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09/06/2008
JUEGOS DE PASIONES TRISTES:
JUEGOS DE PASIONES TRISTES:
Periódicamente los pueblos se desangran hombre a hombre para un fin tan indefinible como reiterativo. Pero no trivial, sino íntimamente ligado con la feroz tensión psíquica a que le somete el constante intento de adecuar su íntima singularidad a la pluralidad a que le aboca la sociología, unido a esa otra no menos brutal excrecencia de esa misma tensión que se conoce como: injusticia social, desigualdad social, explotación o simple esclavitud. A ese generoso acto lo conocemos por el nombre de revolución y a través de él hombres y pueblos purgan en el seno de sus sociedades las miserias de un sistema imperfecto pero necesario, en el que rige el contrato y la ley, ese constante pacto entre desiguales que se firma, en el mejor de los casos, a fin de alcanzar las más altas cuotas de convivencia posibles.
Las revoluciones no soportan otra estrategia que la de romper con lo establecido para disponer nuevas estipulaciones, nuevos soportes legales, sin atender por mor de esa premura a la calidad ética de la recién instauradas. Y en esa atolondrada voluntad hallan ellos feliz venganza, pero no encuentran ellas sentido con el que vacunarse de las viejas formas que irremediablemente las han de colonizar, a la espera de nuevas revueltas.
Por su parte, las instituciones económicas, tanto públicas como privadas, se hallan por razones menos psicológicas y más sociológicas, abocadas a un mismo esfuerzo en defensa del sistema para evitar que colapse, para renovarlo en la acción de hacerse cada día más rentable, cada vez más avaricioso y deshumanizado. A esos egoístas movimientos se le conocen como “crisis”.
Las “crisis”, al igual que las revoluciones, no resisten complicadas estrategias sino que unas y otras se impregnan de una premura que las precipita en una carrera loca por romper con lo establecido, para instaurar nuevas oportunidades. En el caso de las revoluciones: de justicia, de solidaridad, de libertad y de fraternidad, y en el otro, de mayores beneficios económicos, aunque ello suponga romper con las más firmes garantías de paz con que se aderezan los contratos sociales.
Las revoluciones sofocan a los pueblos, las “crisis” también, y en esa fatiga las hallan los muñidores de las segundas propicios a sus objetivos. Por eso, cuando no hay esperanza de revolución, se hace preciso una “crisis” que venga a debilitar a hombres y pueblos en sus principios, a través del miedo al paro, a la pobreza, a la adicción jamás saciada del feroz consumismo a que nos mueven los anfitriones de éstas. Y una vez conseguido ese objetivo se produce el consiguiente recorte de derechos. Para continuar con una constante y vergonzante imposición de medidas que pretendiéndose reparadoras encarnan y elevan a rango de derecho las mayores tropelías que contra la naturaleza se puedan cometer en el nombre de una necesidad que no es otra que la de hacer rentable todo cuanto tocan y en esa medida susceptible de enriquecerlos aún más.
Las crisis al igual que las revoluciones son en esencia involutivas porque unas y otras, por más que no esforcemos, sostienen un ciclo innovador para un objetivo conservador, de vuelta atrás, de retroceso, por la sencilla razón de que no es ella quien las dirige sino la pasión: la de la libertad o la de la ambición, qué más da, ambas son ramas del mismo árbol, el del ser humano, el de un animal oportunista comprometido con unas necesidades que en lo esencial no admiten cambios, y en lo accesorio, es decir, en su dialéctica, nada que vaya más allá del preciso eufemismo que las remedian en lo puramente nominalista.
Son las revoluciones y las “crisis” quienes atizan la historia hacia un rumbo donde habita el espejismo de ese dios que nos empeñamos en ser. Tratando de ignorar que el hombre es en sí mismo y lejos de la realidad social un proyecto caduco e imposible. Y que sólo en la inútil resonancia de lo singular somos superiores sin contraste y en ello grandes, porque con ello nada imponemos, a nadie sojuzgamos, a nadie ofendemos. Gocemos pues de la singularidad, no en la autocontemplación sino en la generosa virtud del anonimato, porque sólo a través de ella podremos hallar un día el camino de la verdadera revolución, esa que ha de nacer en cada uno de nosotros para dotarnos de una conciencia que sepa dar, con la mayor dignidad y respeto hacia los demás, respuesta a las necesidades que nos asisten.
Un hombre consciente de sus limitaciones, atento a sus penurias y despierto a los demás es la más sólida garantía de que existan sociedades mejores, en las que impere la dignidad, la libertad y la justicia, sin necesidad de contratos y leyes, y aún menos de revoluciones y “crisis”.
José A. Romero P.Seguín
Publicado en Revista ¨Fusión”
29/04/2006
LA REVOLUCION DE LOS CLAVELES

Las revoluciones no son sino inmensas hogueras que los humildes encienden en los montes y regios torreones de los injustificados adarves, en la esperanza de que los arrogantes tiranos puedan ver el rostro de la cruel y brutal infamia que por su voluntad les aflige y subyuga. No son, por tanto, y a pesar del grado de violencia con que puedan producirse, sino generosos actos de crédulos hombres, que llevan en su infinita ingenuidad hasta ese punto sin retorno el afán de un reconocimiento voluntario y sincero por parte de quienes los explotan y ofenden, sin querer entender que su suerte está echada en las hogueras de sus actos ya sofocados en el debe y el haber de los poderosos, al saberlos sin necesidad de augures, efímeros y de algún modo vencidos por la propia intensidad de su voluntad multitudinaria, por la heterogeneidad de su esencial cosmogonía reivindicativa, y por la inexcusable necesidad de volver a retomar el día a día con sus silencios y cotidianos ruidos que hacen florecer al fin el pan y la esperanza en sus bocas.
De todos modos no son jamás actos fallidos o estériles, sino que sea cual sea su desenlace cumplen siempre un cometido superior, el dar forma a los que han de ser los nuevos tiempos, las nuevas formas y esperanzas con que se ha de construir el futuro.
A todos nos gustaría que las revoluciones no fuesen una celebración esporádica sino una constante en el día a día de los hombres y los pueblos. Que unos y otros, revolucionados y puestos en pie de guerra consigo mismos, afrontasen en cada segundo de su vida el compromiso de acabar con las terribles lacras que nos asolan y que son causa de todos los males que aquejan a la humanidad. No se trata de ser mejores para ningún dios, sino para cualquier hombre, y por ello el objetivo es apostar por esta vida y no por ninguna otra por apetecible y definitiva que pueda parecer.
El hombre así tomado de uno en uno no es nada, pero en su conjunto, es un ave fénix que renace una y otra vez de sus cenizas, y esas cenizas de la mágica y solidaria resurrección, no habitan en los panteones ni tumbas donde descansan sus huesos, sino en las que emergen de las gloriosas hogueras que, de tarde en tarde, encienden en los montes y torreones para despertar las conciencias, las suyas y las de los tiranos, ahora sí, de uno en uno, porque sólo así la revolución se hará algún día posible y auténtica.
La historia tiene el rostro marcado de cenicientas cicatrices que le imprimen carácter, el mejor, y le brillan en los ojos las limpias luminarias con que a golpes nos guiamos en el infatigable afán de hallar puntos de justicia en el que encontrarnos y tratarnos con el respeto y a la atención que todos, sin excepción, nos merecemos por ser hijos de esta tierra, de este mar y este limpio cielo que sella nuestros sueños y anhelos más preciados.
Ya sé que muchas de ellas, casi todas, se han cuajado de sangre y de brutalidad en su génesis y posterior desarrollo, pero qué es la sangre sino un don de vida derramado por las venas para un fin que no soporta otro destino que el de hacer posibles los más humanos y fraternales sueños. Por ello hemos de saber derramar nuestra sangre, porque sin ellos la sangre no es sino el néctar con que se alimentan las moscas de todos los malditos excrementos de la ambición, la esclavitud y la injusticia. Moscas de mala muerte que no nos son ajenas sino que nacen de nuestros vientres y de nuestra sangre y con las que convivimos a diario.
Sé también que una tras otra terminan por pudrirse, sumiéndonos en un constante desaliento, pero quién lo duda, fuera de ellas no hay esperanza, porque lo establecido no obedece al capricho de unos pocos, como puede parecer, sino a la aceptación voluntaria que las mayorías adoptamos frente a ese puñado de hombres sin escrúpulos.
Se cumplen ahora treinta años de aquel 25 de abril de 1974, en el que bajo los sones de la emblemática canción de Zeca Alfonso, "Grândola Vila Morena" y el tierno designio de un rojo clavel recién nacido de las bocachas sus fusiles, el ejército portugués iniciaba una de las más hermosas y románticas de las revoluciones, que había de dar al traste con una dictadura de más de 40 años y abrir a este pueblo las puertas de la democracia y la libertad.
"Grândola, vila morena/Terra da fraternidade/ O povo é quem máis ordena/_ /Em cada esquina um amigo/em cada rosto igualdade/_/A sombra duma azinheira/Que já nôa sabia a idade/jurei ter por campanheira/Grândola a tua vontade/Grândola a tua vontade/"
Claves y versos para iluminar un sueño de libertad que digan lo que digan, aún alienta hoy los fanales del futuro de este pueblo, que lleva inscrito en el desatino de su historia una de las páginas más envidiadas de esta Europa conservadora y exquisita en el arte de la indiferencia.
Las utopías no son sino horizontes inagotables que hemos de ir alcanzando a la luz de las revoluciones perdidas.
José Romero P.Seguín.


