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GRÂNDOLA LITERARIA DE JOSÉ ALFONSO ROMERO P.SEGUIN

GÓTICOS

No quisimos hacerlo, me despierta el grito de esta pesadilla que ha tenido el mal gusto de vestirse de uniforme y asirme por el hombro obligándome a mirarle a los ojos; unos ojos terriblemente blancos, como…,sí, justamente como los de él, como los de ese inoportuno ciego que nos miraba con la abrumadora  atención con que lo hace un paisaje nevado. No quisimos hacerlo, le advertí que diría, él respondió sonriente: “Di mejor lo hicimos porque quisimos, suena más sincero”.  No le respondí, era cierto. No obstante, a la hora de la verdad me decidí por el silencio; el mismo que leí en los enormes y desmayados ojos del ciego. Ojos sin equilibrio que iban y venían a su antojo bajo sus inquietos párpados, escribiendo en su blanca agonía una absurda letanía de casuales miradas.

La verdad es que todo había ido bien, hasta que apareció él precedido del molesto e inquietante tintineo de su bastón.  Yo quise dejarlo, pero Petro se negó, y no sin razón, porque lo cierto es que estaba todo minuciosamente preparado para la culminación de nuestro sueño: la cámara fotográfica sin lente, con la que asegurarnos que nadie a excepción de nosotros iba a guardar memoria de aquel especial momento; el rojo paraguas abierto como un cielo incendiado, y todos y cada uno de los restantes elementos para  llevar a cabo el ritual con el que probarme que me amaba más allá de la razón.  Me lo dijo el día que se declaró: “Te amaré como a una diosa griega, como a Perséfone –preciso -”. No lo creí, pero esbocé una lacónica sonrisa de satisfacción. Me pidió: “Nombra una ciudad”. Sebastopol, dije, y él respondió: “Pues ese será el lugar donde ofrecer sacrificios por los dones de tu belleza”. Que antiguo, pensé, pero sus ropas como las mías al más puro estilo gótico le revelaban más que eso, romántico. Volví a reír, ahora sí, cómplice. 

“Pide un deseo –dijo-”. Un deseo, repetí, para añadir, bailar una balada triste bajo una lluvia de sangre. Era un juego de amor y debía estar a la altura, y lo estuve. Soñé, sin cerrar los ojos, dos pálidas siluetas vestidas de negro en medio de un rojo paisaje. Así lo imaginé, así de imposible y extrañamente excitante. Dos espigadas y melancólicas sombras de ciprés danzando en mitad de un campo cuajado de amapolas. Dos lirios negros caídos en el cielo bermellón de un enigmático lienzo.No volvimos a hablar de su promesa hasta el día en que envuelto en un halo de tristeza, me confesó: “Deberíamos dejarlo, Sebastopol está tan lejos que no alcanzo ni a soñarlo.  He consultado mapas y hay tantos y tan lejanos, que no sé si podré cumplir tus deseos”.  Yo ya no recordaba Sebastopol ni aquella melancólica petición, pero me pareció tan tierno y tan próximo en su debilidad, que no pude sino decirle, Sebastopol está para mí allí donde tú estés: “¿De verdad? ”, preguntó él. Sí, respondí, y siempre lo va a estar, te lo juro por esta negra cruz que tatúa mi corazón.  Él la besó con dulzura, tanta que hechizó el reproche que reclamaba su atrevimiento. Y es que al roce de sus labios los latidos de mi corazón se hicieron más que evidentes en el firme contorno del seno.  Mi corazón se conmovió en una mezcla de deseo y temor, porque los juramentos me sobrecogen tanto como los sueños. Los barrotes están fríos, la cara roja y entumecida después de haberme quedado dormida sobre ellos.  Por los pasillos deambula un guardia serio y uniformado: “Tus padres no tardaran en venir a buscarte”, me anuncia, después de zarandearme como en una pesadilla de ojos blancos, los suyos son castaños, tanto como los de la más común de las mentiras. Pero sus rudas y grises palabras no miente, ellos vendrán, claro que lo harán, y me llevarán a casa, y allí podré lavarme y morirme de pena, porque tal vez no le vuelva a ver, ni pueda llevarme a ningún sebastopol donde adorarme con un sacrificio acorde con la belleza de mis sueños. Lo sé, como también sé que no van a entender lo que ocurrió. Cómo poder entender que Petro, mi extraño y sombrío acompañante, del que desconfían y al que niegan el menor atisbo de generosidad o romanticismo, fuese capaz de tan sublime esfuerzo.La invariable profecía se cumple, y como siempre, más allá de lo necesario, mis padres, todo formalismo, no se conforman con venir a buscarme tal como estaba dispuesto, sino que me abrazan con asco, no en vano la sangre que me mancha sigue siendo pegajosa y oliendo a salitre aún después del terco ritual de purificación del río.  Me miran y me abrazan sin acabar de creerse lo que el policía acaba de contarles. No me lo dicen, pero lo sé, su espanto y repugnancia se puede leer en la crispada mueca que aguza su desvaído rostro.  Están más que horrorizados, tanto que los siento asquerosamente vivos. Siento ganas de matarlos, y quiero pensar que no es difícil, que una certera palabra bastaría para que ambos cayeran fulminados. Estoy tentada a pronunciarla, pero algo me retiene, es sin duda su terca e indigna propensión a aferrarse a la vida por encima de los merecimientos de ésta. Sí, lo mejor es callar, no ahondar en la indiferencia, al fin y al cabo tengo la certeza de que ellos son incapaces de morirse dignamente, por la sencilla razón de que son incapaces de rebelarse, yo, sin embargo, estoy muerta porque soy  rebelde, esa es la razón que separa y resguarda nuestros respectivos mundos.“¿Cómo pudiste?”, atina a preguntar ella, acomodando el llanto a las ganas de querer saber. Me gustaría responderles,  hacerles saber y comprender la belleza de lo que sucedió, compartir con ellos la infinita emoción de aquel deslumbrante y generoso gesto de amor, pero sé que no lo van a entender. Ellos, como la jirafa o el ciego no lo van a entender jamás, además, ese es nuestro momento, tanto que no puedo evitar rememorarlo: Una vez en el interior del zoo, buscamos el recinto de la jirafa, no fue, por razones obvias, difícil el hacerlo, una vez allí, él, depositó con sumo cuidado y pegadas a la media valla del recinto donde la tenían encerrada, las frescas ramas de acacia que escondía bajo la capa.  No tardo ésta en venir tan elegante y señorial, como golosa y confiada, con la intención de comerlas.  Quizá las olió antes de verlas. Después de adoptar una postura de mariposa rota, bajó la cabeza y alargó su enorme lengua buscando las frescas hojas, y fue justo en ese instante cuando Petro elevó sobre el cielo gris la reluciente catana, para de inmediato asestar un certero golpe sobre el cuello del animal. El golpe seco y amortiguado se vio incendiado por el fugaz pero vivo relampaguear de una leve chispa que produjo el resplandeciente acero al chocar, después de seccionar limpiamente el cuello de animal, con el oxidado hierro de la valla. Luego se oyó lejano y grave el liviano tintineo de la pequeña cabeza sobre la grava.  El animal se incorporó todo lo rápido que pudo, llegando a erguir totalmente el decapitado cuello.  Vista así resultaba más que grotesca, inacabada, y más que dolida, asustada, quizá más que por la decapitación de la que nunca fue consciente, por el chasquido del acero del arma con el hierro de la valla, el último sonido de su vida. Hasta ese momento de la herida sólo habían caído dos leves hilos de sangre.  Estaba previsto, era lo lógico, por eso segundos después de haber alzado totalmente el cuello, el retículo admirable entró en función, y como si de un géiser se tratase, manó de la herida un inmenso y violento chorro de sangre que se iba abriendo a medida que subía para luego caer como un profuso aguacero enrojeciéndolo todo a nuestro alrededor. Bailábamos  cobijados bajo el rojo paraguas al ritmo de los enlutados acordes de una balada triste, con la que pretendíamos detener el tiempo y remansar todo cuanto había a nuestro alrededor en una extensión sino blanca si al menos cenicienta, con la que dar el contraste indispensable a nuestro sueño de sangre y silencio.  Mientras, la jirafa no dejaba de girar en torno a sí queriendo comprender; y el ciego desojado de nacimiento, iba y venía como un borracho moviendo sin cesar sus inquietantes ojos blancos, tratando, como el agonizante animal, de entender el porqué de aquella pegajosa lluvia, a la vez que  musitaba llamándola inútilmente con melosa voz de degenerado: “jirafa, jirafi, jirafita”. Viéndolo así, confuso y empapado de sangre, sus ojos se tornaban dos soles de melancólica pureza, tanto que arrebatada de pasión, le susurré a Petro, tengo miedo, miedo de olvidar el color de esos ojos, tanto miedo que no sé si podré volver a pensar en otra cosa.Cuando la jirafa se derrumbó, Petro me invitó a caminar hacia el río, donde purificarme.  Antes de perderme en el primer y último recodo del sendero, camino a mi destino de diosa, me di la vuelta y vi a Petro entregando al ensangrentado ciego la cabeza de la jirafa, y como éste, la palpaba con avidez,  no exenta de cierta ternura.Fue la última vez que vi  a Petro, la policía me detuvo a la orilla del río con mis negras ropas y mi cara blanca salpicada de sangre, y llevando atada al cuello la inservible cámara fotográfica y en la mano el rojo paraguas teñido ahora de sangre y de ganas.Hoy, un mes después, he recibido un paquete postal, al leer el remite el corazón me ha dado un vuelco, quizá esté más viva de lo que deseo, el nombre del remitente y parte de la dirección me resultan  desconocidos, no así el de la ciudad, Sebastopol. En su interior hay un frasco de cristal con tapón de corcho lacrado en rojo, y dentro de él, como en un acuario de increíble transparencia, flotan eternamente desacompasados dos enormes e inquietantes ojos blancos. Los imagino engarzados en el ámbar de un corazón disecado, sin querer saber que estoy pronunciando con ello un nuevo deseo.Fin. JOSÉ ROMERO P-SEGUIN 
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4 comentarios

José Alfonso Romero P..Seguín -

Gracias por tu atenta e inteligente lectura, en definitiva por ir abriendo vías de sensibilidad en la oscuridad de un pensamiento extraviado a su vez en el extravío de una historia que como tú muy bien dices no busca sino aunar mundos imposibles o que parecen imposibles sencillamente porque alguien ha decidido que los valores que los animaban para bien y para mal han dejado de tener vigencia.
Son hermosas además de sabias las palabras con las que tejes tu reflexión, tanto que no puedo sino sentirme abiertamente emocionado al leerlas. Tanto, que como ya te he dicho en otras ocasiones no acierto a saber agradecer como se merecen.
Infinitas gracias por estar ahí.
Recibe un fraternal abrazo.

Antonia Sánchez -

¿Quien no ha sentido la pasión de adolescentes.. de jóvenes que imaginan otras vidas..las vidas de héroes de..que atisban salir de su anonimato..de su vida gris..de sentirse diosa .. ser protagonista de una cruzada en que su príncipe puede matar dragones o hacer que su sueño ocurra en una ciudad imposible como Sebastopol?..¿quien puede no entender que cuando uno es immaduro se resiste a una vida gris?..¿quien no puede entenderlo?..otra cosa es condenar los hechos pero si cuando somos maduros a veces soñamos con cosas imposibles y mundos llenos de emociones y misterios ..¿cómo un joven que apenas ha estrenado la decepción y las desilusiones no le vamos a entender que luche por destinos de héroes imposibles, de aventuras inexistentes en un mundo globalizado y sin encanto en que adultos correctamente adaptados cuando todo va política y socialmente bien no son sino autómatas del sistema sin ninguna fantasía ni meta ni juego...
Me parece de tanta fuerza lo que cuentas!!!

José Romero P.Seguín -

Hola Dalia:
Hermosas e inmerecidas palabras, a las que se me hace difícil responder en la medida en que me confortan y mi espíritu confortado me exige. Prometerte sólo que la voy a poner lejos del orgullo y muy cerca del consuelo, porque ese es el lugar que sin duda se merecen.
Afligido de desconsuelo busco en las palabras la complicidad de otras palabras, y la encuentro y construyo con ella la esperanza de cada día.
Las tuyas amiga, me llenan de alegría, pues reconozco en ellas la generosidad, el afecto, el calor, en una palabra, de la humanidad que te distingue.
Tú me das las gracias, pero soy yo el agradecido, más, te lo aseguro de lo que soy capaz de expresar y menos de lo que sin duda mereces.
Un fraternal abrazo.

dalia -

He quedado aterrada y después subyugada con la lectura del relato. Qué sensibilidad, viveza y cuánta tristeza y esperaanza destila de él. Sin duda, quien lo escribe sabe de amor y dolor, humanidad y silencio. Había leído en un foro de debate, querido compañero, tus intervenciones. Sospeché que la calidad literaria y el halo de sensibilidad que los impregna, eran fruto de alguien especialmente sensible.
No dejaré de visitar este lugar donde se siente que somos humanos, quizás excesivamente humanos.

Gracias por compartirlo y gracias por ser.

dalia
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