Luego se me acerca, y me da un abrazo. Vuelvo a sentir su cuerpo de nube tibia pegado al mío. Me siento bien, tanto que por un momento pienso que quizá debería acceder a ir con ellos. Él me besa con dulzura en la mejilla. Luego sus labios se detienen en mi cuello, siento con más horror que asco, aletear su nariz, y de inmediato, abajo, el ardiente puñal. ¡No!, grito. Pero él no hace caso.
Meto la mano en el bolsillo del pantalón y cojo la navaja. La niebla rueda monte abajo grande y gris como el cielo caído que es. Perdidos los ojos en ella, la abro y siento sobre mi piel el frío relámpago del acero. Él distraído en su locura, no la ve. Muevo hacia atrás el brazo y comienzo a golpear su cuerpo con la aguzada hoja: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis.... Se la clavo hasta que lo siento frío y pegajoso entorno a mí. Lo suelto entonces y cae al suelo como un pesado fardo de niebla. Como lo que ahora es.

A la mañana siguiente vinieron a buscarme tres guardias y varios batas blancas. Pero ahora ya no les tenía miedo, ahora sabía que era dueño de mi silencio, que me era permitido algo más que callar: no saber nada.
En la simple sospecha de que no regía en mí la razón sino la fuerza de la costumbre, me llamaron con la estúpida reiteración con que se llama a un perro o a un gato, buscaban sin duda despertar la atención no de mi razón sino de la costumbre.
Cuando me canse do oírlos, me acerque a ellos despacio, al fin y al cabo sólo quería que se callasen. Recuerdo que me trataban como si estuviera definitivamente perdido, y se conformaban por ello con una mirada cansada y ausente. Ya no soy para ellos ni siquiera un niño, soy sólo un tonto, en ocasiones, peligroso.
José Alfonso Romero P-Seguín.

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8 comentarios

José Alfonso Romero P.Seguín -

María, la magia de tus palabras despierta en mi alma una profunda sensación de consuelo.
Muchas gracias por tan generoso entender y decir.
Recibe un fraternal abrazo.

María Pedrosa -

La magia de las palabras en manos del buen hechicero conjuran a Ángeles y Demonios,tornan al sabio lerdo y al loco en su locura,si cabe, hacen mas cuerdo.
Gracias, hoy he aprendido lo que es una alegoría.

Josë Alfonso Romero P.Seguin -

Cesar ha escrito:

Recuerdo haber dejado un comentario a este relato hace al menos un año. Tal vez no haya sabido entonces enviarlo correctamente. O tal vez no haya sabido ver en él la profundidad de los sentimientos que hieren y finalmente matan. Porque antes han sido convenientemente afilados.
Cada palabra es un indicio que nos dirije a través del bosque para enseñarnos finalmente la salida.
Tu mente está repleta, Jose Alfonso, necesitas y consigues vaciarla a ratos, eyaculando pequeñas obras maestras, algunas de las cuales erizan la piel.

Orense a tantos de tantos.

Cesar -

Recuerdo haber dejado un comentario a este relato hace al menos un año. Tal vez no haya sabido entonces enviarlo correctamente. O tal vez no haya sabido ver en él la profundidad de los sentimientos que hieren y finalmente matan. Porque antes han sido convenientemente afilados.
Cada palabra es un indicio que nos dirije a través del bosque para enseñarnos finalmente la salida.
Tu mente está repleta, Jose Alfonso, necesitas y consigues vaciarla a ratos, eyaculando pequeñas obras maestras, algunas de las cuales erizan la piel.

Orense a tantos de tantos.

José Alfonso Romero P..Seguín -

Hermosa idea, lagrimas de carbón, negras y brillantes como la esencia de lo que ha de ser mañana diamante con el que tallar el cristal de las copas y vasos con los que apurar la vida.
Aún más, lagrimas como espinas de rocío helado con las que recordarnos los días de rosas y las rosas de los días en los que no hubo amargura sino amor en nuestro llanto.
De alma a alma eternamente agradecido por tu tiempo y tus bellas palabras.
Recibe un fraternal abrazo.

sedemiuqse -

De alma a alma. Totalmente sentido y comprendido.

En silencio me voy, me voy al lado del pino donde un profundo agujero guarda lágrimas, lágrimas que se fosilizan para ser siempre lágrimas fosilizadas.


Besos y amor
je
Besos y amor

José Alfonso Romero P..Seguín -

Respuesta
Infinitas gracias Antonia, por ese hermoso leer tuyo, ese en el que las palabras se ensanchan hasta alcanzar pleno sentido, ese, digo, en el que late la grandeza de este oficio de palabras, el sentirlo vivo en mitad de la vida de esos con quienes los compartes. Tú lo has vivido y me lo has contado, y encuentro yo en tus palabras un soplo de consuelo impagable.
Hago mío, amiga, tu entendimiento claro y no añado más palabra que esas que se necesitan para agradecerte el cariño y el tiempo que me has regalado.
Recibe un fraternal abrazo.

Antonia Sánchez García -

¡¡¡¡Dios santo!!!!! es un grito vacío pero en estos momentos no puedo grtar otro.

Es un relato desgarrador, a medida que lo leía podía entender a ese niño, podía entender sus confusión, su ambivalencia, su terror a la imagen de Jesucristo en la noche y en cambio su amor y odio a su padre..su no entender a los médicosni a la investigación, ni a su madre ni a los adultos.....ni a la búsqueda de los mayores de un sólo dato sin entender su sensación de niebla. Puedes entender su dolor a la pérdida ..su dolor..sus recuerdos...sus sensaciones :
"hacerle una caja como él se merecía, de maderas viejas, que oliera: a flores secas, manzanas maduras, desvanes antiguos y nubes deshilachadas. Le gustaban tanto..."
Sólo puedo volver a exclamar como su abuelo: "¡¡Dios mío!!"...que dicho por una atea como yo suena extraño..pero es extraño abrir un baul desconocido y ver admirada en el interior cómo alguien puede mostrar lavida de un pequeño justamnte retratándole el alma desde su interior infantil.. en esos mismos momentos en que ocurrió todo.....y una cámara que retrata eso , es para quedarte helada.
Así me he quedado yo José Alfonso, helada y prendada de lo que a estas altas horas acabo de leer.
Simplemente¿¿¿ genial, magnífico!!!!
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