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Resumen
- 28/09/2006 10:05 - ALAS Y POEMAS
- 28/09/2006 10:09 - CIRCULARIDAD
28/09/2006
ALAS Y POEMAS
Las alas de los pájaros,
sus lentas, raudas, alegres y armoniosas alas,
aunque parezcan esencia de divinidad,
son sólo, sólo carne, sangre y pluma,
¡poca cosa!
Pero esta también, divina alma,
el vuelo.
Mis alas son de papel y silencio
de soledad, amor y miedo,
nada especial, nada definitivo.
Pero está también, fulgurante esperanza,
¡el poema!
Alas y poemas,
de amor y llanto,
de papel y carne
de sangre y silencio,
de plumas y miedos.
Alas de pájaros
que dan alas al poema,
llenando de esperanza
en su vuelo mi vuelo.
¡Alas!, siempre alas,
¡mi poema!
José Romero P.Seguín
CIRCULARIDAD
Sabiéndonos cercados
por el fuego de la pasión,
nos miramos a los ojos
y turbados nos reconocemos,
bajamos los ojos para volver a mirarnos,
y ya no somos nosotros.
¿Dónde hemos ido?,
¿dónde estamos?,
¿quién gobierna nuestros destinos,
ahora que no somos nada
de lo que éramos
y tanto de lo que fuimos?
La respuesta se hace precisa en los gestos,
esplendorosa en el ritual:
se tensa la mirada y eriza la piel,
la lengua humedece los labios,
la nariz aletea y se ensancha levemente,
y el corazón se nos vuela a la boca.
Se hace entre los dos
de seda el espacio,
y cae el tiempo en el olvido,
a la vez que los besos
envenenan poro a poro
la vasta y encrespada extensión de la sangre.
Ya somos, por fin somos, somos tanto,
que sentimos la hoguera del deseo
quemándonos muy dentro,
quemándonos por fuera, quemando el aire
y prenda a prenda todo cuanto
a nuestro alrededor ondea.
A su llamada,
una veintena de misteriosos
y enardecidos guerreros,
gritan: “A las caricias”,
y en desigual lucha
derrota la pasión a la ternura.
Consumada la debacle
la fortaleza yace derribada:
saqueados sus tesoros,
vaciados sus dones,
quemadas sus naves,
emergen olímpicas sus ruinas.
¿A dónde iremos ahora
que el tiempo
se ha ausentado,
y el espacio detenido
en el cuenco durmiente
de nuestras enardecidas sombras?
La pasión que nos sostenía,
era un gemido animal,
un esfuerzo sobrenatural,
la paradoja perfecta
en la abrasadora catarsis
de la ilusión.
Pero como todo gemido
se ha acallado,
como todo esfuerzo agotado,
como toda paradoja
fatalmente confluido
con la realidad.
Una realidad que no soporta prosa ni arrogancia.
Que se asienta en la debilidad,
en la fragilidad,
en la inconstante habitabilidad de lo impreciso,
con un único objeto,
el de permitirnos recobrar fuerzas
para otra suerte de locura.
Pobres y solos vagamos
por el fantasioso territorio de la somnolencia,
buscando qué, treguas, sólo eso,
tiempos de paz
a los que gobierne la quietud
y anime la más pura intrascendencia.
Sobre la pálida extensión de la cama no somos
sino voluntad de no ser,
de permanecer suspendidos de esa vaga sensación
que ofrenda el ser derrotado por la pasión,
el sentirnos apetitosos a ella, el sabernos útiles para ella
y en ella esplendorosamente capaces.
Figurarán nuestras lascivas siluetas
en sus magníficos blasones
y honorables escudos,
caídos sin cobardía
y sí mucha arrogancia
bajo los cascos de sus alados caballos.
Y será nuestro orgullo
tanto más fuerte
como fuerte sea el afán de la derrota,
porque en las guerras que libramos para tal ánimo,
la recompensa no puede ser
sino el más fiel de los vasallajes.
En la conciencia de que más pronto que tarde
se impondrá la más dulce de las corduras,
y volveremos a tener lejos
del voraz apetito de su alma,
la fuerza necesaria para extender la mano
y acariciar sin fuego la piel del amante.
Sintiendo la tibia luminiscencia de su tacto
como el más sublime
de los perfumes,
como el más firme de los trazos
con que se escribe y engalana
el estremecido amor.
Y es entonces,
cuando esa, y también la otra,
y todas las palabras y todos los gestos
recobran su original sentido,
y vuelven a ser precisos los rumbos,
y plena la existencia.
Pues todo cuanto a nuestro alrededor pervive,
se torna certero
en la casualidad de lo posible,
y en esa cabal escala
se hace a su vez de la medida
de nuestros ojos.
Y así, felices de sabernos capaces
de tal locura,
atinamos a ver allí donde no hubo
sino voraz presencia,
la sutil y cabalística percepción
de la oculta huella del latido y de la sangre.
Y en medio de tan proceloso mar,
tiritando fortaleza en el vaivén de su etérea grandeza,
hallamos la majestuosa sombra
del más hermoso velero del alma,
el de esa infinita ternura
que encarna siempre esta suerte de pereza.
José Romero P.Seguín.


